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Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz – Ciclo B

Textos Litúrgicos

LECTURAS DE LA SANTA MISA

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

(Viernes 14 de Septiembre 2012)

 

 

Cuando alguien era mordido,

miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba sano

 

Lectura del libro de los Números 21, 4b-9

 

En el camino por el desierto, el pueblo perdió la paciencia y comenzó a hablar contra Dios y contra Moisés: « ¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacemos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!»

Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras, que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas.

El pueblo acudió a Moisés y le dijo: «Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor, para que aleje de nosotros esas serpientes».

Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le dijo: «Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un mástil. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará sano».

Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un mástil. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba sano.

 

Palabra de Dios.

 

 

Salmo responsorial 77, 1-2.34-38

 

R. No olviden las proezas del Señor.

 

Pueblo mío, escucha mi enseñanza,

presta atención a las palabras de mi boca:

yo voy a recitar un poema,

a revelar enigmas del pasado. R.

 

Cuando los hacía morir, lo buscaban

y se volvían a Él ansiosamente:

recordaban que Dios era su Roca,

y el Altísimo, su libertador. R.

 

Pero lo elogiaban de labios para afuera

y mentían con sus lenguas;

su corazón no era sincero con Él

y no eran fieles a su alianza. R.

 

El Señor, que es compasivo,

los perdonaba en lugar de exterminarlos;

una y otra vez reprimió su enojo

y no dio rienda suelta a su furor. R.

 

 

Se anonadó a sí mismo. Por eso, Dios lo exaltó

 

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 2,6-11

 

Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz.

Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor».

 

Palabra de Dios.

 

 

Aleluia.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu cruz has redimido al mundo.

Aleluia.

 

 

Es necesario que el Hijo del hombre

Sea levantado en alto

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3,13-17

 

Jesús dijo:

«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

 

Palabra del Señor.

 

 

 

GUIÓN PARA LA SANTA MISA

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

(Viernes 14 de Septiembre 2012)

 

 

Entrada: La contemplación de la Cruz nos lleva a las raíces más profundas de nuestra salvación, pues Jesús, que entrando en el mundo había dicho: «He aquí que vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad», se hizo en todo obediente al Padre y, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» se entregó a sí mismo por todos.

 

Primera Lectura: La serpiente de bronce colocada sobre un asta prefiguraba a Aquel que nos curaría suspendido del madero.

 

Segunda Lectura: Nuestro Señor se humilló tomando la condición de siervo y muriendo en una cruz. Por eso Dios lo exaltó.

 

Evangelio: Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan vida eterna.

 

Guionista:

Las Hermanas profesas renovarán sus votos perpetuos con los cuales han sellado el compromiso de ser para siempre Esposas de Jesucristo Verbo encarnado.

 

Preces:

Cristo crucificado se ha hecho solidario con los hombres que sufren. Pidámosle confiados por las necesidades de todo el mundo.

A cada intención respondemos:

+ Por las intenciones del Santo Padre, especialmente en favor de la paz, y para que los responsables de los conflictos bélicos emprendan caminos que pongan fin a la violencia y se reconstruya el diálogo. Oremos…

+ Por las intenciones del Padre Buela, de la Madre María Anima Christi y por la fidelidad y perseverancia de todas las Servidoras; que por medio de nuestro testimonio de consagración total, la redención de Cristo alcance a todos los hombres. Oremos…

+ Por los cristianos que sufren la persecución, para que ante la contemplación de la Cruz de Cristo cobren ánimo en la esperanza de la victoria prometida sobre el mundo y sobre todos los poderes del mal. Oremos…

+ Por todos los enfermos encomendados a nuestras oraciones, para que uniéndose al dolor del Crucificado, participen también de su consuelo. Oremos…

+ Por nuestros bienhechores espirituales y materiales, que la bondad de Cristo recompense sus esfuerzos y que la Cruz sea siempre para ellos una bendición llena de fortaleza en medio de las dificultades. Oremos…

Por tus méritos Señor, ten compasión de todos los que te invocamos y escucha benigno nuestras peticiones. Te lo pedimos a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ofertorio: La celebración eucarística es la renovación del misterio de la cruz donde Cristo se ofrece de manera incruenta. Con Él renovamos también nuestra entrega por el bien de los demás, y ofrecemos:

+ Un rosario para la imagen de la Virgen de los Dolores en señal de nuestro amor.

+ Incienso como ofrenda agradable a Dios.

+ Pan y vino para la realización del sacrificio que Cristo ofreció una vez para siempre sobre la Cruz.

 

Comunión: Cristo Eucaristía nos hace gustar de la gloria de la cruz: su exaltación no es otra cosa que el amor de Dios manifestado hasta el extremo del sacrificio.

 

Salida: A imitación de la Virgen María, que aceptó sufrir dolores acerbos llevando clavada en su pecho la espada del dolor de la Pasión de su Hijo, conformemos toda nuestra vida con la voluntad del Padre.

 

 

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM), San Rafael, Argentina)

Exégesis

MANUEL DE TUYA

El Hijo del Hombre es Autor de la Salud

(Jn 3, 14-15)

 

En esta revelación que Cristo está haciendo, no sólo se presenta El como objeto de fe, sino también de vida. Y precisamente esta vida la presenta como saliendo de su misma muerte redentora.

La enseñanza se hace con la referencia a la escena de la serpiente de bronce en el desierto. A la protesta de los hijos de Israel en el desierto, Dios envía contra ellos serpientes venenosas, cuyas mordeduras eran cáustico-febriles y causadoras de muerte. Reconociendo el pueblo su pecado, pide perdón. Y Yahvé ordena a Moisés hacer una serpiente de bronce y ponerla bien a la vista, sobre un asta. Y todos cuantos, habiendo sido mordidos, la mirasen, sanarían (Num_21:5-9).

Pero ya el autor del libro de la Sabiduría comentaba: “El que se volvía a mirarla no era curado por lo que veía, sino por ti, Salvador (Yahvé) de todos” (Sab 16:7). Por eso, el mismo autor llama a aquella serpiente de bronce “símbolo de salvación” (Sab_16:6).

Aquella imagen era una ordenación “típica” hecha por Dios, en el A.T., de la plena realidad de Cristo en la cruz.

Si la evocación “típica” de la escena mosaica en el desierto se hace ahora, lo es para recordar el pasaje y contrastar la superioridad de la obra de Cristo, verdadero Liberador y Redentor, sobre el primer liberador, Moisés (Jua_1:17; Jua_5:45). Es un intento “tipológico” del evangelio de Jn y del ΝΤ, bien conocido.

El pecado fue introducido por la seducción de la gran serpiente (Gen_3:1ss), que es el diablo (Jua_8:44). Los hombres se encuentran “mordidos” por la serpiente, y están condenados a la muerte. Pero Dios dispone el plan salvador de ellos. Análogamente a la serpiente de bronce, levantada en alto, así “es preciso que el Hijo del hombre sea elevado.”

El verbo que se usa, “elevar” (ύψόω ), se emplea por Jn, sea para significar la “elevación” a la cruz, sea para expresar la “glorificación” de Cristo (Jua_8:28; Jua_12:32.34). Pero, en Jn, la muerte de Cristo, su “elevación” a la cruz, es un paso a su “glorificación”: glorificación en la manifestación de su divinidad en su resurrección, en su ascensión.

Por eso, esta “elevación” de Cristo queda redactada en forma elíptica por el evangelista para dejar la sugerencia amplia de la necesidad de “ver” a Cristo “elevado,” que es “verle” como Hijo de Dios. El mismo dijo: “Cuando levantéis (vosotros) al Hijo del hombre (en la cruz), entonces conoceréis que soy yo” (Jua_8:28), por la gloria de su resurrección, el Mesías-Hijo de Dios. Es decir, por la “elevación” de El a la cruz conocerán la “elevación” de El donde estaba antes “de la creación del mundo” (Jua_17:24), que es de donde El “bajó” (Jua_3:13), del “seno del Padre” (Jua_1:18).

Dados los prejuicios judíos sobre el Mesías, nacional y político, en la expresión “así conviene que sea levantado el Hijo del hombre,” existe cierto énfasis, para indicar con ello que éste es el verdadero trono de gloria del Mesías.

Es, por tanto, a Cristo, así “elevado” en la cruz, como es necesario “verle” y “creer” en El para tener la “vida eterna.” Para Jn, “ver” y “creer” son sinónimos (Jua_6:40). A la “visión” de la serpiente de bronce corresponde aquí otro modo de visión, que es la “fe” en El. Sólo esta fe en ver a Cristo elevado en la cruz y muerto como Mesías e Hijo de Dios da la “vida eterna.” Es éste un misterio esencial.

La lectura de una parte de este pasaje tiene dos formas en los códices:

a) “El que cree tenga en El vida eterna.”

b) “El que cree en El tenga vida eterna.”

La valoración crítica es muy discutida. Es bastante frecuente admitir la primera. Fundamentalmente, el pensamiento no cambia.

Naturalmente, esta fe que se exige no exime de las obras. Si la expresión tiene aquí sentido afirmativo, no lo tiene exclusivo. No puede ponerse nunca a Cristo en contradicción consigo mismo, ni tampoco al evangelista, el cual dice en el v.21 de este mismo capítulo que “el que obra la verdad viene a la luz,” pues esas obras “están hechas en Dios.”

 

(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)

 

Comentario Teológico

R. P. LIC. JOSÉ A. MARCONE, I.V.E.

La Exaltación de la Santa Cruz

 

La Iglesia quiere que en esta Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz leamos el evangelio de Jn.3,13-17. Para tener una comprensión exacta de estos importantes versículos es necesario tener primero una visión general de algunos conceptos teológicos en San Juan.

        

1. ‘La hora’ de Jesús en S. Juan

El evangelio de San Juan hace recaer todo su peso teológico en ‘la hora’ de Jesús; es el evangelio de ‘la hora’ de Jesús. “Toda la vida de Jesús está de tal manera orientada, podría decirse, hacia aquella ‘hora’, que será el ápice de su existencia terrena”.1

¿Cuál es ‘la hora’ de Jesús? ¿En qué consiste esa ‘hora’ de Jesús? San Juan nos lo irá develando paulatinamente.

San Juan, en un comienzo, habla de la ‘hora de Jesús’ diciendo que esa hora debe llegar pero no ha llegado todavía. En Jn.2,4 Jesús dice a su Madre en las Bodas de Caná: “Todavía no ha llegado mi hora”. Luego, en Jn.4,21 y 4,23 Jesús da ya algunas sugerencias acerca de la naturaleza de esa ‘hora’, cuando dice a la samaritana que está por llegar una hora nueva, la hora de la verdadera adoración a Dios: “Jesús le dice: ‘Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. (…) Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad’.”

En 5,25.28 Jesús manifiesta a los fariseos en qué consiste su hora: “En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán.  (…) No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz”. En estos dos últimos textos hay ya una descripción más exacta de la hora de Jesús: es la hora en que Cristo se manifestará como Aquel que es igual al Padre, es decir, Dios como el Padre, con el poder de hacer volver a la vida tanto a los muertos espirituales como a los muertos corporales.2

En Jn.7,30 y 8,20 se expresa que Jesús no fue apresado por los fariseos para ser lapidado porque ‘no había llegado su hora’. Con esto se está expresando que la hora de Jesús es la hora de su pasión y muerte.

A partir del cap. 12 comienza a decirse que ‘la hora está cercana’ o ‘ha llegado’. Y precisamente en ese momento, cuando comienza a decirse que ‘la hora está cercana’ o ‘ha llegado’, comienza también a presentarse a ‘la hora de Jesús’ como ‘la hora de la glorificación’ y no solamente ‘la hora del sufrimiento o de la muerte’. Son tres los pasos donde se marca claramente este giro.

1. Durante la entrada triunfal a Jerusalén, ya muy cercano a su muerte, dirigiéndose a Felipe y Andrés: “Llegó la hora en que el Hijo del hombre debe ser glorificado’ (Jn.12,23).

2. En la solemne introducción de la cena, Jn.13,1: “Había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”, lo cual implica su muerte, resurrección y ascensión, es decir, su glorificación. Es decir, ‘integra’ a la muerte, el triunfo de la resurrección y ascensión.

3. Las primeras palabras de la oración sacerdotal, Jn.17,1: “Padre, llegó la hora, glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”. Para un exégeta, A. George, la oración sacerdotal “es la oración de ‘la hora’, cuyo contenido es el profundo misterio de la indivisible unidad entre el sufrimiento y la glorificación”.3

De manera que ‘la hora de Jesús’ según el Evangelio de San Juan es la hora de la manifestación de la divinidad de Jesús a través del Misterio Pascual completo: pasión, muerte, resurrección y ascensión a la derecha del Padre. Esta manifestación es expresada con la palabra glorificación. La hora de Jesús es, entonces, la hora de su glorificación.

En los sinópticos también aparece la frase ‘la hora de Jesús’: para ellos ‘la hora de Jesús’ es el momento más oscuro y terrible de la pasión de Jesús: el momento de sus sufrimientos. Por ejemplo, al final del relato de la agonía de Jesús en Getsemaní, Jesús dice: “Llegó la hora: el Hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores” (Mc.14,41). También en Lucas cuando se acerca la turba para arrestarlo dice: “Esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas” (Lc.22,53).

Pero en Juan ‘la hora’ tiene una connotación mucho más profunda, completa e integral. Además de vertebrar todo su evangelio en torno a esta ‘hora’, para San Juan “esa ‘hora’ no será, como en los sinópticos, la hora de las tinieblas -el Salvador entregado en las manos de los pecadores- sino la hora de la elevación sobre la cruz, y la hora de la glorificación”.4

Y al decir esto último estamos entrando de lleno en el tema de nuestro evangelio de hoy. En efecto, era necesario explicar que todo el evangelio de San Juan se desarrolla en tensión hacia ‘la hora’ de Jesús, que esa ‘hora’ de Jesús es la hora de su glorificación y que su glorificación se identifica con el momento de su elevación sobre la cruz, porque así, de este modo, comprendemos que esta elevación sobre la cruz, en San Juan, más que un momento de profunda humillación, es el momento de la glorificación de Jesús, es el momento de su exaltación.

En el evangelio de hoy leemos: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre” (Jn.3,14-15). Para expresar ese ‘elevar’ de la serpiente y el ‘ser elevado’ de Cristo, San Juan usa el verbo griego hypsothênai que literalmente quiere decir ‘ser puesto por encima de’, es decir, significa ‘exaltar’. De hecho, San Jerónimo en la Vulgata lo traduce con el verbo latino exaltari. Vemos, entonces, cómo en el evangelio de hoy se pone en primera línea el tema de la glorificación y exaltación de Jesús por su elevación en la cruz. Y por esta razón por la que la Iglesia quiere que se lea este evangelio en esta Fiesta de hoy y que vaya acompañada por la lectura del texto de Núm.21,4-9, donde se narra el hecho histórico de las picaduras de serpientes entre el pueblo hebreo en peregrinación por el desierto y la confección de la serpiente de bronce por parte de Moisés.

        

2. La exaltación (hypsothênai, exaltari)

“Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre”; éste es el tema central del evangelio de hoy y el que sustenta la celebración de la Fiesta de la Exaltación de la Cruz.

“El paralelismo con la serpiente de bronce en el desierto es aquí de gran importancia. La escena del libro de los Números (21,4-9) es muy conocida. Los israelitas, a causa de su espíritu de rebeldía, son castigados con picaduras de serpientes venenosas. Por indicación divina, Moisés pone sobre un asta una serpiente de bronce – que es un símbolo – y todos los que la miran con fe quedan curados. Ahora bien, esta imagen de bronce sobre el asta se convierte en ‘tipo’, es decir, en la prefiguración de Jesús sobre la cruz. Como Moisés erigió una serpiente de bronce sobre un asta, así el Hijo del hombre será elevado sobre el patíbulo de la cruz.”5

Pero en San Juan esta prefiguración de Jesús sobre la cruz que se verifica en el signo de la serpiente de bronce, está unida a su glorificación. En efecto, el verbo hypsothênai, en la antigüedad, “tanto en lenguaje profano cuanto en el contexto bíblico, era usado para indicar el poder regio, el triunfo (cf. 1Mac.8,13; 11,16); ejercitando dicho poder sobre el pueblo, el rey era ‘elevado’ o ‘entronizado’.”6

De manera que al decir San Juan que Jesús será ‘elevado’ en la cruz como lo fue la serpiente en el asta, está expresando metafóricamente el poder regio de Jesucristo. “San Juan tiene in mente esta imagen y la utiliza para evocar el tema del ejercicio del poder regio de Jesús sobre la cruz”.7

“La serpiente es elevada sobre un asta algunos metros sobre el suelo, visible para el pueblo, para que todos puedan mirarla con fe. Es esta exactamente la posición de Jesús sobre la cruz. (…) Jesús en la cruz ocupa una posición de dignidad, similar a la de un rey que reina sobre su pueblo. En Juan se opera entonces una transposición: al significado material de la elevación sobre la cruz, se agrega un significado simbólico del término ‘ser elevado’ para iluminar el tema de la realeza de Cristo, tan caro al evangelista”.8 Es decir, a la literalidad del vocablo ‘ser elevado’ se le agrega el sentido metafórico ‘ser entronizado’. O dicho de otro modo, el sentido literal es: ‘Jesús será elevado sobre la cruz como la serpiente lo fue sobre el asta’; pero el sentido pleno es: ‘Jesús, al ser clavado en alto, será enaltecido y exaltado, como un rey en su trono’.

“Para completar el razonamiento, es oportuno agregar que en la predicación de la Iglesia primitiva –los  Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo – la ascensión de Jesús es considerada como la entronización regia de Jesús en el cielo (cf. Hech.2,36; Fil.2,29). Allí Él se convierte en el Kýrios, el Señor. Pedro dice a la multitud: ‘Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús que vosotros habéis crucificado’ (Hech.2,36). El aspecto bajo el cual es descripta la ascensión es aquel de la toma de posesión del reino. Juan anticipa este aspecto a la cruz. Él ve a Cristo elevado en la cruz como un rey que impera sobre su pueblo, Señor y rey de los suyos”.9

Vemos, entonces, cómo en esta frase del evangelio de hoy resplandece la unidad indivisible entre sufrimiento y glorificación. Ésta es precisamente ‘la hora’ de Jesús: el momento en el que el sufrimiento, la exaltación y la glorificación de Jesús se realizan al ser elevado sobre la cruz.

Si bien con lo dicho hasta ahora ha quedado bien expresado el sentido pleno del texto del evangelio de hoy y se pueden sacar ya riquísimas consecuencias espirituales y pastorales para los fieles, queremos agregar algunas consideraciones sobre este importante verbo joánico, el verbo hypsothênai.

San Juan usa este verbo en otros dos lugares más, ambos en boca de Jesús y referidos a su cruz. En 8,28: “Les dijo, pues, Jesús: ‘Cuando hayáis levantado (hypsothênai)  al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy’.” Y en 12,32-33: “ ‘Y yo cuando sea levantado (hypsothênai) de la tierra, atraeré a todos hacia mí’.  Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.”.

Cada uno de estos dos textos agrega un matiz a lo ya dicho sobre la exaltación de Jesús en la cruz. El texto de 8,28 agrega el hecho de que en la cruz se revelará definitivamente la divinidad de Jesús. En efecto, “Yo Soy” es la traducción griega del nombre sacratísimo de Yahveh.

El texto de 12,32-33 agrega el hecho de que Jesús “reina ya desde la cruz, y por esto atrae a sí todos los hombres y forma, en torno a sí mismo sobre la cruz, el nuevo pueblo de Dios”.10 Jesucristo exaltado en la cruz es la causa de la formación de la Iglesia y causa de unidad de todos los cristianos.

Otro aspecto interesante que presenta el evangelio de hoy lo descubrimos cuando comparamos nuestro texto con los evangelios sinópticos.

El mismo contraste existente entre la concepción de la ‘hora de Jesús’ para los sinópticos y para San Juan, lo encontraremos en el modo en que Jesús mismo anunciará su pasión. En efecto, en los sinópticos Jesús anuncia tres veces su pasión y lo hace mostrando el lado más humillante de ella: entregado a los sumos sacerdotes, condenado a muerte, entregado a los paganos, burlado, flagelado y crucificado (Mt.20,18-19)

Estos anuncios de la pasión faltan en Juan, pero hay textos paralelos que cumplen la misma función, sobre todo porque son anunciados con una necesidad teológica: ‘debe’, ‘es necesario’ (griego: deî, latín: oportet). Pero en lugar de decir, como los sinópticos, ‘debe ser entregado…etc.’, dice ‘debe ser elevado’, es decir, ‘debe ser exaltado’. Se habla de la elevación o levantamiento de Jesús, es decir, de la exaltación de Jesús. Y esta expresión: ‘debe ser elevado’, como ya hemos dicho, se encuentra solamente en los tres textos de San Juan ya mencionados: 3,14-15; 8,28; 12,32.

Así como para los sinópticos ‘la hora de Jesús’ es la hora de las tinieblas y para San Juan es la hora de la glorificación, así también, para los sinópticos el anuncio de la pasión es anuncio de humillaciones sin fin, pero para San Juan el anuncio de la pasión es anuncio de una exaltación.

Agreguemos finalmente dos anotaciones sobre el uso del verbo hypsothênai, una referida al Antiguo Testamento y otra a la primera predicación cristiana.

El término ‘exaltación’ aplicado a Cristo se encuentra ya en el Antiguo Testamento. En efecto, el profeta Isaías, llamado ‘el quinto evangelista’, describe proféticamente en uno de los Cánticos del Siervo de Yahveh las humillaciones y dolores de Cristo. Pero allí mismo dice, según la versión griega de los LXX: “He aquí que mi Siervo tendrá éxito, será muy exaltado (verbo hypsothênai) y glorificado”.11 De ninguna manera puede tomarse ese texto, como algunos lo han hecho, en relación con su resurrección. Debe ser tomado en sentido metafórico como ‘ser puesto sobre un trono’, es decir, ‘exaltado’.12

En los Hechos de los Apóstoles y en San Pablo el verbo hypsothênai se usa no para señalar la humillante crucifixión de Cristo entre cielo y tierra, sino la Ascensión de Cristo a los cielos. “Exaltado (hypsothênai) a la derecha de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo” (Hech.2,33). Y San Pablo dice: “Por esto, Dios lo ha sobre-exaltado (hýperhypsothênai) y le ha dado el nombre que está por encima de todo nombre” (Fil.2,9)

Estas dos notas acerca del uso del verbo en el AT y en la primera predicación cristiana confirman que el ser elevado sobre la cruz es una exaltación.

 

3. La cruz en la Divina Comedia

El gran Dante Alighieri ha expresado en términos poéticos la profunda teología de San Juan sobre Cristo crucificado.

Podríamos decir que San Juan ve más allá que los Sinópticos. Coincide con ellos en que la hora de Jesús es la hora del sufrimiento y la oscuridad, hora de las tinieblas. Pero alcanza a ver, con mirada penetrante y contemplativa, la gloria, el esplendor, la dignidad y el provecho de la cruz. La cruz es bella, y por eso está llena de gloria y esplendor. La cruz está llena de dignidad porque es elevación, porque estar en la cruz es reinar. Es provechosa porque ‘atrae a todos hacia sí’. Son precisamente estas líneas teológicas las que Dante prolonga en su Divina Comedia cuando se encuentra, en el quinto cielo, con una visión magnífica de la cruz.

El Dante ya está en el Paraíso y llega al quinto cielo, el cielo de Marte. En un momento dado (canto 14) es elevado más alto y ve brillar tan intensamente esa estrella que es Marte, que le dio una gran alegría (versos 85-87). Esa alegría le pareció una gracia tan grande que solamente podía agradecerse haciendo a Dios un holocausto total de sí mismo (“con tutto il core”), “como a la nueva gracia convenía” (88-90). Todavía no se había alejado de su corazón el calor del sacrificio que acababa de hacer que ya se dio cuenta de que Dios lo había aceptado (91-93).

Y en ese mismo momento aparece ante él la cruz de Cristo, formada por dos rayos de luz, hermosísima y radiante. Estaba formada por algo así como dos regueros de estrellas grandes y pequeñas (parecidos a la Via Lactea cuando está en todo su esplendor) que se extendían de un polo al otro de Marte, como se intersecan en ángulo recto los diámetros de una circunferencia, formando una cruz de brazos iguales (llamada cruz griega). Y en esa cruz estaba clavado Cristo y relampagueaba con inigualable esplendor, tanto que el Dante dice no tener ingenio ni arte para narrar lo que vio (94-104).

En medio de esta visión llena de luz y de centellantes estrellas (109-121), escucha una melodía que brotaba de la cruz que lo cautivaba completamente, aunque no entendía la letra. Era consciente que se trataba de una alabanza celestial, pero no llegaba a entenderla distintamente. A él le sonaba a ‘¡Resurge!’ y ‘¡Vence!’ (122-126).Y era tanto lo que lo enamoraba esta melodía de la cruz, que hasta ese momento (ya había estado en los cuatro primeros cielos) no había habido nada que lo atase con vínculos tan dulces (127-129).13 Incluso hasta piensa que algún lector puede considerar que sus palabras son demasiado osadas, teniendo en cuenta que pone este gozo de la cruz por encima del gozo de mirar los ojos de Beatriz. Pero esto se entiende, dice, por dos razones: en primer lugar porque durante ese tiempo no se había tornado a mirar los ojos de Beatriz, siempre más bellos. En segundo lugar, porque los placeres santos mientras más se progresa en alto más sinceros son (130-139, y fin del canto 14).

En medio de toda esta descripción rutilante de la cruz, en un momento dado, el Dante dice algo muy interesante: “El que toma su cruz y sigue a Cristo sabrá excusar lo que dejo de decir” (105-108).14

De esta manera el Dante, magníficamente, con una sola pincelada literaria, traslada toda la teología joánea de la cruz al creyente individual y concreto. Él quiere decir: la maravillosa realidad de la cruz de Cristo  y todo el esplendor de la teología de la cruz sólo puede ser entendida por aquel que ha llevado efectivamente la cruz que Dios ha permitido para él.

 

1 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú secondo il vangelo di Giovanni, Edizione Paoline, Milano, 1988, p. 13-14 . Cuando el autor dice que toda la vida de Jesús está ‘orientada’ hacia esa ‘hora’ quiere decir que está ‘en tensión’ hacia esa ‘hora’.

2 Dice Manuel de Tuya: “Pero Cristo aquí reivindica para sí mismo este poder de vida y muerte, en igualdad con el Padre. No es ello otra cosa que proclamar Cristo, por este capítulo, su divinidad. Y dotado, por serlo, de estos poderes divinos, (…) da doblemente la vida a los muertos, causa una doble resurrección: de almas y de cuerpos” (DE TUYA, M. Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977).

3 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú…, p. 14.

4 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú…, p. 14 .

5 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú…, p. 16-17 .

6 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú…, p. 17.

7 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú…, ibídem.

8 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú, p. 18.

9 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú, ibídem; hemos traducido por impera el verbo italiano troneggia.

10 DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú, p. 25.

11 “He aquí que mi siervo tendrá éxito, será muy exaltado y glorificado” (hypsothésetai kai doxasthésetai sfodra)

12 Cf. DE LA POTTERIE, I., La Passione di Gesú…, p. 15.

13 “Io m’innamorava tanto quinci,

che ‘nfino a lì non fu alcuna cosa

che mi legasse con sì dolce vinci” (127-129)

 

14 “Qui vince la memoria mia lo ‘ngegno;

ché ’n quella croce lampeggiava Cristo,

sì, ch’io non so trovare esemplo degno:

ma chi prende sua croce e segue Cristo,

ancor mi scuserà di quel ch’io lasso,

vedendo in quell’albor balenar Cristo” (103-107)

Aplicación

R.P. CARLOS M. BUELA, I.V.E.

La cruz en el pensamiento del Padre Pío

 

Celebramos hoy la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y en este día varias de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará hacen sus votos perpetuos. El gran santo Tomás de Aquino compara la consagración propia de la vida religiosa nada menos que al sacrificio máximo que existe, que es el holocausto, es decir, la entrega total de uno como víctima a Dios.

Me pareció que para esta ocasión podría ser provechoso hacer lo que podemos llamar una suerte de florilegio sobre la cruz, siguiendo el pensamiento de ese gran crucificado del siglo pasado que fue el p. Pío, que tiene como alguno de ustedes bien sabe, pensamientos sublimes sobre la cruz.

 

Complacer a Dios

La cruz es un complacer a Dios: «Amar a Dios es complacerle, y no vale la pena preocuparse por el resto, sabiendo que Dios tendrá cuidado de nosotros más de lo que se puede decir o imaginar».

 

Elegidos

Él nos trata a cada uno de nosotros, y de manera especial a las almas consagradas como a elegidos: «Abre tu corazón al celeste médico de las almas y abandónate con confianza en sus brazos. Él te trata como a un elegido y te invita a seguirlo de cerca por la cuesta del Calvario».

 

 Subir al Calvario

La vida consagrada se trata de esto, de subir al Calvario, y es un subir al Calvario todos los días, como lo es la vida del sacerdote que al subir cada día al altar sube un poco más al Calvario. Dice el p. Pío: «Sí, consolémonos al vernos cada vez más oprimidos por las aflicciones, demos gracias a la divina piedad que nos hace partícipes de la pasión y muerte de nuestro divino maestro, y hasta que no se pueda decir de nosotros ‘este cristiano es otro Cristo’, no nos detengamos hasta subir el Calvario».

 

Su amor

Eso es fruto de su amor: «Si Dios nos somete a una cruz muy pesada, y nos da la fuerza necesaria para soportarla con mérito, son signos inequívocos y únicos de su amor por nosotros». Esa cruz muy pesada, a veces pueden ser problemas de salud, problemas familiares, también pueden ser incomprensiones, tentaciones, o tribulaciones de distinto tipo… Nosotros debemos pedir esas cruces. Pensemos esto: «son signos inequívocos y únicos de su amor por nosotros»

 

Estar crucificados

Es que debemos estar crucificados como lo está nuestra divina cabeza.

«Sigamos al Divino Maestro a lo largo de la cuesta del calvario cargando con nuestra cruz, y cuando él crea conveniente clavarnos en la cruz, démosle gracias, y considerémonos afortunados por tanto honor que nos ha sido concedido, sabiendo que el estar crucificado con Jesús es un acto mucho más perfecto que el simple contemplar a Jesús en la cruz». 

 

No asustarnos por la cruz

Por eso no hay que asustarse por la cruz. Hay almas que no avanzan en la vida espiritual por miedo a la cruz. Más aún, hay almas que retroceden, incluso hay almas que abandonan a Cristo porque le tienen miedo a la cruz.

«Que la cruz no te asuste. La más grande prueba de amor consiste en padecer por el amado; y si Dios, por tanto amor, sufrió tanto dolor, el dolor que se sufre por Él se vuelve amable en cuanto al amor».

 

Jesús y la cruz: esposo y esposa unidos indisolublemente

Y de tal manera están dadas la cosas que no se da Jesús sin la cruz, ni la cruz sin Jesús. Jesús esposo, la cruz esposa, indisolublemente unidos.

«Jesús nunca está sin la cruz, pero la cruz no lo está nunca sin Jesús».

 

La cruz no aplasta

Y por estar así unidos Jesús y la cruz, la cruz y Jesús, la cruz nunca aplasta, aunque esa sea la impresión que a veces nos da cuando tenemos que sufrir grandes dificultades, pero la cruz no aplasta. «No te aplaste la Cruz. Si su peso te hace tambalear, su potencia te sostiene».

Parece que el peso nos hace sucumbir, pero a la vez éste es el que nos hace permanecer firmes en el combate, en la lucha espiritual que se nos presenta.

 

Con la cruz a cuestas

Por eso hay que subir al Calvario con la cruz a cuestas: «Subamos al Calvario con la Cruz a cuestas. No dudemos. Nuestra ascensión terminará con la visión celeste del dulcísimo Salvador».

 

La vida es Calvario

Es que la vida es Calvario: «La vida es un calvario. Conviene subirlo alegremente».

 

La cruz es bandera

Y la cruz es bandera: «La Cruz es la bandera de los elegidos. No nos separemos de ella y cantaremos victoria en toda batalla».

 

Cuanto más dura, más mérito

Y cuanto más dura, más pesada sea la cruz, tanto más mérito tendremos: «Cuanto más dura sea la prueba que Dios envía a sus elegidos, tanto más abundantemente los conforta durante la opresión y los exalta después de la lucha».

 

Amor y dolor

Es el misterio que siempre va unido: amor y dolor, dolor y amor. Cuanto más dolor, más amor. Cuanto más amor, más dolor: «El que comienza a amar ha de estar preparado a sufrir».

 

Dolor y felicidad

«La vida del cristiano no es más que una lucha continua contra sí mismo. No se consigue la felicidad sino por medio del dolor».

Por eso en este día, queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor por medio de su Madre, la Santísima Virgen María, el llegar a tener en nosotros la ciencia de la cruz; porque es una gracia de Dios el tener la sabiduría de la cruz. Y cuando tengamos la sabiduría de la cruz tendremos esa otra gran cosa que sólo la cruz da: la alegría de la cruz.

Se lo pedimos a Nuestro Señor que fue el primero en sufrirla por causa de nosotros, y a su Madre que fue la segunda en sufrir espiritualmente todos los dolores que sufría su Hijo por amor a nosotros.

Que siempre seamos amigos de la cruz, que nunca huyamos de Ella, porque quien huye de la cruz huye de Jesús y quien huye de Jesús nunca encontrará la felicidad.

 

(CARLOS MIGUEL BUELA, I.V.E., Sermón pronunciado en la Parroquia “Nuestra Señora de los Dolores” el 14 de septiembre de 2001 con ocasión de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz)

 

 

COLUMBA MARMION

Necesidad de la cruz


No nos dejemos abatir por las pruebas, las contradicciones. Ellas serán tanto más grandes y profundas cuanto Dios nos llame a mayor perfección. ¿Por qué esta ley?

Porque es el camino por donde pasó Jesús, y cuanto más queramos estar unidos a Él, tanto más debemos asemejarnos a Él en el más profundo e íntimo de sus misterios. San Pablo, ya lo sabéis, reduce toda la vida interior al conocimiento práctico de Jesús, y de Jesús crucificado. Y Nuestro Señor mismo nos dice que el “Padre, que es el divino viñador, poda la rama para que dé más frutos”. Purga bit eum ut fructum plus afferat. Dios tiene mano poderosa, y sus operaciones purificadoras llegan a profundidades que sólo los santos conocen; por las tentaciones que permite, por las adversidades que envía, por los abandonos que y soledades que produce en el alma, intenta deshacerla de lo creado; la “persigue para poseerla”; penetra hasta los tuétanos, “rompe hasta los huesos”, como dice Bossuet en alguna parte, “a fin de reinar solo”.

¡Feliz el alma que se abandona en manos del Obrero eterno! Por su Espíritu, todo fuego y amor, que es “el dedo Dios”, el artista divino cincelará en ella los rasgos de Cristo a fin de que se parezca al Hijo de su amor, según el designio inefable de su sabiduría y de su misericordia.

Hay almas que tienen mucha actividad: hacen oración, se dan a la mortificación, se dedican a obras… adelantan, pero cojeando, un poco, porque su actividad es en parte humana. Hay otras almas que Dios ha tomado de su mano y que adelantan mucho, porque es Él mismo quien obra en ellas. Pero, antes de llegar a este segundo estado, se debe sufrir mucho, porque conviene que antes haya dejado sentir el Señor al alma que ella no es nada, ni puede nada; conviene que Él llegue a decir con toda sinceridad: Ut jumentum factus sum, apud te: ad nihilum redactus sum et nescivi: “Yo soy estúpido, sin inteligencia, como bestia de carga ante el Señor.”

Querida hija mía, es esto lo que el Señor está dispuesto hacer en vos, y tendréis que sufrir mucho mientras no logréis este resultado; pero no os espantéis si sentís que todo hierve en vos; no os desaniméis si, luego, sentís vuestra incapacidad porque Dios, después de haber como anulado vuestra actividad humana, vuestras energías naturales, tomará Él mismo al alma y la conducirá a la unión consigo. Cuando hagáis el Vía-Crucis, uníos a los sentimientos que tenía nuestro divino Salvador; esto no puede dejar de agradar al Padre Eterno, si le ofrecemos la imagen de su Hijo. En la XIV estación, vemos el Cuerpo de Nuestro Señor exinanitum, “inanimado”, pero tres días después sale del sepulcro, lleno de vida, de una vida magnífica… Lo mismo acaecerá con nosotros; si dejamos que Dios obre en nosotros, después de que Él haya destruido todo lo que en nosotros se opone a la gracia, nos llenará de su vida; será la realización de esta palabra: Christus mihi vita: “Cristo es mi vida.”

A esto debéis aspirar: el Padre eterno sólo desea ver en vos a su Hijo. Acordaos de la palabra de san Pablo: Ut inveniat in illo: Yo deseo ser hallado en Cristo (no con mi propia justicia). Os aconsejo que pongáis todas las mañanas cada una de vuestras facultades a los pies de Cristo, a fin de que todo salga de Él y que vos nada hagáis sino por amor a Él.

No hay duda alguna de que vuestras penas interiores forman gran parte del plan de Dios misericordiosísimo para la santificación de vuestra alma. Todos hemos pasado por este invierno, porque “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Era necesario que vuestra alma fuese surcada por el sufrimiento; que experimentaseis que el sentimiento del entero abandono por parte de Dios es el mayor de todos los sufrimientos: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me habéis abandonado?” Porque erais agradable a Dios, era necesario que la prueba os visitara… Después del invierno vendrá la primavera; luego, el verano…

 

El sufrimiento desprende al alma

Después de que el sacerdote, ministro de Cristo, nos ha impuesto en el sacramento de la penitencia la satisfacción necesaria y, por la absolución, ha lavado nuestra alma en la sangre divina, añade estas palabras: “Que todos los esfuerzos que hagas para cumplir el bien, que todo cuanto sufras, sirva para el perdón de tus pecados, aumento de la gracia y recompensa en la vida eterna.”

Por esta plegaria, el sacerdote da a nuestros sufrimientos, a nuestros actos de satisfacción, de expiación, de mortificación, de reparación, de paciencia —que de esta manera une al sacramento— una eficacia particular, que nuestra fe no puede olvidar de poner a luz. “En remisión de tus pecados,”

El Concilio de Trento enseña a este propósito una verdad muy consoladora. Nos dice que Dios tiene tal munificencia en su misericordia, que no sólo las obras de expiación que el sacerdote nos impone, o que nosotros mismos escogemos, sino también todas las penas inherentes a nuestra condición humana, todas las contrariedades temporales que Dios envía o permite y que nosotros soportamos con paciencia, sirven, por los méritos de Jesucristo, de satisfacción cerca del Padre celestial. Por esto —y yo no sabría encarecéroslo bastante—es una práctica muy excelente y fecunda, la de que cuando nos presentemos ante el sacerdote o, mejor aún, ante Jesucristo, para acusar nuestras faltas, aceptemos, en expiación de ellas, todas las penas, todas las contrariedades, todas las contradicciones que nos puedan sobrevenir; y más aún, la de señalarnos en este momento tal o cual acto de mortificación, por insignificante que sea, para irlo cumpliendo hasta la confesión siguiente.

La fidelidad a esta práctica, que encaja muy bien con el espíritu de la Iglesia, es extraordinariamente fecunda.

Por de pronto, evita el peligro de la rutina. Un alma que se sumerge de tal modo, por la fe, en la consideración de la grandeza de este sacramento por el que se nos aplica la sangre de Jesús, y que, por una intención llena de amor, se ofrece a soportar con paciencia, en unión con Cristo en la cruz, todo cuanto se presente de duro, difícil, penoso, contrario en su vida, una alma así es refractaria a la rutina que se pega, en muchas personas, en la frecuente confesión.

Además, esta práctica representa un acto de amor en gran manera agradable a Nuestro Señor, porque indica la voluntad de participar de los sufrimientos de su Pasión, el más santo de sus misterios.

Hay renuncias que, por decreto de la Providencia, trae consigo el curso de la vida y que debemos aceptar como verdaderos discípulos de Jesucristo: tales son el sufrimiento, la enfermedad, la muerte de seres amados, los reveses y adversidades, las contrariedades y contradicciones que dificultan la realización de nuestros planes, el fracaso de nuestras empresas, nuestras decepciones, los momentos de tedio, las horas de tristeza, el “peso del día”, que abatía ya entonces tan fuertemente a san Pablo hasta el extremo de que “la existencia —lo dice él mismo— le era pesada”… tantas miserias que nos despegan de nosotros mismos y de las criaturas, no sin mortificar nuestra naturaleza, y “haciéndonos morir” poco a poco, “cada día”: quotidie morior.

Ésta era la frase de san Pablo; pero, si “él moría cada día”, era para vivir más, cada día también, la vida de Cristo.

Siento mucha compasión por vos, por la prueba que Dios os envía en estos momentos. Es un martirio. Sin embargo, yo me conformo enteramente con la santa voluntad de nuestro amado Señor, que os envía esta cruz tan íntima de su Corazón Sagrado. Creedme, y os lo digo en nombre de Dios, esta prueba os ha sido enviada por el amor de Nuestro Señor, y ella debe realizar una obra en vuestra alma que ninguna otra podría llevarla a cabo. Será la destrucción de vuestro amor propio, y, cuando salgáis de esta prueba, seréis mil veces más querida de su Sagrado Corazón que antes. Pues, aunque os tenga mucha compasión, no quisiera por nada del mundo que dejarais de pasarla, porque veo que Jesús, que os tiene un amor mil veces mayor que el que os podáis tener vos misma, permite que os alcance esta prueba. Estad segura de que durante todo este tiempo, os encomendaré mucho en mis oraciones y sacrificios, para que Dios os de fortaleza para saber aprovecharos bien de esta gracia.

Ya sabéis que Dios se complace en conducirnos por el camino de la perfección a la luz de la obediencia, y con Frecuencia nos priva de toda otra luz y nos conduce sin dejarnos comprender sus caminos. Conviene mantenerse, durante pruebas semejantes, en una sumisión completa y en una convicción inquebrantable —a pesar de lo contrario que os puedan inspirar vuestra razón o el demonio— de que sabrá sacar su gloria y vuestro crecimiento espiritual de manera muy diferente de la que habríais escogido por vuestra cuenta. Yo os digo de parte de Dios que esta prueba es una ganancia para vos, y estoy tan convencido que, desde que me di cuenta de su comienzo, sabía que duraría una temporada; es muy dolorosa, es la mayor de las cruces que Dios puede enviar a un alma que lo ama, pero, mientras seáis obediente, no hay peligro ninguno.

El sufrimiento da frutos para el alma y para toda la Iglesia

Dios colma de bendiciones especiales al alma poseída del espíritu de abandono. Se siente uno incapaz de decir lo que Dios hace en esta alma, cómo adelanta en santidad. La conduce por caminos seguros a la cumbre de la perfección. A veces, es cierto, puede parecer que estos caminos contrarían el fin, pero “Dios logra sus fines, guiando todas las cosas con fuerza y dulzura”. “Todo”, decía Jesús a su fiel sierva Gertrudis, “tiene su hora en los adorables designios de mi providente Sabiduría”.

¡Felices las almas a quienes Dios llama a vivir sólo de la desnudez de la cruz! Ésta es para ellas un manantial inagotable de preciosas gracias.

Los sufrimientos son el precio y la señal de los verdaderos favores divinos… Las obras y las fundaciones basadas en la cruz y el sufrimiento son las únicas durables.

Los sufrimientos que habéis soportado son, para mí, señal de una bendición especial de Aquel que, en su sabiduría, ha querido basarlo todo en la cruz.

Hay en vuestra carta una frase que me satisface mucho, porque en ella adivino una fuente de gran gloria de Dios. Decís: “En mí no hay nada, absolutamente nada, en que yo pueda tener un poco de seguridad. Así, pues, no ceso de abandonarme con confianza en el corazón de mi maestro.” Ésta es, hija mía, la verdadera alegría, porque todo lo que Dios hace por nosotros es efecto de su misericordia, movida por el reconocimiento de esta miseria; y un alma que ve su miseria y que la presenta continuamente a los ojos de la misericordia divina, da mucha gloria a Dios, dándole ocasión de mostrar su bondad al alma. Continuad siguiendo este atractivo, y dejaos conducir, en medio de las tinieblas de la prueba, a la unión que Dios os prepara con Cristo.

En cuanto vos, Nuestro Señor me obliga a rogar mucho para que permanezcáis con gran generosidad sobre el altar de la inmolación con Jesús. Un alma, por miserable que sea, unida así a Jesús en su agonía, pero, como Abraham, “esperando contra toda esperanza”, da una gloria “inmensa” a Dios y ayuda a Jesús en su obra de la Iglesia.

Veo que habéis sufrido, yo he sufrido también: ¡estamos tan unidos! Pero, sin embargo, no podía desear otra cosa. Yo os he depositado con Jesús, como su Amén, en el fondo del seno del Padre. Él os ama infinitamente mejor que yo. Yo os entrego a Él, como María entregó a Jesús, y si Él quiere clavaros en la cruz con vuestro Esposo, si quiere para vos la vergüenza, el sufrimiento y equivocaciones, si quiere para vos la inmolación, yo lo quiero también, como lo quiero para mí mismo. No hemos sido hechos para gozar aquí abajo: nuestra felicidad está arriba: Sursum corda. En el plan divino, todo bien viene del Calvario, del sufrimiento. San Juan de la Cruz ha dicho que Nuestro Señor no da casi nunca el don de la contemplación, de la unión perfecta, más que a aquellos que han trabajado mucho y sufrido mucho por Él. Pues bien, mi anhelo sobre vos es esta unión perfecta, tan fecunda para la Iglesia y las almas. San Pablo nos dice: “De buena gana me gloriaré de mis flaquezas, a fin de que la fuerza de Cristo habite en mí.” Yo os deseo ver muy débil en vos misma, pero llena de la virtus Christi. Jesús ha prometido que, por la Santa Comunión, no solamente nosotros moraremos en Él, sino que Él morará en nosotros. Es ésta la virtus Christi. Cuando más nuestra vida proceda de Él, tanto más tendremos la virtus Christi, más nuestra vida glorificará al Padre: “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto; aquel que mora en Mí y Yo en Él, éste da mucho fruto.”

El Señor es dueño de sus dones y, sin mérito ninguno de su parte, llama a ciertas almas a una unión más íntima con Él, a compartir sus penas y sus sufrimientos, para gloria de su Padre y bien de las almas: Adimpleo in corpore meo quae desunt passionum Christi pro corpore ejus, quod est Ecclesia: “Yo completo en mi propio cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo para su cuerpo místico que es la Iglesia.” “Nosotros somos el cuerpo de Cristo y miembros de sus miembros.” Dios hubiera podido salvar a los hombres sin que éstos hubiesen tenido que sufrir o merecer, como lo hace con los niños pequeños que mueren después del Bautismo. Pero, por decreto de su adorable sabiduría, había decidido que la salvación del mundo dependiera de una expiación, de la cual su Hijo Jesús sufriría la mayor parte, pero a la que se asociarían sus miembros. Muchos hombres se olvidan de dar su parte de sufrimientos aceptados en unión con Jesucristo.

Por esto, Nuestro Señor escoge a algunas almas que se asocian a la gran obra de la redención. Son almas selectas, víctimas de expiación y de alabanza. Estas almas hacen mucho por la gloria de Jesús, mucho más de lo que se puede imaginar, y las delicias de Jesús están en hallarse en ellas. Pues bien, hija mía, estoy persuadido de que vos sois una de estas almas. Sin mérito ninguno de vuestra parte, Jesús os ha escogido. Si sois fiel, llegaréis a una estrecha unión con Nuestro Señor y, una vez unida a Él, perdida en Él, vuestra vida será muy fecunda para su gloria y la salvación de las almas. El día de las bodas místicas, no veréis sino flores de la corona que Dios colocó sobre vuestra cabeza. Pero, hija mía, no olvidéis jamás que la esposa de un Dios crucificado es una víctima. Os digo esto, porque preveo que sufriréis y os hace falta mucho ánimo, mucha fe, mucha confianza. Se tendrá que atravesar desiertos, tinieblas, oscuridades, desalientos, abandonos. Sin esto, vuestro amor no sería nunca profundo, ni fuerte. Pero si sois fiel y abandonada, Jesús os tenderá siempre la mano: “Aunque tenga que pasar por las tinieblas de la muerte, nada temeré, pues Vos estáis conmigo.”

 

(COLUMBA MARMION, Dios nos visita  a través del sufrimiento y el amor, Ed. Lumen, Buenos Aires-México, 2004, pp. 196-199, 204-207)

 

 

R.P. CARLOS M. BUELA, I.V.E.

Colgado de la Cruz

 

«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 13-16).

I

En apenas cuatro versículos el Evangelio de la Misa votiva de la Exaltación de la Santa Cruz, que hoy estamos celebrando, se contienen enseñanzas muy grandes sobre lo que significa la cruz y la realidad de Aquél que por nosotros subió a la cruz.

«Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo» (Jn 3, 13). En este versículo nos encontramos con uno de los textos bíblicos en los que se enseña la verdad misteriosa de Jesucristo: la naturaleza humana unida a la naturaleza divina en unión hipostática, es decir, en la persona divina del Verbo. El misterio de la unión hipostática es el corazón del misterio del Verbo Encarnado.

«Nadie ha subido al cielo…». ¿En cuánto a qué sube Cristo al cielo? Sube al cielo en cuanto a su humanidad. «…sino el que bajó del cielo». ¿Y en cuanto a qué, según nuestra manera de entender, bajó del cielo Jesucristo? Bajó del cielo en cuanto a su divinidad. Así lo enseña Santo Tomás: «Porque Cristo no descendió del cielo según el cuerpo o el alma, sino según Dios. Lo cual puede colegirse de las mismas palabras del Señor. Porque después de decir: “Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo”, añade: “El Hijo del hombre, que está en el cielo”. Con lo cual dio a entender que de tal manera había bajado del cielo, que no dejaba de permanecer en él».

Entonces, si es cierto, como enseñaba el apóstol San Pablo, que «el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo» (Ef 4, 10), siendo que el subir se refiere a la naturaleza humana y el bajar se refiere a la naturaleza divina, ciertamente hay una unión entre ambas naturalezas y esa unión no está dada en la naturaleza o por la naturaleza, sino que se da por la persona divina del Verbo, la Segunda de la Santísima Trinidad. El mismo que subió en cuanto a la naturaleza humana es el mismo que bajó en cuanto a su naturaleza divina, porque tanto el que sube con su naturaleza humana como el que baja con su naturaleza divina es el mismo. Si «el mismo que bajó es el que subió»: «la persona e hipóstasis de aquel hombre es la misma persona e hipóstasis del Verbo de Dios», segunda persona de la Santísima Trinidad.

Nuestro Señor hace a continuación una profecía, un milagro intelectual por el cual anuncia lo que había de suceder en el futuro. Para ello se sirve de un hecho del Antiguo Testamento con el fin de producir lo que se llama el «sentido típico», es decir, una cosa que Dios hace para que sea figura de otra. No se trata de palabras –éste sería el «sentido plenior»– sino de cosas, hechos o acciones. El hecho que Cristo toma como figura es lo que Dios mismo mandó a Moisés cuando las serpientes venenosas picaban a los israelitas: «Y dijo Yahveh a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá”. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida» (Num 21, 8-9). Esta figura es también una profecía pues eso iba a ocurrir posteriormente, cuando Nuestro Señor fuese elevado en la cruz: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna» (Jn 3, 14-15).

¿A dónde es elevado el Hijo del hombre?; o bien, ¿a qué elevación se refiere aquí Nuestro Señor? Se refiere a la elevación que tuvo en la cima del monte Calvario, en el Gólgota, donde fue izado en el árbol de la cruz; y también se refiere a la prolongación de ese izamiento que es la Eucaristía, donde su Cuerpo y Su Sangre son elevados. Es por eso que Nuestro Señor lo anticipó de manera profética y dijo qué es lo que Él desde allí iba realizar, porque entiende perfectamente bien todo el misterio de la redención. Sabe que ese «ser elevado a lo alto» es lo que ha de atraer hacia sí a toda la humanidad y a toda la historia, porque es Él y sólo Él quien desde el trono de la cruz, a todo el que crea en Él le dará la «vida eterna».

Y así como Dios Padre «tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 13-16); así el Hijo de Dios, que «nos amó hasta el fin» (cf. Jn 13, 1) desde la cruz nos atrae hacia sí por el amor, que es una fuerza atractiva y unitiva: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Cristo dijo ésto «para significar de qué muerte iba a morir» (Jn 12, 33). ¡Y moriría colgado de la cruz!

Colgado de la cruz, Cristo atrajo a todos hacia sí: a los hombres y mujeres de todos los siglos, a quienes tuvo uno por uno presentes porque por todos murió: «el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Co 4, 14). De ninguno se olvidó: ¡Él es Dios!

 

II

Tres horas estuvo colgado en la cruz. Lo que dijo, aunque de profundidades insondables, le llevó muy poco tiempo, apenas algún minuto. En efecto, tan sólo fueron siete frases. Las siete palabras que entonces pronuncia Nuestro Señor tienen una orientación didáctica, precisa, concreta y determinada. Son palabras que no mueren. A mí me gusta decir que son como truenos que siguen resonando en el mundo. ¿Cuánto tiempo habrá demorado en pronunciarlas? No demoró mucho tiempo Nuestro Señor: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen»; «Hoy estarás conmigo en el Paraíso»; «He ahí a tu madre… he ahí a tu hijo»; «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»; «Tengo sed»; «Todo está cumplido»; «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»…Tal vez diez segundos para cada frase. Supongamos que de aquellas tres horas, que son horas de sufrimiento y de mucho dolor, pronunciar las siete palabras le hayan sumido cinco minutos… ¿Y luego? Ciertamente que también adoró, dio gracias, pidió perdón por la humanidad prevaricadora y por todo lo que, directa e indirectamente, los hombres y mujeres necesitaríamos para nuestra salvación eterna. Pero, piadosamente, podemos imaginar que pensó en la obra grande que estaba realizando y de la que nadie como Él tenía tan clara conciencia.

De manera especial, me gusta imaginar que pensó en sus santos.

 

III

En la cruz pensó en sus santos. Se acordó de sus elegidos «desde antes de la fundación del mundo» (cf. Ef 1, 4); hombres y mujeres que «ya no viven para sí, sino para Aquel que por ellos murió y resucitó» (cf. 2 Co 4, 15). De aquellos y aquellas que se aprovecharían de su muerte.

Yo pienso que Nuestro Señor, que todo lo sabe y que todo lo conoce, en ese momento nos pensaba a todos nosotros. Pensaba en todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los siglos. Así se desplegaría en su mente –por así decirlo– la historia del mundo y, en especial, la historia de la Iglesia, que es la razón última de la historia del mundo, porque Él era plenamente consciente de que gracias a ese estar clavado en lo alto, atraería a muchos hacia sí, produciendo frutos de redención en tantas almas a través de los siglos, en tantas culturas, en tantas generaciones, en tantas razas, en tantas lenguas, en tantas geografías.

Jesús sabía que sufría para salvarnos de nuestros pecados y nos conocía a todos, con todos nuestros pecados. Sabía que moría para alentar a sus discípulos a que permanecieran fieles a Él; sabía que les estaba alcanzando la gracia santificante a fin de que practicasen todas las obras de las virtudes, para que, a pesar de las dificultades y persecuciones del mundo, no claudicasen. Y para eso, Él sabía que era necesaria la cruz porque era esa cruz la que les iba a dar la fuerza a sus discípulos, y que sería también como un imán, que atraería a todos hacia sí. Llegaría a ser –si se lo entiende correctamente– como ese fenómeno que se produce en algunas partes: el «maelstrom», una especie de remolino producido en el mar que atrae todo hacia sí, y que engulle incluso a los barcos. En el caso de Cristo, no es para engullir sino para recapitular en Sí todas las cosas.

Colgado de la cruz, contemplando a sus ángeles, debe haber pensado en dar a la Iglesia que nacería de su costado, protectores e intercesores que estuvieran muy cerca suyo: a «Gabriel, el que está delante de Dios» (Lc 1, 9); a «Rafael, uno de los siete ángeles que están siempre presentes y tienen entrada a la Gloria del Señor» (Tb 12, 15); a «Miguel, uno de los Primeros Príncipes» (Dn 10, 13).

Colgado de la cruz miró hacia el pasado y pensó en todos los hijos de Adán que le esperaban anhelantes en el limbo de los justos: todos los santos patriarcas: Abrahám, Isaac, Jacob…; todos los santos profetas: Moisés, David, Elías, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Oseas…; los Macabeos; su padre adoptivo San José; San Juan Bautista; el santo anciano Simeón; la profetiza Ana…

Colgado de la cruz, miró hacia el futuro y pensó la historia de su Iglesia, que es su propia historia porque es la historia de su Cuerpo Místico. No hubo acontecimiento que no estuviera presente: las diez atroces persecuciones bajo los emperadores romanos (Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Cómodo, Septimio Severo, Maximino Tracio, Decio, Valeriano, Diocleciano); las persecuciones que tantos mártires han dado en las misiones ad gentes…; el surgir de los grandes apologistas y de los doctores de la Iglesia; los combates de los Padres de la Iglesia a favor de la ortodoxia católica; las Cruzadas para reconquistar su Santo Sepulcro; las epopeyas evangelizadoras en Europa, América, África, Asia y Oceanía; los cismas… ¡todo!

En algún momento, entre las 12 hs. y las 15 hs., colgado de la cruz, como en una sublime película se desarrolló ante sus ojos la historia de la Iglesia, siglo por siglo, año por año, día por día; en su mente se fue representando, como si se fuese filmando, la mejor lección de historia de la Iglesia, y la historia del mundo que jamás se haya dado. De manera especial, vio a aquellos gigantes de santidad, hombres y mujeres, que se aprovecharían al máximo de la sangre que Él estaba derramando allí, sobre el Gólgota. ¡Sus santos y sus santas! Y como en una estremecedora letanía los pensó uno por uno. ¡Serían la gloria de su Padre y la suya! Y ellos serían los que darían, justamente, el verdadero sentido a la historia. Ellos son la historia… «No hay historia más completa, más magnífica ni más provechosa que la Letanía de todos los Santos»: ella «evoca» e «invoca» a todos los grandes espíritus que han ilustrado el globo y que han hecho avanzar a la humanidad con sus virtudes».

 

IV

Colgado de la cruz oró por los que escogió para enviar por el mundo como sus apóstoles, a quienes dio «las primicias del Espíritu» (Rm 8, 23). En la cruz se reservó para sí a Andrés, Santiago el Mayor, Juan, Tomás, Santiago el Menor, Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón el Cananeo, Judas Tadeo, Matías, Pablo, Bernabé. Por todos ellos pidió «alzando sus ojos al cielo» (Jn 17, 26): «Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos» (Jn 17, 9-11).

Especialmente rogó por Pedro, «el siervo de la Cruz», como le llamó San Jerónimo. Cristo escogió para sí de una manera muy particular al primer Papa como asociado al misterio de su cruz. En efecto, también Pedro sería colgado de una cruz: «cuando llegues a viejo, extenderás tus manos…» (Jn 21, 18); «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde» (Jn 13, 36). De ahí que el Papa, Sucesor de Pedro, «continúa el carácter martiológico de su Primado». Pensó y rezó por todos los Papas que, hasta ahora, han sido 264.

Colgado de la cruz, Cristo se vio perseguido por Saulo de Tarso y para manifestar la grandeza de su misericordia, dijo entonces para sí: «Me reservaré para mí a Saulo de Tarso; “éste es para mí un instrumento de elección para que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre” (Hch 9, 15-16)». Y desde la Cruz, escuchó decir a San Pablo: «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado» (1 Co 1, 23); «no quiero saber otra cosa sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co 2, 2); «con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,19-20). Pedro y Pablo serán «como los dos ojos de mi cuerpo, de quien soy cabeza».

Colgado de la cruz, rogó por quienes serían discípulos directos de los Apóstoles, a quienes les correspondería ser los primeros en transmitir por tradición su Revelación: «Padre, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno» (Jn 17, 20-21). Y dijo para sí: «Me reservaré para mí, por medio de la palabra de mis Apóstoles, a Ignacio de Antioquía, Clemente Romano, Policarpo de Esmirna…». Y desde la cruz, escuchaba gritar a San Ignacio de Antioquía: «¡Dejadme imitar la pasión de mi Dios!»; «Mi amor está crucificado».

Colgado de la cruz, escogió a quienes –en el siglo que se llamaría de los apologetas– darían a judíos, gentiles y gnósticos «razones de nuestra esperanza» (cf. 1 Pe 3, 15). Y Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí a Justino, a Ireneo de Lyón, a Clemente de Alejandría…».

Colgado de la cruz, pensó en quienes se unirían a Él en su Pasión y Muerte afrontando el martirio. Y dijo para sí: «Me reservaré para mí a Esteban, Lorenzo, Cecilia, Lucía, Blas…». También sabía que era necesaria su muerte en la cruz para que Tarcisio no claudicase y fuese «mártir de la Eucaristía», y pensaría también en Inés, en Cipriano, en Felícitas… Y musitó el nombre de todos sus «testigos». Las persecuciones romanas darían 100.000 mártires.

Colgado de la cruz, derramando hasta la última gota de su sangre, les dio a los mártires, uno a uno, la victoria: «Ellos vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte» (Ap 11, 12).

 

V

Colgado de la cruz, vio cómo una vez que acabaron las persecuciones sistemáticas, se turbarían los tiempos de paz iniciados por Constantino después del Edicto de Milán, con el surgimiento de cismas, controversias y herejías en torno a su Divina Persona y su Iglesia. Entonces comenzaría el bullir de herejías que requerían la respuesta clara y clarividente de los Santos Padres de Oriente y Occidente, hombres que no iban a claudicar en la confesión de la fe porque recibirían la fuerza de la cruz de Cristo. Y Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí doctores de Oriente y de Occidente, que vengan a sentarse a mi mesa luego de haber combatido por la verdad. De Egipto me reservaré a Antonio Abad y a Atanasio el Grande; de Capadocia a Basilio Magno; de Antioquía a Juan Crisóstomo; de Dalmacia me reservaré para mí a Jerónimo; a Ambrosio de Milán; Martín de Tours; Hilario de Poitiers; vaso especial de elección será para mí Agustín de Hipona: le daré sabiduría para refutar a los maniqueos, donatistas, pelagianos y arrianos. En esta época suscitaré grandes pontífices por medio de los cuales Pedro proclame la fe en mi divinidad. Me reservaré para mí a Dámaso, León Magno, Gregorio Magno…».

Colgado de la cruz, vio las atrocidades que cometerían los bárbaros en sus incursiones por las ciudades cristianas del Imperio. Vio la firmeza de San León Magno frente a Atila. Vio como lo enfrentó con una cruz en la mano, y lo vio a Atilia, que venía asolando toda Europa, dar media vuelta y seguir su camino… El Señor vio como la Iglesia a través de sus misioneros y de sus grandes predicadores, iba a tratar de convertir a los pueblos bárbaros y cómo los monjes rescatarían en sus monasterios la cultura de la que los vándalos harían estragos. Y pensó en los cientos de monjes y misioneros afanosos por la conversión de los bárbaros: San Patricio en Irlanda; San Remigio en Francia; San Columbano en Escocia… Y dijo para sí: «Me reservaré para mí a Benito de Nursia como Padre del Monacato en Occidente. Me reservaré para mí a Isidoro de Sevilla, para que organice las Iglesias de España. Me reservaré para mí a Agustín de Cantorbery a quien enviaré a evangelizar a los anglosajones; a Bonifacio lo enviaré a los germanos; a Cirilo y Metodio a los eslavos».

 

VI

Colgado de la Cruz, el rey coronado de espinas pensó en extender su Reino a través de la conquista espiritual de los pueblos. Vio el florecer de las nuevas cristiandades que se fueron construyendo, de las que prácticamente nosotros hemos estado celebrando el milenio. Y por ello pensó también en hacer partícipes de su realeza a príncipes y reyes cristianos. Entonces dijo para sí: «Escogeré para mí a Esteban en Hungría; a Eduardo el Confesor en Inglaterra; a Eduviges en Polonia; a Vladimir y Olga en Ucrania; a Isabel en Hungría; a Fernando III de Castilla y de León; a Luis de Francia…». Y todo eso iba a ser posible porque Él estaba sufriendo en ese momento en la cruz.

Colgado de la cruz, pensó en la época del feudalismo, cuando reyes y mercaderes querían sacar tajada de la Iglesia. Sería necesario suscitar grandes hombres que defendieran los derechos de la Iglesia contrarrestando la acción de tantos que claudicarían ante el poder temporal. Y Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí a Gregorio VII; a Anselmo de Cantorbery; a Tomás Becket, a Bernardo de Claraval, a Nicolás de Tolentino…». Pero también vería el esplendor de la Alta Edad Media, que supo levantar esas catedrales majestuosas que todavía son objeto de admiración para nosotros y para todos los que vienen a Europa; edad en la que sin duda alguna se dio la cumbre de la civilización del mundo, que supo no sólo elaborar esas catedrales en piedra, sino que, además, hizo las catedrales del pensamiento, que son las Sumas, obras del genio de Santo Tomás de Aquino.

Colgado de la cruz, pensó en aquellos que prolongarían algún aspecto de los misterios de su vida dando origen a órdenes y congregaciones religiosas. Entonces dijo para sí: «Me reservaré para mí a Domingo de Guzmán, que fundará una Orden de Predicadores para prolongar mi ministerio como Maestro y Doctor. De sus hijos, los dominicos, me reservaré para mí a Alberto Magno y a Tomás de Aquino. A este le diré desde la cruz: “Tomás, bien has escrito de mí”; también de entre ellos me reservaré a Pedro de Verona, mártir, y al Beato Angélico…».

Colgado de la cruz, el Señor dijo al hijo de Pedro Bernardone: «Francisco, restaura mi Iglesia», y le encomendó fundar una Orden que abrazase la pobreza voluntaria imitándole a Él, que «siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (cf. 2 Co 8, 9). Y pensando en todos los santos franciscanos, dijo Cristo para sí: «Me reservaré para mí a Antonio de Padua, a Clara de Asís, a Buenaventura, a Carlos de Sezze, a Pío de Pietrelcina…».

Colgado de la cruz, pensó también en otra de las grandes Órdenes mendicantes, los mercedarios, dedicados a la redención de los cautivos. Y Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí a Pedro Nolasco y Ramón Nonato».

Colgado de la cruz, Cristo vio a su Iglesia en máxima confusión en la época del gran cisma de Occidente, provocado por la elección en Aviñón de antipapas que disputaban la Tiara papal. ¡Tres hombres a la vez llegaron a considerarse como los legítimos sucesores de Pedro…! Las naciones y las casas religiosas estuvieron divididas en partidos a favor de uno y otro… Grandes santos se necesitaría para esta época, y por esto Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí a Vicente Ferrer, Catalina de Siena, y Brígida de Suecia…».

Colgado de la cruz, Cristo tuvo presente que el cisma de Occidente dejaría en sus fieles resabios de desconfianza hacia la Iglesia y que el surgimiento, en el siglo XV, del Humanismo y del Renacimiento pondrían en peligro la fe de muchos, particularmente de la gente sencilla del pueblo. Por eso pensó que harían falta para aquella época grandes predicadores populares… Y por eso Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí a Bernardino de Siena, a Juan de Capistrano…».

 

VII

Colgado de la cruz, Cristo vio cuantos miembros serían amputados de su Cuerpo Místico con la Reforma de Lutero, de Calvino y de los demás líderes de la Reforma protestante. Vio lo que acarrearía, en la decadencia de la Edad Media, la acción del libre examen de Lutero: ¡el segundo gran cisma de la cristiandad! A grandes males harían falta grandes remedios. Y cómo Él sabía que de su cruz, de la fuerza de la cruz, iba a suscitar quienes iban a poner todo su empeño para evitar una destrucción mayor, como fueron los grandes de la Contrarreforma católica, pensó en suscitar santos que contrarrestaran la acción protestante, promoviendo la auténtica Reforma de la Iglesia, viviendo ante todo el radicalismo evangélico. Y Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí a Cayetano de Thiene y Felipe Neri; a Pedro de Alcántara, a Juan de Ávila y Juan de Rivera; a Teresa de Jesús, a Juan Bautista de la Concepción y a Juan de la Cruz. De manera especial me reservaré para mí a Ignacio de Loyola, para que funde una compañía de apóstoles que conquisten conmigo el mundo, siguiéndome tanto en las penas como en la gloria. De sus hijos me reservaré para mí a Francisco de Borja; Luis Gonzaga; Pedro Canisio, Roberto Belarmino…».

Colgado de la cruz, consideró que harían falta grandes adalides del Concilio de Trento, que promovieran y aplicaran en la Iglesia sus Reformas. Y por eso Cristo dijo para sí: «Para esta tarea me reservaré a Pío V, Carlos Borromeo, Toribio de Mogrovejo y Francisco de Sales…». Jesús sabía que se iba a desgarrar la Cristiandad, pero sin embargo iba a florecer la Cristiandad en un nuevo continente; se iba a descubrir América, de dónde provenimos nosotros. Y esa cruz fue luz y fuerza para esos miles y miles hombres que fueron a misionar a América, en una obra que al decir de León XIII, «se trata de la hazaña más grandiosa y hermosa que hayan podido ver los tiempos» ; o como decía Gomara a Carlos V, «la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la Encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias»9 . Y así, colgado de la cruz, consideró la «hora» en que haría misericordia a los indígenas de América, del África y del Oriente, enviándoles misioneros que les anunciasen el Evangelio. Y Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí a Francisco Javier; a él le haré recorrer, en menos de 10 años, más de 50.000 km. en su afán de llevar mi Evangelio a todas partes. Me reservaré para mí a Luis Beltrán, O.P., para apóstol de Nueva Granada (Venezuela-Colombia); convertirá a más de 150.000 indios. Me reservaré para mí a Francisco Solano, a él le llevaré desde Perú hasta las regiones del Tucumán y del Gran Chaco. Me reservaré para mí a Roque González de Santa Cruz, para hacerle pionero de las Misiones guaraníes. Me reservaré para mí a Pedro Claver, jesuita, en Cartagena de Colombia bautizará a más de 300.000 negros. Me reservaré para mí a Isaac Jogues para la evangelización de Canadá y Estados Unidos; a Junípero Serra para la evangelización de California…».

Colgado de la cruz, escogió los frutos exquisitos que producirían las Misiones –la pléyade de santos que iba a producir la evangelización– y por eso dijo para sí: «Me reservaré para mí al indio Juan Diego en México; a Rosa de Lima, al mulato Martín de Porres y a Juan Macías en el Perú; a Marianita de Jesús Paredes, la «azucena de Quito», en Ecuador; a Bernarda Butler en Cartagena de Indias, Colombia; a José de Anchietta y Antonio Galvao en Brasil; a Katheri Tekakwitha en América del Norte».

Colgado de la cruz veía las primicias de la evangelización del Asia, más de 100.000 mártires: a Pablo Miki y compañeros mártires en el Japón; a Andrés Kim Taegon, Pablo Chong Hasang y 101 compañeros mártires en Corea; a los 123 mártires chinos; a los mártires de Tailandia; a San Andrés Dung-Lac y compañeros mártires de Vietnam; en Pakistán, India, Medio Oriente… Y desde la cruz enseñó a San Andrés Kim Taegon, primer sacerdote coreano, la verdad con la que enseñaba a sus fieles perseguidos: «Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles».10

Colgado de la cruz vio también las primicias de la Iglesia en Oceanía: a San Pedro Chanel y Peter Rot en Papúa Nueva Guinea; y las primicias de la Iglesia en Uganda: a Carlos Lwanga y sus jóvenes compañeros mártires; y a todos los mártires de nuestros días en África, en Argel, en Rwanda…Y todo eso fue posible porque Él estaba allí, firme en la cruz, sin claudicar, cumpliendo con esa obra grande de la redención, hasta el fin, agonizando allí, tachonado con tres clavos a la cruz durante tres horas.

 

VIII

Colgado de la cruz, vio cómo entre los siglos XVII y XVIII, en la época de las Monarquías absolutas, se maduraría definitivamente la idea del Estado moderno, caracterizada por el laicismo y por la separación de la Iglesia. Vio cómo este período tendría un común denominador: la Ilustración. Todo un nuevo modo de pensar y entender la vida, intentando romper definitivamente los lazos entre la razón y la fe, la religión y la cultura. ¡Qué grandes santos harían falta para contrarrestar tantos desastres y para recristianizar a las masas! Sería necesario el testimonio de grandes apóstoles de la caridad, de predicadores de misiones populares y de educadores. Y por ello Cristo dijo entonces para sí: «Me escogeré para mí a Vicente de Paúl y Luisa de Marillac para dar testimonio de la caridad. Me reservaré para mí como apóstoles del pueblo a Luis María Grignion de Monfort; Leonardo de Puerto Mauricio; Alfonso María de Ligorio; Nóbili en la India; Mateo Ricci en China; Francisco Pallu y las Misiones extranjeras de París; me reservaré como grandes educadores a José de Calasanz, Juan Bautista de la Salle, Marcelino Champagnat…». Pensando en los Ilustrados, infatuados con el culto a la diosa razón, tratando de destruir toda religión que se presentase como revelada, Cristo pensó en confundir su necedad suscitando santos en quienes se dieran fenómenos sobrenaturales, en plena época racionalista. Y Cristo dijo para sí: «Me reservaré para mí a José de Cupertino; Gerardo Mayela; Pablo de la Cruz; Juan María Vianney; María Bernarda Soubirous; Catalina Labouré; María de Jesús Crucificado…». Ante ellos, ¿quién podría negar la existencia de lo sobrenatural? Y vio lo que iba a hacer la Revolución Francesa, y sus mártires, los mártires de Angers y de la Vandeé; y vio las carmelitas decapitadas en la plaza de la Bastilla, subiendo al cadalso cantando… Todo eso con una mirada profética, conociendo los detalles y circunstancias.

Colgado de la cruz, Cristo vio sucederse a la Ilustración el racionalismo, al racionalismo el liberalismo, al liberalismo el materialismo –primero capitalista y luego marxista–. Haría falta contrarrestar el daño que tantas falacias producirían en la Iglesia principalmente con el testimonio de los valores del Evangelio. «En esta época me reservaré para mí a Gaspar del Búfalo; José Cafasso; Juan Bosco; Antonio María Claret; Gabriel de la Dolorosa; Pedro Julián Eymar; Teresa del Niño Jesús; Charbel Maklouf; Ezequiel Moreno Díaz; Miguel Febres Cordero; Juan Nepomuceno Newmann…».

Colgado de la cruz, vio a los hombres en la época de la Industria, de los proletariados y de la técnica, buscando soluciones muchas veces al margen de Dios… Entonces Cristo se vio hambriento, sediento, enfermo, cautivo, peregrino, emigrante, desnudo, moribundo, pobre, abandonado, huérfano, niño, joven, anciano… Y dijo para sí: –«Me reservaré para mí hombres y mujeres que me asistan en los necesitados…». Y musitó los nombres de José Benito Cottolengo; María Eufrasia Pelletier; María Micaela del Santísimo Sacramento; Elizabeth Anne Seton; Katherine Daexel; María Josefa Rosello; Francisca Javier Cabrini; Don Luis Orione…».

 

IX

Colgado de la cruz, Cristo pensó en el convulsionado siglo XX. Vio la crisis modernista de principios de siglo, y dijo para sí: «Me reservaré para mí a José Sarto, que será sucesor de Pedro con el nombre de Pío X». Colgado de la cruz, pensó en cada uno de los santos de nuestro siglo y entonces dijo para sí: «Me reservaré para mí a Damián de Vesteur; María Goretti; Laura Vicuña; Teresa de los Andes; Gema Galgani; Leopoldo Mandic; Pier Giorgio Frassati; José Moscati; Juana Beretta Molla; Alberto Hurtado…».

Colgado de la cruz, vio las persecuciones de los regímenes totalitarios de nuestro siglo, y eligió a quienes serían sus testigos para esta época: «Me reservaré para mí a Miguel Agustín Pro; Maximiliano María Kolbe; Tito Brandsma; Edith Stein; Benito de Jesús; los 51 mártires de Barbastro; Mons. Vilmos Apor de Hungría, Mons. Eugen Bossilkov de Rumania y el cardenal Stepinac, de Croacia…». Sabía lo que iba a ser ese azote satánico, la persecución más espantosa que jamás haya sufrido la Iglesia en veinte siglos de su historia, la persecución del comunismo, con miles y miles de mártires, muchos de ellos sin nombre, desconocidos por nosotros. Pero conocemos las grandes figuras de los Cardenales Beran, Wyszynski, Mindszenty, Tomasek, Slipyj, Iuliu Hossu, Todea, Korec, Joseph Kung Pin-mei, y Domingo Teng, los 14 obispos ucranianos mártires, el obispo de Barbastro beato Florentino Asencio Barroso, Jerzy Popielusko… A pesar de esa persecución espantosa y satánica, que no ahorró ningún medio para borrar de sobre la faz de la tierra la más remota idea de Dios –pues la esencia del comunismo es ser ateo– sin embargo, Él sabía que lo que estaba pasando y sufriendo, iba a ser fortaleza para todos los que van a sufrir como confesores y fortaleza también para todos los que iban a morir como mártires.

Colgado de la cruz pensó en todos los grandes santos que nosotros, domingo a domingo, invocamos como protectores en las Letanías de los Santos que rezamos delante del Santísimo Sacramento, pidiendo su intercesión ante Dios, porque sabemos que Él los «predestinó a reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8, 29). ¡Letanías que son una verdadera lección de historia!

 

X

Jesús también tenía presente todo lo que va a venir, y que nosotros no sabemos. Y Él sí lo sabe. Sabe perfectamente bien cuáles van a ser cada uno de nuestros caminos en este peregrinar por este mundo, con las dificultades con las que nos íbamos a encontrar, con las alegrías que vamos a tener, con los triunfos y los fracasos, ¡con todo…! Y así como para todos los que han pasado durante estos veinte siglos, la cruz fue fuente de consuelo y protección, fue luz y guía, ciertamente lo será también para nosotros si somos dóciles al Espíritu Santo.

El emperador Constantino, antes de vencer a Majencio en el puente Milvio, aquí cerca, en aquella famosa batalla del 28 de octubre del 312, tuvo el sueño del signo de la cruz: «In hoc signo vincis», se le dijo. «Con el signo de la cruz, vencerás». Como un día a Constantino, también nos dice Jesús a cada uno de nosotros: «In hoc signo vincis».

Colgado de la cruz, también pensó en la Madre Teresa de Calcuta.

Y pensó en Juan Pablo II.

Y pensó en todos los hombres y mujeres que existirán hasta el fin del mundo, porque ¡por todos moría!

Y Cristo, también, pensó en ti. Y por ti rezó diciendo: «Padre, quiero que los que tú me has dado, también estén conmigo en donde yo esté, para que contemplan mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17, 24).

En fin, colgado de la cruz vio al pié de la misma, de pié, a María de Todos los Santos y le encomendó ser Madre de todos los hombres y mujeres, de todos los siglos, y como tal, como Madre, estar de pié junto a todas las cruces de todos, en los infinitos Gólgotas que a través de los tiempos se levantarían por doquier, ya que «Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo» (Pascal)

 

(CARLOS MIGUEL BUELA, I.V.E., Homilía predicada el 9 de julio de 1998 en Casalotti, Italia, en el Seminario de Comunión y Liberación, en los Ejercicios Espirituales de 8 días a las Madres Capitulares de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará)

 

 

TOMÁS DE KEMPIS

Cuán pocos son los que aman la Cruz de Cristo

 

Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, pero muy pocos que lleven su cruz. ‘Tiene muchos que desean el consuelo, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros halla para la mesa, y pocos para la abstinencia. Todos quieren gozarse con él, mas pocos quieren sufrir algo por él. Muchos siguen a Jesús cuando no hay adversidades; muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él algunas consolaciones; si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían y abatirían.

Pero los que aman a Jesús por él mismo, y no por algún propio consuelo suyo, bendícenle en toda pena y angustia del corazón, tan bien como en el consuelo. Y aunque nunca más les quisiere dar consuelo, siempre le alabarían y darían gracias.

¡ Oh cuánto puede el amor puro de Jede sin mezcla del propio amor! Bien se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones. ¿No se aman a sí mismos más que a Cristo, los que continuamente piensan en su provecho y ganancias? ¿Dónde se hallará alguno que quiera servir a Dios de balde?

Pocas veces se halla alguno tan espiritual, que esté desnudo de todas las cosas. ¿Pues quién hallará el verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura? De muy lejos y muy precioso es su valor. Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada; y el hiciere gran penitencia, aún es poco. Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos; y si tuviere gran virtud y muy fervorosa devoción, aún le falta mucho; esto es una cosa que ha menester mucho. ¿Y cuál es ésta? Que dejadas todas las cosas, se deje a sí mismo, y salga de sí del todo, y no le quede nada de amor propio. Y cuando conociere que ha hecho todo lo que debe hacer, piense que aún no ha hecho nada.

No tenga en mucho que lo puedan tener por grande; más llámese en la verdad siervo sin provecho, como dice la Verdad; Cuando aun hubieres hecho todo lo que os está mandado, aún decid: Siervos somos sin provecho. Y así podrás ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: Uno solo y pobre soy. Con todo eso, ninguno hay más rico, ninguno más poderoso, ninguno más libre, que aquél que sabe dejarse a sí mismo y a todas las cosas, y ponerse en el último lugar.

 

Capítulo XII

Del camino real de la Santa Cruz


Estas palabras parecen duras a muelles! “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y que sígueme”, Pero más duro será oír aquella terribles  Palabras: “Apartaos de mí, maldito, al fuego eterno”. Los que ahora oyen y siguen de buena voluntad la palabra de la eterna condenación. Esta señal de la Cruz estará en el cielo cuando el Señor venga a juzgar. Entonces todos los siervos de la Cruz, que se conformaron su vida con el Crucificado, se llegarán a Cristo Juez con gran confianza.

¿Por qué pues temes tomar le Cruz por le cual se va al Reino? En la Cruz está le salud, en la Cruz está la vida, en le Cruz está la defensa contra los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espíritu, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la Cruz. Toma, pues tu Cruz y sigue a Jesús e irás a la vida eterna. Él vino primero y llevó su Cruz, y murió en la Cruz por ti, porque tú también la tú también lleves y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con él vivirás con Él, y si fueres compañero de sus penas, lo serás también de su gloria.

Mira que todo consiste en la Cruz, y todo está en morir en ella; y no hay otro camino para la vida y para la verdadera paz sino el de la santa Cruz y continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres, y no hallarás más alto camino en lo eminente ni más seguro en lo abatido sino la senda de la santa Cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la Cruz, pues, o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás tribulación en el espíritu.

Unas veces te dejará Dios y otras te mortificará el prójimo, y lo que más es, muchas veces te descontentarás de ti mismo, y no serás aliviado ni confortado con ningún remedio ni consuelo, y será preciso que sufras hasta cuando Dios quisiere, porque quiere que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a él, y te hagas más humilde con la aflicción. Ninguno siente tan de corazón la pasión de Cristo, como aquél e quien acaece sufrir penas semejantes. De modo que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar. No le puedes huir donde quiera que fueres; porque a cualquier parte que huyas llevas a ti mismo, Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuere, vuélvete adentro, en todo hallarás la cruz; y es necesario que en todo lugar tengas paciencia si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona.

Si de buena voluntad llevas la cruz, llevará y guiará al fin deseado, adonde será el fin de padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, la hiciste mas pesada, y no obstante es preciso que la sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y acaso más pesada.

¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos estuvo en el mundo sin cruz y tribulación? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, en cuanto vivió en este mundo no estuvo una hora sin dolor, porque convenía que Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y así entrase en su gloria. ¿Pues cómo buscas tú otra senda, sino este camino real que es el de la santa Cruz? ¿Y tu buscas para ti holgura y gozo? Yerras, yerras si buscas otra cosa que sufrir tribulaciones, porque toda esta vida mortal está llena de miserias y por todas partes está rodeada de cruces; y cuanto más altamente alguno aprovechare en espíritu, tanto más pesadas cruces hallará muchas veces, porque la pena de su destierro crece más por el amor.

Más este tal, así afligido de tantos modos, no está sin el alivio de la consolación, porque siente crecer en sí gran fruto de llevar su cruz, porque cuando se junta a ella de buena voluntad todo el peso de la tribulación se convierte en confianza del consuelo divino. Y cuanto más se quebranta la carne por la aflicción, tanto más se fortifica el espíritu por la gracia interior. Y algunas veces se conforta tanto con el afecto a la tribulación y adversidad por el amor y conformidad con la cruz de Cristo, que no quiere estar sin dolor y penalidad, porque se tiene por tanto más acepto a Dios, cuanto mayores y más graves cosas pudiere sufrir por Él. Esto no es virtud humana, sino gracia de Cristo, que tanto puede y hace en la carne frágil, que lo que naturalmente el hombre siempre aborrece y huye, lo acometa y acabe con fervor de espíritu.

No es propio de la humana condición llevar la cruz, amar la cruz, castigar el cuerpo y sujetarle a servidumbre, huir los honores, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo y desear ser despreciado, tolerar todo lo adverso con daño y no desear cosa de prosperidad en este mundo. Si te miras a ti, no podrás por ti cosa alguna de éstas; mas si confías en Dios, él te dará fortaleza celestial y hará que te obedezca el mundo y la carne, y no temerás al demonio si estuvieres armado de fe y señalado con la cruz de Cristo.

Disponte, pues, como bueno y fiel siervo de Cristo para llevar varonilmente la Cruz de tu Señor, crucificado por amor tuyo. Prepárate a sufrir muchas adversidades y diversas incomodidades en esta miserable vida, porque así estará contigo donde quiera que fueres y de verdad lo hallarás en cualquier parte donde te escondas. Así conviene, y no hay otro remedio para escapar de la tribulación de los males y del dolor, sino sufrir. Bebe con afecto el cáliz del Señor si quieres ser su amigo y tener parte con él. Remite a Dios las consolaciones y haga Él con ellas lo que más le pluguiere. Pero tú disponte a sufrir las tribulaciones y estímalas por grandes consuelos; porque son condignas las penalidades de este tiempo pare merecer la gloria venidera, aunque tú pudieras sufrirlas todas.

Cuando llegares a punto que la aflicción te sea dulce y gustosa por amor de Cristo, piensa entonces que vas bien porque hallaste el paraíso en la tierra. Mientras te parezca penoso el padecer y procures huirlo, cree que vas mal, y donde quiera que fueres te seguirá el rastro de la tribulación.

Si te dispones para hacer lo que debes, conviene a saber, sufrir y morir, luego te irá mejor y hallarás paz. Y aunque fueres arrebatado hasta el tercer cielo con San Pablo, no estarás por eso seguro de no sufrir alguna contrariedad. Yo, dice Jesús, te mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre. Luego, sólo te queda el padecer, si quieres amar a Jesús y servirle siempre.

Pluguiese a Dios que fueses digno de padecer algo por el nombre de Jesús. ¡Cuán grande gloria se te daría! ¡Cuánta alegría causarías e todos los Santos de Dios! ¡Cuánta edificación sería para el prójimo!, pues todos alaban la paciencia, aunque pocos quieren padecer. Con razón debías sufrir algo de buena gene por Cristo, cuando hay tantos que sufren más graves cosas por el mundo.

Ten por cierto que te conviene morir viviendo; y que cuanto más muere cada uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir e Dios. Ninguno es apto para comprender esa cosas celestiales si no se aviene a sufrir lee adversidades por Cristo. No hay cosa a Dios más acepta, ni para ti en este mundo más saludable, que padecer gustosamente por Cristo. Y si te diesen a escoger, más debería desear padecer cosas adversas por Cristo, que ser recreado de muchas consolaciones; porque en esto le serías más semejante, y más conforme a todos los santos. Pues no está nuestro merecimiento, ni la perfección de nuestro estado en disfrutar muchas suavidades y consuelo, sino en sufrir grandes penalidades y tribulaciones.

Porque si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los hombre que el sufrir, Cristo lo hubiera declarado con su palabra y ejemplo; pues manifiestamente exhorte a sus discípulos, y a todos los que desean seguirle, que lleven la Cruz y les dice: Si alguno quisiere venir en pos de mí, niéguese a sí mis tu cruz, y sígame. Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea ésta la conclusión: Que por muchas tribulaciones nos es necesario entrar en el reino de Dios.

 

(TOMÁS DE KEMPIS, Imitación de Cristo y menosprecio del mundo, Capítulo XI-XII)

 

 

R. P. ALFONSO TORRES, S.J.

Nuestro crucifijo es nuestra luz

 

Para completar las meditaciones de la pasión de modo que dejen recuerdo más permanente en nuestras almas, vamos a hacer la última acerca de Cristo crucificado, y vamos a procurar referirnos concretamente a nuestro crucifijo, para que, cada vez que fijemos en él nuestras miradas o lo tomemos en nuestras manos, sea como el recuerdo de lo que ahora vamos a meditar.

Cada religioso tiene su crucifijo como tesoro. Pues en ese crucifijo nuestro vamos a resumir los pensamientos de esta meditación.

Para disponemos mejor a ella, comencemos recordando cómo los santos, aunque recomiendan en general que se medite la vida de nuestro divino Redentor, más particularmente recomiendan la meditación de la pasión y la de Cristo crucificado. Esta enseñanza, que dieron de palabra y dejaron en sus escritos, nos la inculcaron antes con su ejemplo, pues todos ellos eran almas que meditaban asiduamente la pasión. Si queremos llenarnos de la luz que tienen los santos, sigamos sus consejos y sus ejemplos. Siguiéndolos, veremos cómo nuestro crucifijo es para nosotros una fuente siempre manante de enseñanzas celestiales y de amor fervoroso.

Como primer punto de la meditación, digamos que nuestro crucifijo es nuestra luz. Indudablemente, todos hemos pensado muchas veces que nuestro modelo es Cristo, y Cristo crucificado, y hasta quizás en mil ocasiones ha sido nuestro consuelo el pensar que los tres votos de nuestra vida religiosa son como tres clavos que nos sujetan a la cruz de nuestro Salvador, y que los pequeños sacrificios que encontramos en nues­tra vida son como nuestra pequeña pasión. Más aún, quizás, y sin quizás, hemos meditado muchas veces en particular cada una de las virtudes de que nos da ejemplo nuestro divino Re­dentor en el Calvario; pero yo quisiera que ahora nos fi­járamos en algo que, en cierto sentido, es más profundo y toca a las raíces más íntimas de nuestra santificación.

¿En qué consiste la santidad? Podemos decir que consiste en vivir enteramente para Dios. Evidentemente, un alma que siempre y en todo vive puramente para Dios solo es un alma que ha alcanzado toda la santidad que Dios quería de ella. Este vivir para Dios es lo que lla­maba San Pablo sacudir de nosotros las obras de las tinieblas y venirse de las armas de la luz (Rom 13,12). Pero esta idea tiene un desarrollo vivo en todo el camino espiritual. Las ti­nieblas son los pecados. La luz es la gracia divina. Pero tam­bién todos los amores desordenados del corazón, aunque no sean ofensas concretas de Dios Nuestro Señor, son tinieblas, y todas las generosidades de virtud que hay en las almas son luz. Para santificarse hay que entender las palabras vivir para Dios en toda su amplitud, hay que corregir toda desviación del corazón, hay que mortificar todas las afecciones desordena­das, hay que ponerse de lleno en la voluntad de Dios. Y todo esto no se hace sino cuando se ha conseguido la desnudez es­piritual. Entonces es cuando se muere a todas las cosas de este mundo para vivir en Cristo. Tanto se pone el alma en Dios cuanto más desasida vive de todo lo que es criatura. Vivir así de lleno en la voluntad de Dios, de tal manera que esa volun­tad sea nuestra única norma y el cumplirla sea nuestro único deseo, es unirse íntimamente con el Señor.

¿Qué es Cristo crucificado? ¿Qué es Cristo como se repre­senta a nuestra alma cuando miramos nuestro crucifijo? La com­pleta desnudez de todo lo criado. Siempre había estado nuestro divino Redentor desprendido de todo lo que no es Dios; pero cuando realizó este desprendimiento de una manera más visible y más tangible fue cuando murió en el Calvario, en aquella absoluta pobreza de que nos habla la Beata Angela de Foligno, y que consiste no solamente en carecer de los bienes temporales, aun de los más necesarios, sino de todo aquello que necesita el hombre para no sentir la soledad de corazón.

¿Hay desnudez de alma que pueda compararse con la desnudez espiritual de Cristo crucificado? A esa desnudez va unido el amor más heroico de la voluntad divina. Por permanecer en la voluntad de su Padre, el Señor desciende hasta el abismo de la humillación y del dolor, y aun hasta la muerte. Sacrificarlo todo hasta llegar a la perfecta desnudez del corazón, y eso por el deseo de cumplir la voluntad divina, es decir, por amor al Padre celestial, es la suprema lección que Cristo Nuestro Señor nos da en el Calvario. Por eso, nuestro crucifijo es nuestra luz. Nos lleva hasta lo más hondo de la sabiduría de Dios, nos enseña hasta lo más íntimo del camino espiritual, nos muestra hasta las cumbres más elevadas de la santidad. Vivir en Cristo crucificado es vivir de lleno en la divina luz.

Además de esto, Cristo crucificado es nuestra esperanza. Al meditar cada uno de los misterios de la sagrada pasión, hemos visto lo que Nuestro Señor ha hecho por nosotros. Se ve entonces como nunca hasta dónde han llegado su misericordia y su amor. Al mismo tiempo, mirando a la luz de Cristo crucificado toda nuestra vida, es como hemos logrado ver toda la malicia de nuestras ingratitudes, tibiezas, infidelidades y olvidos. Esto no lo hemos podido hacer sin sentir en nuestro corazón un dolor penetrante y sincero.

Viendo, por una parte, lo que hemos sido nosotros para el Señor y cómo ha querido Él satisfacer por nuestros pecados muriendo por nosotros con infinito amor, entregándose en holocausto, porque nos veía indignos de su amor, para que llegáramos a hacernos dignos de él, es como nuestra alma se ha sentido confortada en medio de su flaqueza y miseria. Quizás entonces hemos entendido como nunca aquella sentencia de nuestro divino Redentor que nos han conservado los sagrados evangelios: No he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9,13).

Por poco que haya sido nuestro esfuerzo y por débil que haya sido nuestro fervor, hemos llegado a la convicción de que no es una hipérbole, sino una expresión pobre de la realidad, el decir que Nuestro Señor nos ha amado con exceso de amor. Este exceso de amor lo vemos también pensando que nuestro divino Redentor pudo salvarnos con un solo suspiro de su corazón, con una sola lágrima suya. Cualquiera de estas cosas hubiera bastado para la redención del mundo. Pero su amor no se contentó con eso. Quiso dar cuanto podía, y nos dio su honra divina y su vida entre innumerables dolores. Quiso tomar sobre sí todos los dolores y humillaciones nuestras para santificarlos todos, para saberlos compadecer, como diría San Pablo, y para mostrarnos el exceso de su amor.

No era sólo el designio de Cristo que, mediante su pasión, pudiéramos obtener el indispensable perdón de nuestras culpas. Era mucho más; era conseguirnos la fortaleza que necesitamos para ejercitar la virtud en todo su heroísmo; era invitarnos a las cumbres de la santidad que nos hacía ver en el Calvario; era decirnos que Él estaría con nosotros cuando nos esforzáramos por subir a esa cumbre; era darnos la seguridad de que no nos faltaría su gracia divina cuando, para corresponder al exceso de su amor, quisiéramos hacer excesos de amor por Él, y nos apoyáramos para ello en un exceso de filial confianza.

El crucifijo es como la cifra y compendio de esta confianza divina. A poco que lo miremos, oiremos en nuestro corazón aquella palabra de la Escritura: Así amó Dios al mundo, que por él entregó a su Hijo unigénito (Jn 3,16). Cristo crucificado es la expresión de ese amor divino. ¿Y será posible conocer ese santo amor, oír esa divina palabra en lo íntimo del corazón, y no repetir como un eco aquella otra palabra de San Juan: Pero nosotros hemos creído en el amor que Dios nos ha tenido? (Jn 4,16). Y este creer en el amor con que Dios nos ha amado será una fuente de confianza inmensa para lanzarnos al cumplimiento de la voluntad divina, aunque esta divina voluntad nos exija los mayores sacrificios y aunque sintamos todo el peso de nuestra flaqueza.

No hay desaliento nacido de la consideración de nuestra debilidad que no desaparezca cuando se mira al amor con que Dios nos ha amado. De ese amor decía San Pablo con acento arrebatador en su epístola a los Hebreos: ¿Quién me separará del amor de Jesucristo (Rom 8,35), es decir, del amor con que Jesucristo me ama?

Si nos vemos sumidos en la culpa, nuestra esperanza es Cristo crucificado; si queremos practicar la virtud, en Él confiarnos, y si aspiramos a la santidad, Él es la prenda segura de que podemos conseguirla. El crucifijo, que es nuestra luz, es al mismo tiempo nuestra esperanza. Dichosos nosotros si sabemos vivir en esa esperanza divina. Nada podrá impedirnos el que la veamos realizada.

Pero, además, el crucifijo debe ser nuestro nido. Perdónenme este medio de expresión, y para entender su sentido recuerden aquellas palabras del Cantar de los Cantares en que el Señor invita al alma a que vaya a las hendiduras de la peña, indudablemente para anidar allí. Esta figura la emplea el salmista cuando dice que la tórtola ha encontrado el nido donde colocar a sus hijuelos. En la cruz, la peña es Cristo, quien así como ha querido mostrarnos con otras imágenes las delicadezas de su amor, con ésta ha querido mostrarnos su fortaleza y nuestra seguridad. Las hendiduras de la peña son las llagas santas del Redentor. Invitar a las almas a que aniden en la peña, es invitarlas a que pongan su nido en las llagas de Cristo, como en un lugar de refugio seguro contra las tentaciones y los enemigos, y es enseñarles que en ese nido es donde encontrarán aquella intimidad y ternura que anhelan siempre los que buscan a Dios.

Ese nido, que es, por otra parte, expresión de sacrificio y de dolor, puesto que nos habla del sacrificio y del dolor de nuestro divino Redentor, es también un cielo, porque ahí es donde se saborean las delicadezas del amor divino.

Mientras el alma haga su nido en las cosas de la tierra, será como aquel ave que salió del arca de Noé y se posó en la corrupción del diluvio. No puede hacerse el nido fuera de las llagas de Cristo sin contaminarse con la miseria de este mundo. En cambio, hacer el nido en las llagas del Redentor es volver al arca, como la paloma, porque no se encuentra nada limpio donde posarse.

Cuanto nuestra alma pueda decir y aún mucho más de lo que somos capaces de sentir en nuestro corazón y rastrear con nuestra mente, lo encontramos en ese nido divino. No es vano sentimentalismo de piadosa poesía lo que estamos diciendo. Los santos, que han conocido por experiencia esta verdad que estamos ahora exponiendo, como, por ejemplo, San Bernardo, se desbordan cuando quieren describirnos lo que el alma encuentra en las llagas de su Redentor.

Por vocación especial, el Señor las llama a vivir en su corazón, y a vivir de tal manera, que ése sea el verdadero nido donde encuentren refugio, descanso, fortaleza, luz y calor. Todas las almas son llamadas a vivir así; pero las que particularmente están consagradas al corazón de Jesús también son particularmente llamadas a ello.

Pues bien, recuerden que la puerta por donde se entra en el corazón de Cristo es la llaga de su divino costado. Por ahí hemos de entrar, como entraron los santos, si queremos vivir en el divino corazón. Si entramos por esa puerta, lo encontraremos todo. Cuando nuestra alma esté combatida, encontrará la paz; cuando esté fría, se inflamará en amor; cuando se halle en tinieblas, encontrará la luz; cuando se sienta perpleja, encontrará la verdad; cuando le asalte la desconfianza, aprenderá a confiar sin límites; cuando resuenen en sus oídos las seducciones engañadoras de las cosas criadas, encontrará el santo desengaño, y cuando se vea amenazada, encontrará su escudo. Allí lo encontrará todo. Allí vivirá la plenitud de la vida divina. Nuestro afán debe ser penetrar en ese nido de amor para vivir en él, hasta tener envidia, como San Buenaventura, de la lanza que hirió el costado de Cristo, y prometiéndonos que, si nosotros fuéramos la lanza, penetraríamos en el pecho de Cristo, pero no volveríamos a salir de él.

Así, pues, Cristo crucificado es para nosotros luz, confianza y nido amoroso. De todo esto nos hablará nuestro crucifijo cada vez que lo miremos, y nos lo dirá con un acento particular de intimidad. Nuestro crucifijo es para nosotros un mundo de recuerdos. Entre él y nosotros se ha desarrollado toda nuestra vida. Lo llamamos nuestro porque nuestra historia vive en él. Ahí está el recuerdo de nuestras infidelidades y ahí está la trama tupidísima de sus misericordias divinas. Con ese lenguaje, que es como un coloquio íntimo, lenguaje de recuerdos y lenguaje de amor, nos enseña el crucifijo las tres grandes verdades que acabamos de meditar. ¡Qué camino más hermoso para hacernos santos! Luz para no desviarnos de la senda que lleva derechamente a Cristo Jesús; confianza, que es fortaleza para buscarle como Él quiere y por donde Él quiere; nido de amor divino, al cual aspiran nuestros corazones como a su verdadero cielo. ¿No es esto como un resumen de nuestra vida espiritual?

Pidamos al Señor que en esta meditación nos dé conocimiento interno de estas Verdades fundamentales y, sobre todo, que nos encienda en su santo amor. Mientras no sintamos en nuestro corazón que el Señor nos ha otorgado estos dones, mientras no sintamos que se abre para nosotros la puerta del corazón de Cristo, esperemos humildemente a esa puerta suplicando, llorando y mendigando con todo el ardor de que sea capaz nuestro corazón. Estemos seguros de que el Señor no puede negarnos esta gracia. Cuando queremos vivir en Cristo crucificado, ¿cómo va el Padre celestial a negárnoslo, siendo esto lo que El mismo nos pide y lo que desea para nosotros?

Dispongamos nuestro corazón para todo lo que sea necesario hacer a fin de conseguir el tesoro que tenemos en Cristo y que nuestro crucifijo sea para nosotros el libro siempre abierto ante nuestros ojos que nos enseñe cómo hemos de alcanzar la santidad a que Dios nos ha llamado y nos llama.

 

(ALFONSO TORRES, SJ, Ejercicios Espirituales. Ejercicios Espirituales a las Religiosas del Sagrado Corazón en Avigliana, Tomo II, Ed. BAC, Madrid, 1968, pp. 663-669)

Ejemplos Predicables

R.P. CARLOS M. BUELA, I.V.E.

Amar la Cruz de Cristo

 

Queridos hermanos y hermanas:

Ya que nos visitan tantos niños y niñas voy a tener que cambiar el sermón para ellos, para que, por lo menos, les quede  una idea.

Hoy celebramos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. ¿Por qué? Porque en la Cruz, ¿quién murió? Jesús. Y por eso la Cruz tiene una fuerza particular, de manera especial contra el mal.

 

I

Voy a contar una historia. Es un hecho real. Había una gran actriz, en su momento famosa, Eva Levallier. En la época -alguna de las personas mayores recordará tal vez de haber oído, no porque la hayan conocido- de “La Mistinguè”. Fue una gran actriz -francesa también- que era famosa porque tenía un coche descapotable en aquella época y resulta que murió manejando el coche porque el chal que llevaba se enganchó con una rueda trasera del auto y la ahorcó.

De esa época más o menos es lo que voy a contar. Se llamaba Eva Levallier. Era muy hermosa. Pero ella notaba cuando se miraba al espejo –y todos los días, como las artistas, se miraba al espejo- que se iba arrugando. La piel se empieza a poner vieja.

Y entonces no se le ocurre mejor cosa que hacer un pacto con el diablo. Va a una sesión espiritista y a través del médium hace pacto para seguir siendo hermosa, seguir siendo joven.

Ojo que esto no es cosa de los que están dejando de ser jóvenes solamente. Yo he tenido varios casos así de …. consecuencias a veces más que funestas. Lo que pasa con algunos jóvenes cuando se ponen con el juego de la “copa”, o de la “guija”, o las “tablitas”. No hay que jugar con eso. Porque es jugar con fuego y a veces puede ser fuego del infierno.

Bueno, ella hizo el pacto. Ese pacto normalmente se firma con sangre.

Pero, ella notaba que seguía envejeciendo, se seguía arrugando. Seguían las arrugas. Se seguía poniendo vieja. Entonces va al espiritista, al médium y cuando es el momento como de trance, increpa al diablo: 

Le dice: -“¡Sos un mentiroso!”. (El diablo siempre miente…siempre es mentiroso) “¡Sos un mentiroso! Me prometiste que iba a conservar la belleza y resulta que día a día la estoy perdiendo”.

Y el otro le dice: “Lo que pasa es que hay fuerzas muy poderosas que te defienden; ¡dejá de hacerte la señal de la Cruz cuando pasa un féretro!” 

Un difunto, un muerto llevado al cementerio. Yo no se los niños y las niñas de hoy, no sé cómo se los educa, pero a nosotros mi abuela nos enseñó cuando pasaba un difunto –en aquel entonces se lo llevaba en carroza tirada por caballos- había que hacerse la señal de la Cruz y había que rezar un Ave María por el difunto para que Dios tenga misericordia de él. Eso era una cosa común. Bueno, ella (Eva Levallier) tenía esa costumbre, la tenía desde niña.

Dice: -“¡Desde niña que me hago la señal de la Cruz cuando pasa un cadáver y no puedo no hacerme la señal de la Cruz”

-“Bueno, vos no te podés dejar de hacer la señal de la Cruz, yo no te puedo conservar hermosa”.

Y así fue que de una manera maravillosa, Eva Levalier fue salvada de ese pacto tremendo que nunca hay que hacer porque tiene consecuencias peligrosas.

Pacto que finalmente el diablo quiso hacer con nuestro Señor Jesucristo cuando le dice: “Si te arrodillas delante de mí, te daré todos los reinos de la tierra”. Es un pacto, es un trato. Jesucristo le dijo: “¡No!”. Así hay que hacer. Hay que decir: “¡No!”. Y si un chico, una chica vienen con esas cosas raras: “¡No!”.

La Cruz tiene poder sobre las potencias del mal. Así se disfracen de la manera que hoy día buscan disfrazarse. La Cruz es más poderosa.

¿Y por qué es más poderosa la Cruz? Por eso. Porque en la Cruz murió el Hijo de Dios. 

 

II

La Cruz también es poderosa para convertir.

Había un misionero. Gran predicador. Que tenía que predicar la misión en una Parroquia, en un pueblo. Pero no era como esta Iglesia que de aquel lado tiene libre y de este lado tiene libre. Sino que estaba pegada a otra casa que era un galpón. Era una herrería. Y el herrero era enemigo de la religión. Era enemigo de Jesucristo. Era enemigo de los sacerdotes.

Entonces resulta que el padre misionero se pone a predicar y del otro lado el herrero, el que trabaja el hierro, agarró la masa y empezó a pegar sobre el yunque. El yunque es esa barra de hierro donde se golpea el hierro que se quiere doblar, de la forma que se quiere doblar. Y se pone eso que se quiere al fuego y se lo golpea para que tome la forma que el herrero quiere. Así se hacen las rejas, así se hacen algunas ventanas, así también se hacen esos sillones de jardín.

Y entonces: “¡Pum, pum, pum, pum!”. Cuando predicaba el misionero. No se escuchaba nada. Se quedaba afónico el misionero. En aquella época no estaban estos aparatitos (micrófonos). Se quedaba afónico, nadie entendía nada porque sólo se escuchaba: “¡Pum, pum, pum, pum!”.

 El padre misionero que era un hombre muy santo, se decía: “Qué problema es esto. ¿Cómo lo arreglo?”. Se encomienda a la Virgen. Reza. Va luego a la sacristía. Y ve que había un crucifijo en hierro. Estaba la Cruz. Y sobre la Cruz, Cristo. Y en una de las manos de Cristo faltaba el clavo.

 Entonces le dice al monaguillo que le había ayudado en la Misa: -“Mirá, vení. Andá al vecino, al herrero y decile que me haga el favor de ponerle el clavo en la mano que falta al Cristo”.

Fue el niñito allí, llevó el Crucifijo de hierro. El herrero lo ve. Era el único herrero del pueblo. Decir que no era demasiado feo. Se iba a enterar todo el mundo. Entonces, casi sin mirar, le pone a Cristo, en la mano, el clavo que faltaba.

 Llegó a la tarde, a la nochecita, el momento de la predicación misionera. El misionero ya se estaba preparando para escuchar de vuelta los martillazos contra el yunque. Nada. Silencio. Pudo predicar perfectamente. Al día siguiente el herrero le manda el Cristo crucificado ya con el clavo. Y cuando llega el momento de la misión lo ve entrar por detrás. Como hace la gente sencilla con sombrero en mano, dándolo vueltas, mirando así con los ojos gachos, pero levantándolos un poco. Mucho dar vuelta el sombrero, de la vergüenza que tenía, porque había hecho mal al golpear con fuerza el yunque para que la gente no escuchara el sermón.

 Termina el sermón. Se acerca al misionero: “Padre, tengo que confesarme”. ¡El poner el clavo en la Cruz de Cristo, en la mano de Cristo, le hizo tomar conciencia de que Cristo había muerto por sus pecados! Por esos tantos pecados que tenía, sobre todo esos pecados de oponerse a la religión de Jesucristo que con tanto amor por nosotros murió en la Cruz.

 

III

Conozco muchos casos así. 

Una de ellos nos enseña cómo la Cruz perdona nuestros pecados. Conozco el caso de un crucifijo –todavía se conserva- en la Iglesia de santa Eulalia, en la Isla de Mallorca, en Las Baleares.

Había un penitente que iba a confesarse a menudo. Siempre diciendo los mismos pecados, siempre prometiendo arrepentirse ¡y nunca dejaba de cometer los pecados! Entonces el sacerdote dice: “No, a este ya no le puedo dar la absolución. No le puedo decir: ‘Yo te perdono tus pecados’. No, porque no tiene propósito de enmienda”. Y se lo dice: “No puedo perdonarte los pecados: vos no querés cambiar. Vos seguís siendo tonto. En vez de darte cuenta que Jesús te está hablando, perdés el tiempo. En vez de darte cuenta que Jesús te ama, sos un tonto. Así que yo no te doy la absolución”.

Dentro del confesionario había un Cristo Crucificado. Y se escucha que ese Cristo habla: “Yo te absuelvo de tus pecados”, le dice Cristo. Y le dice al sacerdote: “Yo morí por él. Yo derramé mi Sangre por él. ¿Vos que has hecho por él?”.

Lo que nos da a entender que la Misericordia de Dios, esa Misericordia que brota de la Cruz de Cristo, es más grande que todo lo que nosotros podamos pensar. De modo tal que jamás, nunca, nadie, puede desesperar de la salvación de alguno por muy malo que sea. ¿Por qué? Porque el Hijo único de Dios derramó su sangre en la Cruz por amor de todos y cada uno de nosotros.

 

IV

Por eso aprendamos en este día y siempre, a tener mucho amor a Jesús Crucificado. Eso que dice San Pablo: “No quiero saber nada fuera de Jesucristo Crucificado” en la Carta a los Corintios (2, 2). Y en la Carta a los Gálatas: “Líbreme Dios de gloriarme fuera de la Cruz de Nuestro señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo estoy crucificado para el mundo” (6, 14).

De manera especial en este día pedimos por las Servidoras que con santo orgullo llevan la Cruz de Matará que es su Santo Patrono, el Cristo Crucificado de la Cruz de Matará. Para que siempre sepan abrazarse, amar y no bajarse nunca de la Cruz. Porque como decía San Pablo, y lo vemos hoy día tanto, desgraciadamente: “Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de  Cristo” (Fil 3, 18).

Le pedimos esta gracia a la Virgen.

 

(CARLOS M. BUELA, I.V.E., Amar la cruz de Cristo)

 

 

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