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I Domingo de Cuaresma – Ciclo C

Textos Litúrgicos

LECTURAS DE LA SANTA MISA

Domingo I de Cuaresma (C)

 

(Domingo 17 de febrero de 2013)

 

 

 

Profesión de fe del pueblo elegido

 

Lectura del libro del Deuteronomio 26, 1-2. 4-10

 

Moisés habló al pueblo diciendo: Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia, cuando tomes posesión de ella y te establezcas allí, recogerás las primicias de todos los frutos que extraigas de la tierra que te da el Señor, tu Dios, las pondrás en una canasta, y las llevarás al lugar elegido por el Señor, tu Dios, para constituirlo morada de su Nombre.

El sacerdote tomará la canasta que tú le entregues, la depositará ante el altar, y tú pronunciarás estas palabras en presencia del Señor, tu Dios: «Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa.

Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y Él escuchó nuestra voz. Él vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran terror, de signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel.

Por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos del suelo quo tú, Señor, me diste».

Tú depositarás las primicias ante el Señor, tu Dios, y te postrarás delante de Él.

 

Palabra de Dios.

 

 

Salmo Responsorial 90, 1-2. 10-15

 

R. En el peligro, Señor, estás conmigo.

 

Tú que vives al amparo del Altísimo

y resides a la sombra del Todopoderoso,

di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte,

mi Dios, en quien confío». R.

 

No te alcanzará ningún mal,

ninguna plaga se acercará a tu carpa,

porque Él te encomendó a sus ángeles

para que te cuiden en todos tus caminos. R.

 

Ellos te llevarán en sus manos

para que no tropieces contra ninguna piedra;

caminarás sobre leones y víboras,

pisotearás cachorros de león y serpientes. R.

 

«Él se entregó a mí, por eso, Yo lo libraré;

lo protegeré, porque conoce mi Nombre;

me invocará, y Yo le responderé.

Estaré con él en el peligro,

lo defenderé y lo glorificaré». R.

 

 

Profesión de fe del creyente en Cristo

 

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 10, 5-13

 

Hermanos:

Moisés escribe acerca de la justicia que proviene de la Ley: «El hombre que la practique, vivirá por ella». En cambio, la justicia que proviene de la fe habla así: «No digas en tu corazón: ¿quién subirá al cielo?», esto es, para hacer descender a Cristo. O bien: « ¿quién descenderá al Abismo?», esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Pero ¿qué es lo que dice acerca de la justicia de la fe? «La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón», es decir, la palabra de la fe que nosotros predicamos. Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación. Así lo afirma la Escritura: «El que cree en Él, no quedará confundido».

Porque no hay distinción entre judíos y los que no lo son: todos tienen el mismo Señor, que colma de bienes a quienes lo invocan. Ya que «todo el que invoque el nombre del Señor se salvará».

 

Palabra de Dios.

 

 

Aclamación Mt. 4, 4b

 

El hombre no vive solamente de pan,

sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

 

 

Fue conducido por el Espirito al desierto,

donde fue tentado

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 4, 1-13

 

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si Tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan».

Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si Tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto».

Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si Tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios».

Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno.

 

Palabra del Señor.

 

 

 

 

GUIÓN PARA LA SANTA MISA

Domingo I de Cuaresma (C)

 

(Domingo 17 de febrero de 2013)

 

 

 

Entrada: La Sagrada Escritura nos enseña que hay que “pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hb. 14, 22). Por ello en la vida del cristiano, las pruebas y tribulaciones son una verificación de la Fe que se profesa. Participemos con fe viva del Sacrificio Pascual, que nos introduce a vivir en plenitud este misterio.

 

Primera Lectura: Moisés describe la profesión de fe del pueblo elegido, que resume la historia de la salvación centrada en la liberación de Egipto.

 

Segunda Lectura: En el nuevo Testamento, la profesión exterior de la fe en Cristo, debe ir unida a la adhesión interior del corazón.

 

Evangelio: Las tentaciones del Señor en el desierto, son siempre fuente inagotable de aliento para los cristianos. En ellas, Cristo nos enseña con qué prontitud y firmeza debemos rechazarlas.

 

Preces:

En este tiempo de Cuaresma que comienza, oremos a Dios nuestro Padre con un corazón filial.

A cada intención respondemos…

+ Para ser auténticos discípulos de Cristo, es necesario renunciar a sí mismos, cargar la propia cruz cada día y seguirle. Te pedimos por los que se preparan para recibir el Bautismo en esta Pascua, para que caminen con generosidad en la senda ardua de la santidad que todos estamos llamados a seguir. Oremos…

+ La humilde y dócil adhesión a la voluntad de Dios, acompañada por una incesante oración, penitencia, y gestos concretos de acogida al prójimo, se nos presenta con mayor intensidad durante la cuaresma. Pidamos por todos los consagrados para que los sacrificios y renuncias de este tiempo, nos ayuden a ser cada día mas, auténticos discípulos de Cristo. Oremos…

+ Cristo dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe». Pidamos por los niños, especialmente por los que atraviesan situaciones difíciles, para que en esta Cuaresma reciban de las atenciones necesarias, como una manera concreta de servicio a los más necesitados. Oremos…

+ Los gestos exteriores de penitencia tienen valor si son expresión de una actitud interior, si manifiestan la firme voluntad de alejarse del mal y recorrer el camino del bien. Te pedimos por todos los que estamos aquí junto al Altar, para que nunca olvidemos que ahí está el sentido profundo de la ascesis cristiana. Oremos…

Padre bueno, Tú eres nuestro único Señor que colmas de bienes a quienes te invocan. Por ello te presentamos nuestras súplicas. Por Jesucristo nuestro Señor.     

              

Ofertorio: Presentamos ante el Altar del Señor nuestros dones.

+ Ofrecemos Cirios, y en ellos nuestras oraciones por aquellos que carecen de la luz de la fe.

+ Ofrecemos el Pan y el Vino para que se realice en estas dos especies, la Consagración del Sacrificio eucarístico.

 

Comunión: En el humilde signo del pan y del vino, convertidos en su Cuerpo y su Sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático, y nos convierte en testigos de esperanza para todos.

 

Salida: Que en esta Cuaresma, camino de oración, de penitencia, nos acompañe María, la Virgen de la Fe, y que su ejemplo e intercesión nos ayuden a seguir a Cristo con fidelidad.

 

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM), San Rafael, Argentina)

Exégesis

ALOIS STÖGER

Tentación de Jesús

(Lc 4, 1-13)

 

1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y, en el Espíritu, era guiado por el desierto 2a durante cuarenta días, siendo tentado por el diablo.

Jesús está lleno del Espíritu. Posee el Espíritu, no «con medida» (Jua 3:34), como los profetas, sino en toda su plenitud. Por eso está también plenamente bajo la guía de Dios (Jua 4:14). Lleva a cabo su peregrinación y su acción en armonía con el Espíritu que actúa en él, y con la virtud del mismo. El bautismo remite a la tentación y viceversa.

Jesús es guiado por el desierto en el Espíritu. En la extensión del desierto, vacía de hombres, nada le separa de Dios. Allí busca el silencio de la oración (5,16) y el trato a solas con el Padre. Como Hijo de Dios se deja guiar en el Espíritu. «Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, éstos son hijos suyos» (Rom 8:14).

Jesús no es impelido al desierto por el Espíritu (Mar 1:12), sino que él mismo va. No es conducido por el Espíritu, sino que se deja guiar en el Espíritu. El Espíritu no actúa en él a la manera, digamos, como actuó en los jueces, en un Otoniel (Jue 3:10), en un Gedeón (Jue 6:34), en un Jefté (Jue 11:29). Sobre ellos vino el Espíritu, los pertrechó para una gran obra y volvió a abandonarlos cuando ésta se vio cumplida. En Jesús actúa de otra manera. No es arrastrado por el Espíritu, sino que él mismo dispone del Espíritu. Jesús no posee sólo un don transitorio del Espíritu, sino que lo posee establemente, siempre, como nacido que es del Espíritu; por esto obra siempre en él y puede también comunicarlo a su Iglesia (Luc 24:49; Hec 2:33).

La permanencia en el desierto duró cuarenta días. Durante este tiempo fue tentado por el diablo. Las tres tentaciones que se relatan hacen el efecto de ilustraciones de la constante lucha secreta con los adversarios. Jesús anuncia la soberanía de Dios y la aporta; con ello se ve también llamado a desplegar su mayor energía el adversario de la soberanía de Dios. Juntamente con el reino de los demonios, el adversario de la soberanía de Dios se subleva contra la obra de Jesús que es causa de su destrucción.

 

2b No comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre. Díjole entonces el diablo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. 4 Pero Jesús le contestó: Escrito está: No de sólo pan vivirá el hombre.

Jesús, lleno y penetrado del Espíritu, vive sin comida ni bebida. Pasados los días del ayuno, tiene hambre. E1 diablo se sirve del hambre como tentación. Como diablo, como detractor que es, quiere trastornar las buenas relaciones entre Dios y Jesús, éste es siempre su plan. El tentador toma pie de la voz de Dios en el bautismo: Al fin y al cabo eres Hijo de Dios. Tú tienes poder ilimitado, con una palabra de autoridad puedes saciar tu hambre.

La réplica de Jesús pone de manifiesto en qué está la tentación: No de sólo pan vivirá el hombre. No se trata sólo de guardar y conservar lo terreno. Las palabras de la Escritura que cita Jesús están tomadas del libro del Deuteronomio (Deut 8:3). Con estas palabras hace Moisés presente a su pueblo su maravilloso mantenimiento por Dios en el desierto: «él te afligió, te hizo pasar hambre, y te alimentó con el maná, que no conocieron tus padres, para que aprendieses que no sólo de pan vivirá el hombre, sino de cuanto procede de la boca de Yahveh» (de lo que proviene de la palabra del Señor). Mediante el hambre hubo de ser educado el pueblo de Dios en la confianza en Dios y en la obediencia.

Jesús es Hijo de Dios; tiene plenos poderes. Si ahora su Padre le deja sufrir hambre, quiere llevarlo a la confianza y a la obediencia, pero no quiere que haga uso para su ventaja personal del poder que tiene como Hijo de Dios. Jesús es Hijo de Dios, pero en abatimiento, en humillación y en obediencia, es Mesías, pero a la vez siervo de Dios. El camino que conduce a la gloria mesiánica no es el del despliegue de poder, sino el de obedecer y de servir, el de escuchar y aguardar toda palabra que salga de la boca de Dios.

 

5 Y llevándole hacia una altura, le mostró en un momento todos los reinos del mundo. 6 Y le dijo el diablo: Te daré todo este poderío y el esplendor de estos reinos, porque me ha sido entregado, y se lo doy a quien yo quiera. 7 Si te postras, pues, delante de mí, todo eso será tuyo. 8 Pero Jesús le respondió: Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios y a él solo darás culto.

El diablo aparece aquí como príncipe de este mundo (Jua 12:31), como «dios de este mundo» (2Co 4:4), como antidios pero en su soberbia debe al mismo tiempo confesar su dependencia. Todo esto me ha sido entregado… por Dios. No tiene plenos poderes propios, sino un poder que le ha sido transmitido, no es Dios, sino «mona de Dios». Conforme a la revelación, no hay otro Dios, Dios no tiene igual, él es el único: a él solo adorarás, a él solo darás culto.

En un abrir y cerrar de ojos presenta el tentador, como por encantamiento, ante los ojos de Jesús todos los reinos del mundo y su esplendor. ¡Un espejismo! Lo lleva a lo alto. ¿Dónde? ¿Lo eleva en éxtasis? Satán hace la misma oferta que Dios: «Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado yo. Pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra» (Sal 2:8; cf. Luc 3:22). También aquí resuena veladamente: Si eres Hijo de Dios.

Con el esplendor y la gloria que pone Satán ante los ojos de Jesús, pero que de hecho sólo es engaño y apariencia, quiere apartarle de Dios, hacerle abandonar a Dios, inducirle a negar la profesión fundamental de fe y la raíz de la vida religiosa de su pueblo. Al tentador opone Jesús la palabra de la Escritura: «Adorarás al Señor tu Dios y a él solo darás culto» (Deu 6:13). Jesús mantiene en pie la soberanía de Dios. Él es siervo de Dios, no siervo de Satán.

 

9 Lo llevó luego a Jerusalén, lo puso sobre el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; 10 pues escrito esta. Mandará en tu favor a los ángeles para que te guarden cuidadosamente; 11 y también: Te tomarán en sus manos, no sea que tropiece tu pie con una piedra. 12 Pero Jesús le respondió: Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.

El alero del templo es quizá un mirador que sobre el muro exterior del templo sobresalía sobre la calle. Allá es conducido Jesús. Se le invita a arrojarse abajo para hacer prueba de la protección de Dios que le está asegurada por la palabra misma de Dios (Sal 91:11), para cerciorarse de su elección, de su filiación divina, del poder que tiene de Dios y cerca de Dios.

Jesús descubre lo que significa tal requerimiento: tentar a Dios. Se trata de abusar de la protección prometida y así tentar a Dios, forzarle a intervenir en su favor. Jesús quiere servir a Dios, no servirse de él, disponer de él, quiere obedecerle, no sometérselo…

La tentación en el alero del templo de Jerusalén es la última según Lucas. Los caminos de Jesús llevan a Jerusalén; él tiene la mira puesta en Jerusalén (9,51). Allí muere y allí es glorificado, allí se humillará como siervo de Dios, será obediente hasta la muerte. Allí experimentará la protección de Dios en la forma más acabada, pues Dios le resucitará y exaltará. Él no provoca esta exaltación protectora de Dios, sino que la aguarda.

Las tentaciones de Jesús son tentaciones mesiánicas. El adversario de la soberanía de Dios quiere hacer caer al Hijo de Dios, que ha sido ungido por Dios y es ahora armado para su obra mesiánica. Con todos los medios diabólicos: con compasión hipócrita, con artilugios y magia, trastocando la Sagrada Escritura quiere inducirlo a desobedecer a Dios. Las tres tentaciones repiten tres veces que Jesús se mantuvo obediente. En su calidad de segundo Adán es tentado como lo fue el primero. El primero falló, el segundo sale victorioso. «AI igual que por la desobediencia de un solo hombre la humanidad quedó constituida pecadora, así también por la obediencia de uno solo la humanidad quedará constituida justa» (Rom 5:19).

Las tentaciones de Jesús continúan en sus discípulos (cf. 22,28 ss). También la Iglesia vive en medio de estas tentaciones. Jesús levanta los ánimos cuando son tentados los discípulos, pues él también fue tentado. Él muestra cómo hay que vencer las tentaciones: mediante la Sagrada Escritura, que es profesión de fe, oración y fuerza, la «espada del Espíritu» (Efe 6:17).

 

13 Y acabadas todas las tentaciones, el diablo se alejó hasta un tiempo señalado.

La acción de Jesús comienza con la victoria sobre el demonio. El tiempo de la salud, que es inaugurado por Jesús, es un tiempo en que se ve encadenado el demonio. Jesús dice: «Yo estaba viendo a Satán caer del cielo como un rayo» (Efe 10:18). No tiene ya poder hasta un tiempo señalado. El tiempo de Jesús es un tiempo exento de Satán. Donde actúa Jesús, tiene que retirarse el demonio; la victoria sobre el tentador se obtiene mediante la fiel adhesión a Jesús.

Pero sólo hasta un tiempo señalado suspende Satán las tentaciones de Jesús. Al comienzo de la historia de la pasión se lee: «Satán entró en Judas» (Efe 22:3). Los enemigos de Jesús tienen poder sobre él, porque se inicia el poder de las tinieblas (22,53). En tanto no había llegado su hora, era intangible para sus adversarios (Luc 4:30; Jua 7:30.45; Jua 8:59). Jesús es clavado en la cruz por los príncipes de este mundo, pero precisamente con esta muerte que él acepta obediente como siervo de Dios que es, vence la soberanía de Satán (Cf. 1Co 2.6; Jua 12:31).

 

(STÖGER, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

Comentario Teológico

BEATO JUAN PABLO II

El Espíritu Santo en la experiencia del desierto

 

1. Al “comienzo” de la misión mesiánica de Jesús vemos otro hecho interesante y sugestivo, narrado por los evangelistas, que lo hacen depender de la acción del Espíritu Santo: se trata de la experiencia del desierto. Leemos en el evangelio según san Marcos: “A continuación (del bautismo), el Espíritu le empuja al desierto” (Mc 1, 12). Además, Mateo (4, 1) y Lucas (4, 1) afirman que Jesús “fue conducido por el Espíritu al desierto”. Estos textos ofrecen puntos de reflexión que nos llevan a una ulterior investigación sobre el misterio de la íntima unión de Jesús-Mesías con el Espíritu Santo, ya desde el inicio de la obra de la redención.

En primer lugar, una observación de carácter lingüístico: los verbos usados por los evangelistas (“fue conducido” por Mateo y Lucas; “le empuja”, por Marcos) expresan una iniciativa especialmente enérgica por parte del Espíritu Santo, iniciativa que se inserta en la lógica de la vida espiritual y en la misma psicología de Jesús: acaba de recibir de Juan un “bautismo de penitencia”, y por ello siente la necesidad de un período de reflexión y de austeridad (aunque personalmente no tenía necesidad de penitencia, dado que estaba “lleno de gracia” y era “santo” desde el momento de su concepción: (cf. Jn 1, 14; Lc 1, 35): como preparación para su ministerio mesiánico.

Su misión le exige también vivir en medio de los hombres-pecadores, a quienes ha sido enviado a evangelizar y salvar (cf. santo Tomás, Summa Theol., III, q. 40, a. 1), en lucha contra el poder del demonio. De aquí la conveniencia de esta pausa en el desierto “para ser tentado por el diablo”. Por lo tanto, Jesús sigue el impulso interior y se dirige adonde le sugiere el Espíritu Santo.

2. El desierto, además de ser lugar de encuentro con Dios, es también lugar de tentación y de lucha espiritual. Durante la peregrinación a través del desierto, que se prolongó durante cuarenta años, el pueblo de Israel había sufrido muchas tentaciones y había cedido (cf. Ex 32, 1-6; Nm 14, 1-4; 21, 4-5; 25, 1-3; Sal 78, 17; 1 Co 10, 7-10). Jesús va al desierto, casi remitiéndose a la experiencia histórica de su pueblo. Pero, a diferencia del comportamiento de Israel, en el momento de inaugurar su actividad mesiánica, es sobre todo dócil a la acción del Espíritu Santo, que le pide desde el interior aquella definitiva preparación para el cumplimiento de su misión. Es un período de soledad y de prueba espiritual, que supera con la ayuda de la palabra de Dios y con la oración.

En el espíritu de la tradición bíblica, y en la línea con la psicología israelita, aquel número de “cuarenta días” podía relacionarse fácilmente con otros acontecimientos históricos, llenos de significado para la historia de la salvación: los cuarenta días del diluvio (cf. Gn 7, 4. 17); los cuarenta días de permanencia de Moisés en el monte (cf. Ex 24, 18); los cuarenta días de camino de Elías, alimentado con el pan prodigioso que le había dado nueva fuerza (cf. 1 R 19, 8). Según los evangelistas, Jesús, bajo la moción del Espíritu Santo, se acomoda, en lo que se refiere a la permanencia en el desierto, a este número tradicional y casi sagrado (cf. Mt 4, 1; Lc 4, 1). Lo mismo hará también en el período de las apariciones a los Apóstoles tras la resurrección y la ascensión al cielo (cf. Hch 1, 3).

3. Jesús, por tanto, es conducido al desierto con el fin de afrontar las tentaciones de Satanás y para que pueda tener, a la vez, un contacto más libre e íntimo con el Padre. Aquí conviene tener presente que los evangelistas suelen presentarnos el desierto como el lugar donde reside Satanás: baste recordar el pasaje de Lucas sobre el “espíritu inmundo” que “cuando sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo…” (Lc 11, 24); y en el pasaje que nos narra el episodio del endemoniado de Gerasa que “era empujado por el demonio al desierto” (Lc 8, 29).

En el caso de las tentaciones de Jesús, el ir al desierto es obra del Espíritu Santo, y ante todo significa el inicio de una demostración ―se podría decir, incluso, de una nueva toma de conciencia― de la lucha que deberá mantener hasta el final de su vida contra Satanás, artífice del pecado. Venciendo sus tentaciones, manifiesta su propio poder salvífico sobre el pecado y la llegada del reino de Dios, como dirá un día: “Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12, 28).

También en este poder de Cristo sobre el mal y sobre Satanás, también en esta “llegada del reino de Dios” por obra de Cristo, se da la revelación del Espíritu Santo.

4. Si observamos bien, en las tentaciones sufridas y vencidas por Jesús durante la “experiencia del desierto” se nota la oposición de Satanás contra la llegada del reino de Dios al mundo humano, directa o indirectamente expresada en los textos de los evangelistas. Las respuestas que da Jesús al tentador desenmascaran las intenciones esenciales del “padre de la mentira” (Jn 8, 44), que trata de servirse, de modo perverso, de las palabras de la Escritura para alcanzar sus objetivos. Pero Jesús lo refuta apoyándose en la misma palabra de Dios, aplicada correctamente. La narración de los evangelistas incluye, tal vez, alguna reminiscencia y establece un paralelismo tanto con las análogas tentaciones del pueblo de Israel en los cuarenta años de peregrinación por el desierto (la búsqueda de alimento: cf. Dt 8, 3; Ex 16; la pretensión de la protección divina para satisfacerse a sí mismos: cf. Dt 6, 16; Ex 17, 1-7; la idolatría: cf. Dt 6, 13; Ex 32, 1-6), como con diversos momentos de la vida de Moisés. Pero se podría decir que el episodio entra específicamente en la historia de Jesús por su lógica biográfica y teológica. Aún estando libre de pecado, Jesús pudo conocer las seducciones externas del mal (cf. Mt 16, 23): y era conveniente que fuese tentado para llegar a ser el Nuevo Adán, nuestro guía, nuestro redentor clemente (cf. Mt 26, 36-46; Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 2. 7-9).

En el fondo de todas las tentaciones estaba la perspectiva de un mesianismo político y glorioso, como se había difundido y había penetrado en el alma del pueblo de Israel. El diablo trata de inducir a Jesús a acoger esta falsa perspectiva, porque es el enemigo del plan de Dios, de su ley, de su economía de salvación, y por tanto de Cristo, como aparece claro por el evangelio y los demás escritos del Nuevo Testamento (cf. Mt 13, 39; Jn 8, 44; 13, 2; Hch 10, 38; Ef 6, 11; 1 Jn 3, 8, etc.). Si también Cristo cayese, el imperio de Satanás, que se gloría de ser el amo del mundo (Lc 4, 5-6), obtendría la victoria definitiva en la historia. Aquel momento de la lucha en el desierto es, por consiguiente, decisivo.

5. Jesús es consciente de ser enviado por el Padre para hacer presente el reino de Dios entre los hombres. Con ese fin acepta la tentación, tomando su lugar entre los pecadores, como había hecho ya en el Jordán, para servirles a todos de ejemplo (cf. San Agustín, De Trinitate, 4, 13). Pero, por otra parte, en virtud de la “unción” del Espíritu Santo, llega a las mismas raíces del pecado y derrota al “padre de la mentira” (Jn 8, 44). Por eso, va voluntariamente al encuentro de la tentación desde el comienzo de su ministerio, siguiendo el impulso del Espíritu Santo (cf. San Agustín, De Trinitate, 13, 13).

Un día, dando cumplimiento a su obra, podrá proclamar: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Jn 12, 31). Y la víspera de su pasión repetirá una vez más: “Llega el príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder” (Jn 14, 30); es más, “el príncipe de este mundo está (ya) juzgado” (Jn 16, 11); “¡Ánimo!, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). La lucha contra el “padre de la mentira”, que es el “principe de este mundo”, iniciada en el desierto, alcanzará su culmen en el Gólgota: la victoria se alcanzará por medio de la cruz del Redentor.

6. Estamos, por tanto, llamados a reconocer el valor integral del desierto como lugar de una particular experiencia de Dios, como sucedió con Moisés (cf. Ex 24, 18), con Elías (1 R 19, 8), y sobre todo con Jesús que, “conducido” por el Espíritu Santo, acepta realizar la misma experiencia: el contacto con Dios Padre (cf. Os 2, 16) en lucha contra las potencias opuestas a Dios. Su experiencia es ejemplar, y nos puede servir también como lección sobre la necesidad de la penitencia, no para Jesús que estaba libre de pecado, sino para todos nosotros. Jesús mismo un día alertará a sus discípulos sobre la necesidad de la oración y del ayuno para echar a los “espíritus inmundos” (cf. Mc 9, 29) y, en la tensión de la solitaria oración de Getsemaní, recomendará a los Apóstoles presentes: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mc 14, 38). Seamos conscientes de que, amoldándonos a Cristo victorioso en la experiencia del desierto, también nosotros tendremos un divino confortador: el Espíritu Santo Paráclito, pues el mismo Cristo ha prometido que “recibirá de lo suyo” y nos lo dará (cf. Jn 16, 14): Él, que condujo al Mesías al desierto no sólo “para ser tentado” sino también para que diera la primera demostración de su poderosa victoria sobre el diablo y sobre su reino, tomará de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre Satanás, su primer artífice, para hacer partícipe de ella a todo el que sea tentado.

 

(B. Juan Pablo II, El Espíritu Santo en la experiencia del desierto, Audiencia General del día miércoles 21 de julio de 1990)

Santos Padres

SAN AMBROSIO

En Cristo fuimos todos tentados, y en Cristo todos hemos triunfado

(Lc 4, 1-15)

 

Jesús, pues, lleno del Espíritu Santo, es conducido al desierto intencionadamente, con el fin de provocar al diablo mis­teriosamente —pues si éste no hubiera combatido, el Señor no hubiera vencido por mí—, para librar a este Adán del destierro; como prueba y demostración de que el diablo tiene envidia de los que se esfuerzan en ser mejores, y por eso se ha de ser preca­vidos, no sea que la flaqueza del alma traicione la gracia del misterio.

Cuarenta días: reconoce que se trata de un número mis­terioso. Como lo recuerdas, es el número de días en los cuales se derramaron las aguas de los abismos, que fue santificado por el ayuno de otros tantos días del profeta en favor de un cielo se­reno (1 Reg 19,8); por un ayuno de igual número de días me­reció Moisés recibir la Ley; es el número de años en que nuestros padres, viviendo en el desierto, obtuvieron el pan de los ángeles y el beneficio de una comida celeste, y hasta que no se cumplió el tiempo señalado por este número misterioso no merecieron entrar en la tierra prometida; no es extraño que, después de esos días del ayuno del Señor, se nos manifieste a nosotros la entrada del Evangelio. Luego, si alguno desea alcanzar la gloria del Evan­gelio y el fruto de la resurrección, no debe sustraerse a este ayuno misterioso, que Moisés en la Ley y Cristo en el Evangelio nos muestran, por la autoridad de los dos Testamentos, ser la prueba auténtica de la virtud.

Más ¿con qué fin ha escrito el evangelista que el Señor tuvo hambre, siendo así que en el ayuno de Moisés y de Elías no encontramos ninguna indicación en este sentido? ¿Es que la pa­ciencia de los hombres sería más valerosa que la de Dios? Más Aquel que no ha podido tener hambre durante cuarenta días ha mostrado que Él tenía hambre, no de la comida corporal, sino de salvación, al mismo tiempo que acosaba al adversario ya temeroso, al cual el ayuno de cuarenta días lo había herido. De este modo, el hambre del Señor es una piadosa trampa: el diablo, te­miendo en El una superioridad, estaba precavido: engañado a la vista de su hambre, va a tentarle como a un hombre, para que no se impidiese el triunfo. Aprende al mismo tiempo este misterio: es obra del Espíritu Santo, juicio de Dios, que Cristo sea expuesto al diablo para ser tentado.

Y el diablo le dijo: Si tú eres el Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Conocemos que existen tres dardos principales con los cuales el diablo acostumbra a armarse para herir al alma humana: uno la gula, otro la vanidad y el tercero la ambición. Por eso él comienza, por donde ya venció: Por eso comienzo a vencer en Cristo por donde yo he sido vencido en Adán, ya que Cristo, imagen del Padre, es mi modelo de virtud. Aprendamos, pues, nosotros a guardarnos de la gula, de la sensualidad, pues es un dardo del diablo. El lazo se tiende cuando se adereza la mesa de un festín real, que con frecuencia hace aflojar la constancia del alma. Pues no sólo cuando oímos las palabras del diablo, sino también cuando vemos sus riquezas, debemos evitar su lazo. Has reconocido el dardo del diablo; toma el escudo de la fe (Eph 6, 16) y la coraza de la abstinencia.

Mas ¿qué significa esta entrada en materia: Si tú eres el Hijo de Dios, sino que él sabía que el Hijo de Dios había de venir? Pero no pensaba que hubiese venido en la debilidad de este cuerpo. Por una parte sondea, por otra tienta; alardea de creer en Dios y se esfuerza por engañar al hombre.

Pero observa las armas de Cristo, gracias a las cuales El ha triunfado por ti, no por El. Pues ha mostrado que su poder podría cambiar las piedras en pan, cuando ha transformado otra naturaleza; más te enseña que no hay que obrar al arbitrio del diablo, ni siquiera para mostrar tu fuerza. Aprende al mismo tiempo, en esta misma tentación, la artificiosa habilidad del dia­blo: tienta para sondear, y sondea para tentar. A su vez, el Se­ñor le burla para vencerle, y le vence para burlarle. Pues, si transformase la naturaleza, traicionaría al Creador. Por eso le da una respuesta evasiva al decir: Está escrito que el hombre no sólo vive de pan sino de toda palabra de Dios.

Ves qué clase de armas emplea para defender al hom­bre contra los asaltos del espíritu perverso fortificándole y guar­neciéndole contra las tentaciones de la gula. No usa, como Dios, de su poder — ¿para qué me aprovecharía?—, más, como hombre, se busca una ayuda común, para que, ocupado en alimentarse de la lectura divina hasta olvidar el hambre corporal, adquiera el alimento de la palabra celestial. Ocupado de esta forma, Moi­sés no ha deseado el pan; ocupado de esta forma, Elías no ha sentido el hambre de un ayuno prolongado. Pues no es posible a quien sigue al Verbo desear el pan de la tierra, cuando ha reci­bido la sustancia del pan del cielo —sin duda alguna es prefe­rible a lo humano lo divino, a lo corporal lo espiritual—; por eso, el que desea la vida verdadera espera este pan, que, por su sustancia invisible, robustece el corazón de los hombres (Ps 103, 15). Al mismo tiempo, cuando dice: El hombre no vive solamente de pan, muestra que es el hombre el que ha sido tentado, es de­cir, el que ha pagado por nosotros, y no ni divinidad.

Viene en seguida la flecha de la vanidad, en la cual se cae fácilmente, porque, deseando los hombres hacer alardes de su virtud, abandonan su puesto, el lugar de sus méritos. Y le con­dujo, se dice, a Jerusalén, y lo colocó sobre el pináculo del templo.

Tal es el efecto de la vanidad: cuando cree uno elevar­se más alto, el deseo de hacer acciones brillantes lo precipita a los abismos.

Y él le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo. ¡Palabra verdaderamente diabólica, que se esfuerza por pre­cipitar al alma humana del lugar donde la han elevado sus mé­ritos!, pues, ¿hay cosa más propia del diablo que aconsejar echar­se abajo?

Aprende también aquí a vencer al diablo. El Espíritu te guía, sigue al Espíritu. No te dejes llevar por los atractivos de la carne; lleno del Espíritu, aprende a despreciar los placeres; ayuna si quieres vencer. Es normal que el diablo piense tentarte por un hombre; Cristo, siendo más fuerte, es tentado de frente, tú por un hombre. Es la palabra del diablo cuando un hombre te dice: “Eres fuerte: come y bebe, y permanecerás el mismo.” No te fíes de ti mismo; no te avergüences de tener necesidad de auxilios que Cristo no necesitó y, sin embargo, no descuidó, a fin de enseñarte por estas palabras: Guardaos, no sea que se ape­guen vuestros corazones con la glotonería y la borrachera (Lc 21, 34). No se avergonzó Pablo, que dijo: Yo, pues, así corro, no como a la ventura; así lucho en el pugilato, no como quien da en el aire, sino que abofeteo mi cuerpo y lo reduzco a la esclavi­tud, no sea que, después de pregonar el premio para otros, quede yo descalificado (1 Cor 9,26-27).

Al mismo tiempo muestra el diablo su debilidad y su malicia, pues no puede dañar sino a quien se precipita a sí mis­mo. Quien renuncia al cielo para escoger la tierra, deliberada­mente hace caer su vida en una especie de precipicio. En este momento, al ver el diablo su dardo embotado, que había some­tido a todos los hombres a su poder, comenzó a pensar que allí había algo más que un hombre. Pero una vez más el Señor pien­sa que no debe obrar al arbitrio del diablo lo que de El mismo había sido profetizado, pero sale al paso de sus artificios con la autoridad de la propia divinidad; de modo que el que alegaba ejemplos de la Escritura sería vencido por la misma Escritura. Pues Dios tiene el poder de vencer, más la Escritura triunfa por mí “.

Aprende aquí también que Satanás se transfigura en án­gel de luz (2 Cor 11,14) y con frecuencia se sirve de las Escri­turas divinas para tender lazos a los fieles. De este modo, él hace los herejes, debilita la fe y ataca los derechos de la piedad. No seas seducido por el hereje, porque pueda tomar algunos argu­mentos de la Escritura; y que no se vanaglorie de que parece docto. También el diablo usa testimonios de las Escrituras, no para enseñar, sino para envolver y engañar. Ha reconocido que uno se aplica a la religión, que es honrado por sus virtudes, po­deroso en milagros y en obras: le tiende el lazo de la vanidad para inflar a este hombre con el orgullo, de suerte que no se confíe en la piedad, sino en su vanidad, y en lugar de atribuir a Dios el bien, se da a sí el honor. Por eso los apóstoles im­peraban a los demonios, no en su nombre, sino en el de Cristo, para que no pareciera que se atribuían alguna cosa. De este modo Pedro cura al paralítico, diciendo: En el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda (Act 3,6). Aprende también de Pa­blo a huir de la vanidad: Y sé de tal hombre —si en el cuerpo o si separadamente del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe— que fue arrebatado al paraíso, y oyó palabras inefables que no es conce­dido al hombre hablar. Por lo que toca a este tal, me gloriaré; mas lo que toca a mí mismo, no me gloriaré sino en las flaquezas (2 Cor 12,3-5).

Una vez más el diablo, habiendo reconocido a un fuer­te, pone en juego la vanidad, que engaña aun a los fuertes; más el Señor le responde: No tentarás al Señor tu Dios. Por donde puedes conocer que Cristo es Señor y Dios, y que el Padre y el Hijo no son sino un solo poder, según está escrito: El Padre yo somos uno (lo 10,30). Y por eso, si el diablo se acerca a este uno”, exponle que está escrito: “Yo y mi Padre somos uno”, y resalta el “uno” de modo que no dividas el poder; y resalta el “uno” sin separar el Padre y el Hijo”.

Y el diablo le condujo todavía a una montaña muy ele­vada, y le mostró todos los reinos del universo en el espacio de un instante.

Rectamente en el espacio de un instante son mostradas las cosas del siglo y de la tierra; pues no indica tanto la rapidez de la visión cuanto la fragilidad de un poder caduco: todo pasa en un instante, y, con frecuencia, los honores del mundo se van antes de que lleguen. ¿Qué puede haber en el siglo de larga duración, cuando los mismos siglos no duran largamente? Esto nos enseña a despreciar el soplo de una vana ambición, atendido que toda dignidad secular está sujeta al poder del diablo “, frágil para quien la usa y vana para el fruto.

Mas ¿cómo es que aquí da el poder el diablo, cuando lees en otro lugar que todo poder viene de Dios? (Rom 13,1). ¿Es que se puede servir a dos señores y de los dos recibir el poder? ¿No hay aquí una contradicción? De ninguna manera. Más ve que todo viene de Dios. Pues sin Dios no hay mundo, ya que el mundo ha sido hecho por El (Jn 1,10); pero, aunque hecho por Dios, sus obras son malas, pues el mundo todo está bajo el maligno (1 Jn 5,19); la ordenación del mundo es de Dios, las obras del mundo son del malo. De este modo, la ins­titución de los poderes viene de Dios; la ambición del poder, del maligno. Así también, no hay poder, dice, que no venga de Dios; aquellos que existen han sido instituidos por Dios: no da­dos, sino instituidos; y el que resiste al poder, dice, resiste a la institución, de Dios (Rom 13,1). Igualmente, aunque el diablo diga que da el poder, no rechaza que todo le ha sido dejado por un tiempo solamente. El que lo ha dejado, lo ha ordenado, y el poder no es malo, sino el que usa mal del poder. También, ¿quie­res vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su apro­bación (Rom 13,3). No es malo el poder, sino la ambición. Por lo demás, la institución de la autoridad viene de tal forma de Dios, que el que usa bien de ella se convierte en ministro de Dios: Es ministro de Dios para el bien (Rom 13,4). No hay, pues, culpa alguna en el ministerio, sino en el ministro; no puede desagradar la institución divina, sino el que la administra. Si, pasando del cielo a la tierra, por poner un ejemplo, un empera­dor da honores y recibe la gloria: si alguno usa mal esos honores, no tiene culpa de ello el emperador, sino el juez; cada crimen tiene su reo, y esto no es debido a la autoridad que tiene, sino al servicio que ha hecho de ella.

¿Qué diremos, pues? ¿Es bueno usar de la autoridad, buscar honores? Es bueno recibirlos, no arrebatarlos. Hay que distinguir también este mismo bien: uno es el buen uso según el mundo, y otro el uso perfectamente virtuoso; pues el bien es que el deseo de conocer la divinidad no sea impedido por nin­guna ocupación. Es cierto que hay muchos bienes, pero una sola es la vida eterna: Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo (Jn 17,3). Tam­bién porque la vida eterna es el mayor fruto y sólo Dios es el remunerador de la vida eterna. Adoremos, por lo mismo, a solo Dios, y sólo a El sirvamos, a fin de que El solo nos dé en re­compensa el fruto más abundante; huyamos de todo lo que está cometido al poder del diablo, porque, como perverso tirano, ejer­ce cruelmente el poder que ha recibido sobre los que encuentra en su reino.

La autoridad no viene del diablo, pero está expuesta a las insidias del diablo. No se sigue, por lo mismo, que la institu­ción de la autoridad sea mala, porque esté expuesta al mal; es buena cosa buscar a Dios, pero en esa búsqueda puede uno desviarse y errar: si el que busca se inclina hacia el sacrilegio por una interpretación tortuosa, tiene peores resultados para él la búsqueda que si no la hiciese. Sin embargo, no está la falta en la búsqueda, sino en el buscador, y no es la búsqueda la que ex­pone al mal, sino las disposiciones del buscador. Luego, si el que busca a Dios frecuentemente se halla tentado por la flaqueza de la carne y la limitación de la inteligencia, ¿cuánto más estará expuesto a esto el que busca al mundo? El gran daño de la am­bición es que se hace menesterosa para alcanzar dignidades; con frecuencia, aquellos a quienes ningún vicio ha podido vencer, ni siquiera la lujuria o la avaricia, los ha hecho criminales la ambición. Procura el favor de los de fuera, el peligro de los de dentro, y, para dominar a los demás, comienza por ser esclavo; prodiga las reverencias para recibir los honores y, queriendo es­tar en la cumbre, se humilla; porque en el poder lo que cuenta es ahuyentar; se hace la ley a las leyes, se hace uno a sí mismo esclavo.

Se dirá tal vez que sólo el que ha hecho el mal es el que teme. Sin embargo, el que navega teme naufragar, y, por el contrario, cuando está en tierra firme, no tiene tal temor; mas, si se embarca sobre el elemento movible, se expone a peligros más frecuentes. Huye, pues, del mar del mundo y no temerás el naufragio. Aunque a veces la copa de los árboles es sacudida fuer­temente por al vendaval, sin embargo, no caen al suelo por la solidez de sus raíces; más cuando el viento huracanado sopla en el mar, si no todos naufragan, todos al menos están en peli­gro. Del mismo modo, contra el viento de los espíritus perversos nadie está firmemente asegurado en la arena (Mt 7,27) o en el mar, y “el viento solano hace pedazos las naves de Tarsis” (Ps 47,8). Esto en orden al sentido moral.

 

(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nº 14-32, BAC, Madrid, 1966, pp. 195-204)

Aplicación

R.P. ALFREDO SÁENZ, S.J.

La victoria del Rey sobre el Príncipe de este mundo

 

La Iglesia propone a nuestra meditación, en este domingo con que iniciamos el tiempo de Cuaresma, el relato de las tentaciones de Nuestro Señor Jesucristo en el desierto. De entre la plétora de enseñanzas que se desprenden del relato evangélico, nos propo­nemos poner de relieve unas pocas.

 

1. Primacía de lo interior

No deja de ser sorprendente, el que después de treinta años de vida oculta, en un pequeño pueblo de Palestina, el Hijo de Dios Encarnado se retire en soledad al desierto para abocarse a la oración y a la penitencia.

Para nosotros, hombres de este siglo XX en el que tanto se abusa de las palabras, hasta vaciarlas de su real contenido, el silencio del Verbo Divino, de aquel que por antonomasia es la Verdad que puede salvarnos y librarnos de la tiniebla del espíritu, porque posee en sí todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, resulta un escándalo. Que aquel que tiene poder para sanar toda enfermedad y dolencia, se aparte del trato con la gente y se sumerja en la soledad, no puede no parecer para muchos un verdadero contrasentido, máxime en un mundo como el nuestro en que sólo cuenta la eficacia práctica, el dominio de la materia, fuente de riqueza, poder y soberbia del hombre que adora la creación de sus propias manos.

Sin duda que al comportarse de esta manera el Señor ha querido enseñarnos la primacía de lo interior, es decir, que aquello que hace bueno o malo a un ser humano se plasma ante todo en la intimidad de su corazón, y no fuera de él. El mal no hay que buscarlo primordialmente en el marco que rodea al hombre, sino dentro de él. Toda empresa de verdadera libera­ción de las lacras que ensombrecen la vida del individuo y de la sociedad debe pues comenzar por una seria reforma interior.

El Señor había pasado los primeros treinta años de su vida terrena en Nazaret, pequeño pueblo de Palestina, donde sus coterráneos lo vieron crecer en edad, sabiduría y gracia. Al terminar dicho período de preparación remota a su misión, se deja guiar dócilmente por el Espíritu de Dios que lo conduce al desierto para ser tentado. Él no lo necesitaba para sí, ya que no conoció el pecado, y ni siquiera la menor inclinación al pecado. Lo hizo para enseñarnos que toda obra exterior, aun la más santa, es vana y destinada al fracaso, si no ha sido precedida por aquella “obra” que Dios realiza en nosotros, liberándonos de la esclavitud del demonio, purificando nuestro corazón de las escorias del pecado, y elevándonos a la perfección de nuestra vocación de hijos de Dios.

Nadie puede dar lo que no posee“, nadie puede enseñar libertad alguna a los demás si primero no es libre en su corazón, nadie puede realizar bien alguno si primero el Bien no lo ha liberado de su propia maldad. La verdadera caridad no es fruto de un puro voluntarismo que piensa resolver todo problema a fuerza de buenas intenciones, sino capacidad de bien de un corazón renovado, que ha suprimido toda complicidad volunta­ria con el mal.

En su retiro de cuarenta días en el desierto, el Señor vence al Príncipe de este mundo por todos nosotros, conquista nuestra propia victoria, nos amonesta acerca de la necesidad imperiosa que tenemos de ser salvados, liberados de la esclavitud del demonio, pues todos somos hijos de ira por naturaleza. Quien no se adentra en el desierto de su corazón para dejar que el Espíritu Santo, en el silencio de la oración y el combate ascético, lo purifique de toda maldad y lo modele según la imagen del hombre nuevo, no podrá realizar el bien en sí mismo ni contribuir a realizarlo en sus hermanos, los hombres.

Hoy no son pocos los que creen que podrán liberarse a sí mismos del mal, y contribuir a liberar de él a toda la humanidad, sin necesidad de un Salvador, por sus propias fuerzas. Ilusión vana, pues el hombre no es “espectador” del misterio del mal sino que está plenamente incluido en él, y por ello la salvación no puede venir sino de Aquel en quien no hay sombra alguna de pecado, el Dios tres veces santo. “Sólo Dios es bueno”, nos ha dicho Jesús.

En nuestro tiempo se ha vuelto moneda corriente el que muchos propongan soluciones diversas a los problemas que aquejan a la humanidad sin hacer referencia alguna al único que puede salvarnos, el Señor. Se cree poder solucionar multitud de problemas sin necesidad de mirar el propio corazón, proponiendo cambios de estructuras y leyes que prometen al hombre la superación de todo mal, tras el espejismo de un futuro paraíso terrenal construido por el hombre, sin necesidad de ayuda alguna proveniente de lo alto.

Escuchamos, hasta el hartazgo, las proposiciones de tantos pseudo profetas que, sin considerarse ellos mismo como los primeros requeridos de salvación, prometen a los hombres el “secreto de la felicidad personal” y el remedio de todos los males sociales, en una utópica sociedad universal en la que el cordero vivirá en paz con el león, sin necesidad alguna de Redención.

Jesucristo va al desierto para enseñarnos que “sólo Dios es bueno“, y que sólo Él tiene “palabras de vida eterna“. Vence al demonio para que nosotros podamos vencer por Él, con Él y en El. Todo paraíso que no pase por su mensaje de Redención y por la medicina de su gracia es pura utopía, espejismo propuesto por aquel que desde el principio es “padre de la mentira y homicida”.

 

2. El combate espiritual

Muchos son los males que conspiran contra la felicidad con que sueñan los hombres. Todos esos males son, en última instancia, consecuencia del pecado original, y este último tiene como principal artífice al demonio, que tentó al hombre para descargar sobre la creatura todo el odio que anidaba en sí mismo contra el Creador del universo.

Yendo al desierto, para prepararse a enfrentar las tentaciones lel maligno, el Señor nos quiere hacer ver que nuestro combate no es contra enemigos y males puramente terrenos. El Apóstol San Pablo lo expresó de manera categórica en su carta a los efesios: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra os principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos que andan por los aires“.

La dimensión en que se concreta nuestro combate por vivir el sien y extirpar toda complicidad con el mal, no es una dimensión le soledad, sino que estamos en constante interrelación con el Hundo espiritual y sobrenatural. Dios, mediante su gracia, nos inspira permanentemente todo aquello que nos lleva a la verdadera consecución de nuestro destino de hijos de Dios; el demonio, por su parte, nos tienta para tratar de impedirnos, en la medida de sus posibilidades, la conquista de la felicidad eterna.

No, el hombre no está solo en su peregrinar hacia la verdadera Patria, sino que múltiples influencias invisibles intervienen en su vida, inspiraciones de bien que provienen de Dios, inspiraciones de mal con las que el demonio intenta llevarlo hacia la frustración definitiva de su vocación eterna.

Nuestro combate va pues mucho más allá de la simple superación de dificultades que nos presenta el mundo en que vivimos. Las tentaciones del Señor nos aleccionan acerca de la existencia de un ser personal, el demonio, un ser “pervertido y pervertidor”, como lo llamara el Papa Pablo VI en una de sus alocuciones, que aplica toda su astucia, todo su poder angélico, todo su odio a Dios, en su intento por conducir a la frágil creatura humana a la rebelión contra su Creador.

Para llevarnos hacia la perdición utiliza la sed infinita de felicidad que Dios mismo ha sembrado en nuestra alma al crearnos a su imagen y semejanza. Nos propone saciar esa sed de nuestro corazón por caminos y en tiempos radicalmente opuestos a los que Dios, en su Providencia, ha determinado para nosotros. Es la misma seducción a que sometiera a nuestros primeros padres en el paraíso: ser como dioses, es decir, no conformarse con la gratitud de la creatura que se goza de ser amada por Dios, quien la ha llamado al ser sin necesitar de ella, para hacerla participar de su misma felicidad. Ser capaces de determinar el bien y el mal, ser capaces de imponer la propia voluntad a la creación, manipulándola, si es necesario, dominar el universo como si fuesen reyes de todo y siervos de nadie.

Cuántos ejemplos de aquella soberbia satánica, de aquel deseo de independencia respecto de Dios, nos ofrece, queridos hermanos, este tiempo de la historia que nos toca vivir. El hombre pretende crear un paraíso aquí en la tierra, edificado por sus propias manos, libre de todo mal físico porque es superado por el progreso técnico a que lo ha conducido su inteligencia, libre de todo mal moral porque es capaz de llamar bien a lo que es mal y mal a lo que es bien, capaz de evitar por sus propias fuerzas todo odio, guerra, codicia, egoísmo entre los hombres.

La técnica nos promete para el futuro el dominio pleno sobre la materia, la superación de toda enfermedad y dolencia, una perenne juventud, la manipulación de la genética que nos permitirá el control total de la raza, el uso abusivo de la sexualidad humana impidiendo con violencia que siga el curso que Dios le ha impuesto… Los parlamentos y los poderosos de las naciones dictan leyes que llaman bien a lo que Dios ha llamado mal, y mal a lo que Dios ha llamado bien; los organismos internacionales prometen superar toda división en el mundo mediante la difusión del progreso económico y el hedonismo inmanentista. El hombre repite el grito de rebelión: “iNo queremos que Éste reine sobre nosotros!”. No necesitamos de Jesucristo para alcanzar nuestro objetivo, no necesitamos de un Salvador venido de lo alto. La voluntad humana se siente capaz de modificar la realidad por el simple hecho de así haberlo decidido.

Amados hermanos, el Señor hoy ayuna en el desierto para que comprendamos que no depende de nosotros el determinar el bien y el mal, el sentido de nuestra existencia en este mundo. Somos creaturas de Dios, y creaturas cuya naturaleza está herida por el pecado original, herida de la cual sólo puede librarnos nuestro único Salvador: Jesucristo. El Señor va al desierto para darnos la certeza de que Él ya ha vencido al demonio, y de que de ahora en más todo aquel que “viva en Él” vencerá al maligno. Va al desierto para que podamos decir libremente que sí al bien, y erradicar el mal de nuestro corazón. Pero no sólo va allí para nosotros mismos, sino ante todo para dar gloria a Dios, humillando la soberbia del demonio que pensaba poder destruir todo vestigio divino en el hombre.

Vayamos también nosotros al desierto, impulsados por el Espíritu Santo, para que en el silencio de la oración y el combate espiritual que debe caracterizar este tiempo de Cuaresma, nos vayamos librando cada vez más de toda complicidad con el mal y podamos así adherirnos a Jesucristo, haciendo nuestra su victoria.

 

(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida Homilías dominicales y Festivas, Ciclo C, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1994, pp. 92-98)

 

 

BEATO DOM COLUMBA MARMION

Tentaciones de Jesús

 

Contemplemos ahora a nuestro divino Rey luchando con el príncipe de los espíritus rebeldes. Ya sabéis que Jesús permaneció en el desierto cuarenta días con cuarenta noches visto sólo de las fieras, en el retiro más completo ayuno más absoluto. Nihil manducavit in diebus illis (Lc.4,2) “donde fue tentado por el diablo durante cuarenta días.  No comió nada en aquellos días”. Eratque cum bestiis (Mc. 1, 13).”Estaba entre las bestias”

Para comprender bien este misterio de la tentación de Jesús, es menester recordar lo que tantas veces llevamos dicho: que Cristo se hizo en todo semejante a nosotros: Debuit per omnia fratribus similari (Hb. 2, 17).”Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel…” Ahora bien, imaginaos a qué estado quedaría reducido un hombre que hubiese pasado cuarenta días sin probar alimento. Nuestro Señor no quiso hacer un milagro para impedir en él los efectos del ayuno, y por lo mismo refiere el Evangelio que, transcurrido ese período, sintió Jesús hambre: Postea esuriit ( Mt 4, 2) “sintió hombre” ; y por cierto, que después de tanto tiempo, debió encontrarse en un estado de ex­trema debilidad y decaimiento. Veamos inmediatamente cómo aprovecha el demonio la ocasión para tentarle; pero advirtamos antes que al tomar la humanidad san­tísima de Jesús nuestras flaquezas, no pudo conocer el pecado: Absque peccato (Hb 4, 15) “excepto en el pecado”, como tampoco estuvo su alma sujeta a ninguna ignorancia, error, imperfección o flaqueza moral.

Huelga también añadir que tampoco sintió ninguno de esos movimientos desordenados que resultan en no­sotros de la culpa original o hábito del pecado. Sí Jesús pasa por nosotros hambre y cansancio, siempre es y será el Santo de los Santos; de aquí resulta que la tentación que Cristo pudo sufrir, fue del todo externa, sin detri­mento alguno para su alma; sólo pudo ser tentado por los “príncipes o potestades del mundo tenebroso, por los espíritus de maldad” (Ef 6, 12)

Hemos de pensar también Que entre esos espíritus per­versos, el que tentó a Cristo, gozaba de un poder muy especial; mas por aguda que fuese su inteligencia, igno­raba, ello no obstante, quién era Cristo; porque ninguna criatura puede ver a Dios no siendo en la visión beatí­fica; pero el demonio está de ella privado para siempre.

Tampoco podía conocer aquel misterioso vínculo de unión de la divinidad con la humanidad en Jesucristo. Sospechaba algo seguramente, y no olvidaba la maldi­ción que sobre él pesaba desde que Dios estableciera enemistad eterna entre él y la mujer que había de aplas­tar su cabeza, es decir, destruyendo su poderío sobre las almas. No podía asimismo ignorar los prodigios reali­zados desde el nacimiento de Jesús, como se ve claramen­te por el relato de la tentación, pero su ciencia era in­cierta y de meras conjeturas, por lo que deseaba conocer entonces de un modo seguro si era el Hijo de Dios, o por lo menos ver si le era posible triunfar de Él, ya que le tenía ciertamente por un ser extraordinario.

Aproximado, pues, a Jesús el tentador: Et accedens tentator, y viéndole tan decaído. procura hacerle caer en un pecado de gula, siquiera éste sea muy leve, ya que no le presenta platos delicados, pues tenía el demonio una opinión harto elevada de Aquel a quien iba a tentar, para creer que había de sucumbir a una sugestión de esa especie, sino que viendo a Jesús tan extenuado por el hambre, supone que si es Hijo de Dios, bien podrá también hacer milagros y apagar el hambre. Quería de ese modo inducir a Cristo a que anticipara la hora prefijada por Él. Padre y realizara un prodigio con un fin puramente personal: ”Si eres Hijo de Dios, que esas piedras, que aquí están a tus pies, se conviertan en pan”.— Mas ¿qué contesta Jesús? ¿Le manifiesta que es Hijo de Dios? ¿Hará el milagro que le pide el demonio? De ningún modo. Conténtase con replicarle, recordando unas palabras de la Escritura: “El hombre no sólo vive de pan, sino también de toda palabra que procede de la boca de Dios” (Mt, 4, 3).

En otra ocasión, durante la vida pública, trajéronle los Apóstoles comida, diciéndole: Rabbí, manduca; “come, Maestro”; y Cristo dióles idéntica respuesta: “Tengo un alimento que vosotros no conocéis, que es cumplir la voluntad de mi Padre” (Jn 4, 31-32,34) . Eso mismo da a entender al demonio: esperará para satisfacer el hambre a que el Padre le preste su auxilio, sin adelantarse un solo instante al momento por Él fijado, a fin de mostrar de esta suerte su poder: cuando hable el Padre. El escuchará su voz.

Al oír el demonio la repulsa, comprende que Aquel con, quien trata, si no es el Hijo de Dios, es por lo menos un hombre de extraordinaria santidad: por lo mismo, va a esgrimir otra arma más peligrosa. Conoce admirablemente la naturaleza humana; sabe muy que todos cuantos llegaron a un alto grado de perfección y unión con Dios, están muy por encima de los asaltos del apetito inferior de los sentidos, pero pueden dejarse seducir por las sugestiones del orgullo, “más su­tiles aún, creyéndose superiores a los demás, y pensando que, aun cuando se expongan al peligro, como hasta entonces fueron fieles a Dios, serán objeto de una pro­tección especialísima suya. Ensaya, pues, el demonio el modo de hacer entrar a Cristo por esa vereda, y haciendo uso de su poder espiritual, transporta a Jesús al pináculo del templo, y le dice: “Sí eres el Hijo de Dios échate de aquí abajo. y no habrá peligro alguno, porque tiene mandado Dios a sus Ángeles que te tomen en sus palmas para que no tropiece tu pie contra ningún obstácu­lo” (Mt 4, 5-6; Lc 4,9-11) . Si Jesús es el Hijo de Dios, verle caer desde las azoteas en medio del numeroso gentío apiñado en los atrios, era señal cierta de su misión mesiánica y prueba palmaria de que Dios mora en Él. Y para que la suges­tión tenga todavía más atractivo, le sugiere el demonio otras palabras de la Escritura. Pero Jesús le responde de un modo irreductible, como soberano Maestro, con otro texto sagrado: “Escrito está: No tentarás con vana presunción al Señor tu Dios” (Mt 4,7; Lc 4, 12) . Queda vencido esta vez también el demonio, y triunfa el Verbo divino de todas sus argucias.

Se apresta’ el espíritu de las tinieblas a su postrer ataque, a fin de vencer a Jesús, y le lleva para ello a la cumbre de un monte, desde donde le muestra, los impe­rios todos del orbe, y ante su vista le representa todas sus riquezas, todo su fausto, toda su gloria. ¡Seductora ten­tación para el orgullo de quien se creyera Mesías! Pero antes se imponen las bases del convenio: era un nuevo ardid del espíritu maligno para conocer en último tér­mino al que le resistía con tanto tesón. “Todo esto es mío; yo te lo doy, si postrándote me adoras” —le dice el temerario. — Conocida es de todos la respuesta de Jesús, y el valor con que rechaza las sacrílegas sugestio­nes del demonio: “¡Apártate, Satanás! Escrito está: sólo a tu. Dios adorarás y a Él sólo servirás” ( Mt 4, 8-10; Lc 4, 5-8)

Ya está desenmascarado el príncipe de las tinieblas, y la fuga es su único recurso; con todo, dice el Evangelio, que se apartó por algún tiempo: Usque ad tempus (Lc 4, 13) “Por un tiempo”. El escritor sagrado indica con esto que durante la vida pública el diablo volverá al ataque, si no por sí, por medio de sus agentes, y perseguirá sin tregua a Nuestro Señor. Durante su pasión principalmente; sirviéndose de los fariseos, se ensañará con Jesús: Haec est hora vestra et potestas tenebrarum ( Lc 22, 53). “Esta es vuestra hora y del poder de las tinieblas” Les tirará de la lengua a ellos y a la plebe, para que pidan la crucifixión de Jesús: Tolle, crucifige eum (Jn 19, 15).”¡Fuera! ¡Fuera! Crucifícale” Pero bien sabemos que la muerte de Jesús en la cruz será precisamente el golpe decisivo que derribará para siempre el poderío de Sata­nás. ¡Con qué vivos resplandores brilla en sus obras la sabiduría de Dios!: Qui salutem humani generis in ligno crucis constituistiut qui in ligno vincebat in ligno quoque vinceretur (Prefacio de la Cruz).

Añade el Evangelio que “habiéndose apartado el ten­tador bajaron los Ángeles del cielo a servir a Jesús” (Mt 4, 11; Mc 1, 13) Era la manifestación sensible de la gloria a que el Padre ensalzaba a su Hijo por haberse rebajado hasta soportar en nuestro nombre las embestidas del demonio. Los Ángeles fíeles se aparecieron, y sirvieron a Jesús aquel pan que esperaba en la hora señalada por la providencia de su Padre.

Este es el episodio de la tentación.

Y si Jesucristo, el Verbo encarnado, el Hijo de Dios, quiso habérselas con el espíritu maligno, ¿nos maravillaremos de que los miembros de su cuerpo místico hayan de seguir la misma senda? ¡Son tantas las personas, aún piadosas, que creen que la tentación es una señal de reprobación, cuando las más de las veces sucede lo contrario!.

Hechos por el bautismo discípulos de Jesús, no podemos ser más que el Divino Maestro (Cf. Mt 10, 24). QUIA accepetus eras Deo, NECESSE FUIT un tentatio probaret te (Tob. 12, 13): ”Porque eras grato a Dios, fue necesario que la tentación te probase”. Es Dios mismo quien lo dice.

Sí, nos puede tentar el demonio y tentarnos fuertemente, y tentarnos cuando nosotros nos creemos más al abrigo de sus dardos; en los momentos de oración, después de la comunión; sí, aún en esos instantes dichosos, nos puede inspirar pensamientos contra la fe y la esperanza, y lanzar nuestra imaginación a la independencia (un respecto a los derechos de Dios, a la rebeldía; puede soliviantar en nosotros las pasiones todas; puede, y maravilla será que deje de hacerlo.

Más aún: no olvidemos que Jesús, nuestro universal modelo, fue tentado antes que nosotros, y no sólo tentado, sino tocado por el espíritu de las tinieblas; permitiendo al demonio atrevido que pusiera sus asquerosas manos en aquella Humanidad sacratísima.

No olvidemos, sobre todo, que Jesús venció al demonio como Hijo de Dios, y además, como Cabeza de la Iglesia; y así, en Él y por Él, hemos triunfado y triunfamos del espíritu de rebeldía. Es efecto de la gracia que nos ha merecido nuestro Divino Redentor; ella es venero de nuestra confianza en los combates y tentaciones; y así, sólo nos resta demostrar cómo esta confianza se hace inquebrantable, y cómo también en la fe en Jesucristo encontraremos siempre el secreto de la victoria.

 

(COLUMBA MARMION, Cristo en sus misterios, Ed. LUMEN, Chile, pp. 231-236)

 

 

 

 

R.P. ALFONSO TORRES, S.J.

El ayuno y la tentación del Señor

 

También los otros dos sinópticos nos cuentan el ayuno y tentaciones de Cristo nuestro Señor: San Marcos muy sumariamente y San Lucas enumerando las tentaciones en orden distinto que San Mateo. Iremos recogiendo y explicando en el comentario estas divergencias.

Siempre es importante buscar el verdadero punto de vista las palabras que se comentan; pero, en cierto modo, lo es mucho más en este pasaje del Evangelio. A veces se observan en quienes lo comentan ciertas explicaciones un tanto desenfocadas y hasta incoherentes, ciertos titubeos que dañan a la unidad armónica y a la nitidez de la narración. Y, según mi pobre entender, proviene todo ello de que tales comentadores no se han puesto en el punto de vista verdadero desde el principio. La índole misma del asunto es tal, que si de antemano se pierde el verdadero punto de vista, se pierde el sentido, o, al menos, el alcance y trascendencia de las palabras.

Pero no nos engolfemos en consideración abstractas que podrían fatigaron sin necesidad. ¿Cuál es el sentido más profundo que tiene la página evangélica que comentamos? ¿Es sencillamente la historia de una tentación diabólica que tiende, como todas las tentaciones, a dañar a un alma? ¿Hay en ella algo más? Y, si lo hay, ¿qué es? La clave de toda la narración la tendremos, si acertamos a contestar a estas preguntas.

Evidentemente           para el demonio no era Jesús un hombre como los demás. Aunque todavía no conociera el misterio del Dios-Hombre, veía en Jesús muchas cosas que no eran comunes a todos los hombres. Su vida en el desierto era una de ellas, y a ésta podía unir, sin duda, una serie de recuerdos de la Santa Infancia, que pudo muy bien conocer. Sobre todo, veía que el alma de Jesús no era como todas las almas. Sobre esa alma excepcional, el no podía nada, ni siquiera aquello poco que podía sobre las almas de los santos. Tenía motivos sobrados para pensar si sería el Mesías.

Sin duda, uno de los intentos de Satanás era averiguar con certeza este punto; pero no esto solo, sino ver si podía desviar de los caminos de Dios al temido Mesías. Para descubrir las maquinaciones de Satanás en este punto, es bueno recordar que había logrado desviar al pueblo de Dios y a los mismos rabinos, que consumían su vida escudriñando la Revelación, del verdadero concepto del Mesías, y que suscitaba falsos mesías, cuyos caminos no eran caminos de Dios. Obstinado en su perversa intención, pretendía, sin duda, emplear idénticas artes con Jesús.

Mirada desde este punto de vista la narración que vamos a comentar, se explica mejor el carácter de las tentaciones que contiene, como hemos de ir viendo en el comentario, y se comprende que al ir a comenzar su vida pública, nuestro Señor sostuviera este combate espiritual, en el cual quedaron delineados los principios que habían de regularla y, lo que es más, puestos de relieve, por el contraste que ofrecen con los designios de Satanás.

Hay que considerar este pasaje evangélico con la atención delicada con que se deben considerar las páginas más sutiles de la Escritura, pues no se trata simplemente de unas cuantas tentaciones gruesas, impropias del momento, sino de pérfidos designios diabólicos, envueltos en todas las sutilezas de que es capaz el ángel de las tinieblas cuando se transfigura en ángel de luz.

Con estas consideraciones por guía, empecemos nuestra explicación.

Los tres sinópticos empiezan su narración diciendo que fue el Espíritu quien condujo al Señor al desierto. El Espíritu es aquí el Espíritu Santo, como se ve sobre todo por la forma de expresión que emplea San Lucas : Jesús, lleno del Espíritu Santo, tornó del Jordán, y llevado del Espíritu pasó en el desierto cuarenta días, etc. Claramente, el Espíritu es aquí sinónimo del Espíritu Santo. De otro modo San Lucas hubiera creado confusión en sus lectores. San Mateo y San Lucas emplean el mismo verbo que traducimos por llevar. San Marcos, en cambio, emplea otro, que significa sacar, diciendo: Y en seguida el Espíritu le saca al desierto (Mc 1,12).

Sin duda, el Espíritu de Dios quería que Jesús nos enseñara a todos cuál debe ser la preparación para las grandes obras de Dios: trato con Dios en soledad. Esa había sido la preparación del Bautista para su ministerio público, y ésa era también ahora la de nuestro Redentor para empezar el suyo. Los santos aprendieron esta lección, y por eso todos se prepararon del mismo modo para cumplir su misión providencial.

Pero el Espíritu de Dios conducía a nuestro Señor al desierto para algo más. San Mateo nos lo dice claramente cuando escribe: a ser tentado por el diablo. Entraba en los designios divinos ofrecer a Satanás esta ocasión de tentar a nuestro divino Redentor Quien venía a deshacer las obras del diablo (1 10 3,8) es natural que empezara luchando con él y venciéndole. Así podría, por lo mismo que era probado mediante la tentación, socorrer a los que son probados (Hebr 2,18). Pero, sobre todo, es el prólogo impropio de la vida pública del Señor, que en torno a su carácter de Mesías y a la misión que como tal ha de cumplir, se libre una batalla a fondo contra el espíritu de las tinieblas. Matar en flor la gran obra de Dios, es designio muy propio de Satanás, que vemos repetido en las vidas de los santos.

El desierto es palenque muy apropiado para estas luchas, no sólo porque el enemigo anda vagando por parajes áridos (Mt 12, 43), sino porque en la soledad fraguan los siervos de Dios sus grandes planes, contra el enemigo, y es natural que allí acuda éste a  estorbarlos. Los evangelistas no puntualizan el desierto a que se retiró Jesús, pero la tradición sí. Al noroeste de Jericó hay una montaña hórrida, que todavía se llama de la Cuarentena, en memoria del ayuno del Señor. Es la misma en cuya cima se alza­ba, en tiempo de los Macabeos, la fortaleza donde fue asesinado el último de estos héroes. En sus laderas se abren muchas grutas, pobladas en otro tiempo de anacoretas. Una tradición muy res­petable, que con seguridad llega hasta el siglo VII y que no sería difícil enlazar con la famosa monja gallega Eteria, peregrina del siglo IV, mediante San Valerio, patriarca de austeros monjes es­pañoles, localiza el episodio evangélico que comentamos. Allí pasó Jesús cuarenta días, entre las fieras de la comarca, como dice San Marcos (Mc 1,13). Por allí merodeaban muchas alimañas, en­tre otras chacales, lobos y quizá panteras y leopardos. ¿Quiere insinuar San Marcos que tuvo allí lugar uno de esos idilios que después encontramos en la vidas de los santos, y que las fieras ro­deaban mansamente al Señor, como habían rodeado a Adán en el paraíso? No falta quien lo piense.

En paraje tan solitario y salvaje permaneció el Señor, orando y ayunando, cuarenta días. Los evangelistas hablan de este ayuno con palabras que podrían parecernos redundantes. San Mateo dice, como habéis oído: Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches… San Lucas se expresa de este modo: y no comió nada en aquellos días (4,2). Es la manera que tienen de decirnos que el ayuno de Jesús fue absoluto y que se distinguió de los ayunos de los judíos en que tampoco de noche comió, según estos so­lían comer. Su poder divino le sostuvo en tan dura penitencia.

Sumido en contemplación altísima, vivió todo ese tiempo una vida más celestial que terrena. Quizá por eso no sintió hasta el estímulo del hambre, como da a entender San Mateo cuando escribe: y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, últimamente tuvo hambre. Así consagró el Señor, con su ejemplo, el género de vida que ya había llevado el Bautista, y muchos santos habían de llevar después, y que a tiempos tan faltos de fe como los nuestros, habían de parecer excesivo, cuando no absurdo. ¿Qué puede entender el mundo de una vida tan celestial?

San Mateo y San Marcos nos dan a entender que el  enemigo empezó a tentarle en ese momento, cuando comenzó a sentir el tormento del hambre. Se refieren, como es natural, a las tres tentaciones que relatan después. Antes de ellas, — ¿había sido tentado Jesús? Algunos, entre ellos Santo Tomás, lo han pensado así, apoyándose en lo que dice San Marcos. Este evangelista, que cuenta muy sumariamente el episodio que ahora comentamos, sólo dice de las tentaciones esta frase: Y estaba en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás (Mc 1,13). Parece, según estos comentadores, como si San Marcos nos dijera que Jesús fue tentado durante los cuarenta días que permaneció en el desierto. Otros, en cambio, ven en las palabras del segundo Evangelio un resumen brevísimo de lo que cuentan los otros dos Evangelios, sin nuevas noticias acerca de las tentaciones. La impresión de las palabras de San Marcos y la precisión con que escribe San Mateo, nos inclinan a preferir esta segunda manera de ver. A San Marcos hay que entenderlo a la luz de las circunstanciadas narraciones de San Mateo y San Lucas. En todo caso, bastaría con lo dicho para comentar las palabras de San Marcos.

Parecen preferir la segunda interpretación los Santos Padres, al ponderar que el enemigo aguardó a que Jesús tuviera hambre para tentarlo. De hecho, el enemigo tomó ocasión del hambre, para la primera tentación que nos cuentan con pormenores los Evangelios. Pasemos a comentarla.

Oigamos de nuevo cómo la refiere San Mateo en la primera tentación leemos: y llegándose el tentador, le dijo. Esta frase, sobre todo dentro del estilo de San Mateo, se entendería con dificultad de un acercarse puramente imaginario. En la segunda tentación, se entendería todavía menos lo de transportar a Jesús hasta colocarle en el pináculo del templo y, sobre todo, lo de arrojarse desde allí. ¿Qué podría esto significar? ¿Cómo se podría Cristo arrojar en visión imaginaria? ¿Cómo le recogerían los ángeles en las manos? En la tercera podemos argumentar lo mismo. El Evangelio habla de modo que todo hace pensar en realidades exteriores: que el diablo tome a Jesús, le lleve a un monte muy alto y le invite a adorarle postrándose en tierra habla muy claro en tal sentido. Por eso, la generalidad de los Padres y los comentadores lo entienden así, y nuestro incomparable Maldonado ha podido escribir frases como ésta: Omnes auctores forma corporea, eaque humana, accessisse (diabolum) putant. Si se tiene en cuenta que esta historia sólo la pudieron co nocer los evangelistas mediante la narración hecha por el mismo Cristo, adquieren nueva fuerza los argumentos que acabamos de oír. ¿Cómo iba nuestro Señor a contar una visión imaginaria en esa forma que nos han conservado los evangelistas, dando ocasión fundada a que se tomara por realidad exterior lo que sólo era una imaginación? Teológicamente no se puede admitir una acción inmediata de Satanás en la imaginación de nuestro Señor.

Aclarado este punto, volvamos a las palabras de San Mateo que íbamos a comentar.

Generalmente se dice que la primera tentación fue de gula. Esta calificación es exacta, pero es necesario precisarla más. Se puede cometer pecado de gula por diversos caminos, como dice muy bien, aquella clásica enumeración que recuerda Santo Tomás: Propropere, laute, nimis, ardenter, studiose. Un exceso de refinamiento, de avidez, de cantidad, de lujo exquisito y de impaciente apresuramiento en el comer pueden llevar a pecado tan grosero. La falta de gula propuesta por Satanás a nuestro divino Redentor consistía en comer antes del momento marcado por la voluntad divina, y valerse para ello de un medio prodigioso innecesario.

Tampoco es bastante precisar así la forma del pecado, pues en la tentación que comentamos hay algo más todavía. Lo que Satanás propone a Jesús nuestro Señor, es que interrumpa la vida de austerísimo ayuno que lleva en el desierto y que para ello haga un milagro. Para lo primero prescinde de la voluntad di­vina, pues no alega otra razón que el hambre. Lo segundo es, en sustancia, emplear el milagro para procurarse más cómoda­mente una mitigación o un alivio. Es el lenguaje de quien no tiene reverencia al poder divino de hacer milagros, y cree que se debe emplear en lo más trivial de la vida, sin mirar a otra cosa que al propio regalo, y, a la vez, el lenguaje de quien no ve las austeridades como un ejercicio santo, sino sólo como una molestia importuna y odiosa.

Sutilmente se desliza en el modo de hablar usado por el ene­migo la tendencia a tomar el goce de los sentidos como norma suprema de la vida, acomodándolo todo a ese fin, con pretexto de necesidad y con apariencias de bien. El alma que siguiera tales insinuaciones, estaría en los antípodas de aquella sentencia evan­gélica que dice: Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todas estas cosas (el vestir y el comer) se os darán por añadi­dura (Mt 6,33).

Es, en resumen, la tentación de gula como astutamente la suele proponer Satanás a las almas santas, que rechazarían con horror un pecado de gula manifiesto. Es el modo de hacerles decaer, y de rebajar gradualmente la virtud que ejercitan. Más aún, es el modo de hacer menos puro el amor y la estima de los dones divinos, mirando más al regalo que reportan, que a las virtudes que implican o promueven.

Es curioso ver cómo este espíritu sutil que circula por la primera tentación, se apoderó de la turba indocta, en el pueblo de Dios, y le llevó a un concepto del Mesías groseramente epi­cúreo. Una serie de prodigios absurdos debían proporcionar a los judíos todo género de regalo, rodeándolos de comodidad y abundancia fantásticas. Los caminos redentores desembocarían en una felicidad terrena, propia de almas absorbidas por la solici­tud de los bienes temporales y olvidadas de los bienes eternos.

Toda la complicada madeja de pérfidas sutilezas, de tenden­cias perversas, de mal espíritu que acabamos de indicar, encierra la primera tentación. No es simplemente una grosera y vulgar tentación de gula; es más bien una red tendida, con disimulo, por Satanás, transfigurado en ángel de luz. La misión y la obra del Mesías estaban en juego. Pensemos lo que hubiera sido un Mesías gobernado por el mal espíritu que acabamos de descri­bir. En vez del Mesías divino, anunciado por los Profetas, ten dríamos el Mesías soñado por el pueblo en sus sueños de feli­cidad terrenal.

La respuesta de Cristo nuestro Señor al enemigo va derecha­mente al fondo de las intenciones diabólicas; mas para verlo, necesitamos examinarla con atención. Recordémosla primero. San Mateo nos la ha referido con estas palabras: Pero él, respon­diendo, dijo: Escrito está; No de sólo pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Cita el Señor una sentencia que se lee en el sagrado libro del Deuteronomio. Moisés recuerda a su pueblo que Dios le ha alimentado con el maná en el desierto, para que conozca que no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Deut 3,5). Como se ve sin dificultad, la sentencia de Moisés inculca que Dios tiene otros medios de ali­mentar al hombre, además del pan.

Digamos, para quienes no lo saben, que palabra y cosa se expresan con un mismo término en la lengua hebrea y que en el texto del Deuteronomio significa evidentemente cosa, aunque la traducción que usamos emplee el término palabra.

Ahora bien, al citar nuestro Señor las palabras del Deute­ronomio, ¿las deja en el sentido que tienen o les da un alcance distinto? Si las deja en su propia significación, su respuesta al tentador consistiría en decirle: ¿Por qué he de convertir las piedras en panes, como si éste fuera el único alimento, cuando Dios hace tantas cosas para alimento del hombre? Si les da un alcance mayor, querría decir, según los que admiten semejante transposición: La única vida no es la del cuerpo; hay otra vida superior, y por eso el hombre no vive sólo de pan material, sino de la palabra divina, que es el sustento de esta vida superior.

Pero conviene advertir que ambas interpretaciones no se excluyen mutuamente, como podría parecer a primera vista, sino que se encuentran reunidas, si bien se examina el texto evan­gélico. Parece, desde luego, más seguro que el Señor citó las palabras del Deuteronomio en el mismo sentido que las había escrito Moisés, pues no hay argumentos que demuestren una trans­posición; pero, aun en este caso, late en ellas el alcance que les da el segundo modo de interpretarlas. El simple hecho de alegar esta sentencia divina, ¿no dice claramente que la norma por la cual hay que guiarse para ordenar la propia vida es la palabra de Dios y no otra norma cualquiera, por perentoria que sea, aunque se sienta un hambre tan aguda como la que se padece des­pués de ayunar cuarenta días? ¿Y no es esto decir que, en primer lugar, hay que vivir de la palabra de Dios?

Por eso podemos muy bien decir que el Señor humilló a Satanás en la respuesta que le dio, pues fue como preguntarle: ¿Por qué convertir las piedras precisamente en pan cuando, por voluntad divina, hay tantas otras cosas de las cuales puede el hom­bre alimentarse? Pero, a la vez hemos de reconocer que el Se­ñor va al fondo de las sutiles intenciones del enemigo, haciéndole ver que lo que más importa—y a ello debe subordinarse todo—es la fiel sumisión a la palabra divina, aunque para ello haya que sufrir las más horrendas austeridades. En el fondo de la respuesta resuena aquella palabra que luego encontraremos en nuestro ca­mino: Porque bajé del cielo no a hacer la voluntad mía, sino la de aquél que me envió (Jn 6,38). Ni es mi alivio ni mi regalo el que me guía, sino la voluntad de mi Padre.

La cuestión del milagro quedó en la sombra, sin que Luzbel pudiera comprender si Cristo tenía o no poder de realizarlo.

La entrega y abandono a la voluntad divina que respiraban las palabras de nuestro Señor, pusieron de manifiesto una con­fianza filial y absoluta en el amor del Padre celestial. Satanás la vio en seguida, y de ella tomó ocasión para una tentación nueva, que San Mateo nos cuenta, como han oído, con estas palabras: Entonces le toma el diablo, y le lleva a la ciudad santa y le puso sobre el pináculo del templo y le dice: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque escrito está que a sus ángeles dará órdenes acerca de ti, y en palmas te cogerán, no sea que manques el pie contra alguna piedra.

Pero veo que si queremos abarcar este episodio de las ten­taciones en una sola lección sacra, o vamos a tener que conden­sarlo demasiado o vamos a emplear más tiempo del que debemos. Pues vamos a interrumpir aquí nuestro comentario para termi­narlo en la lección próxima.

No acabaremos, sin embargo, la de hoy, sin recoger ciertas enseñanzas que hay en ella, muy necesarias para todos nosotros. Y sea la primera persuadirnos, una vez más, de que la vida presente es vida de tentación. Nadie se ve libre de los asaltos
del enemigo. Si Jesús no quiso verse libre de ellos, ¿cómo hemos de vernos los demás? Si logramos que nuestra persuasión sea profunda y sincera, no nos desconcertarán las tentaciones cuando se ofrezcan como si fueran algo insólito y catastrófico. Nos pon­dremos a luchar con ellas, como quien cumple uno de los debe­res habituales de la vida presente. Por otra parte, viviremos vigilantes, según el consejo que a cada paso hemos de encontrar en el santo Evangelio.

Persuadidos de que las tentaciones nos han de asaltar, nos es necesario conocer las malas artes del enemigo, sobre todo cuando se transfigura en ángel de luz. Peligrosas son las tentaciones de­claradas y manifiestas que solicitan al pecado; pero no lo son menos las sutiles y arteras que se enderezan a derribar a los buenos con falaces apariencias de virtud. Estas son las que de ordinario agostan en flor los generosos deseos de santidad que brotan en las almas, y quitan perfección a la virtud hasta re­ducirla, por lo menos, a miserable vulgaridad. Como los pájaros en una red invisible, quedan las almas prendidas en este género de tentaciones, sin poder levantar su vuelo hacia Dios.

Entre las tentaciones de este género, el Evangelio de hoy nos invita a mirar, en primer término, la que tiende a desviarnos de la vida austera. Con mil razones, aparentemente verdaderas, el enemigo procura reblandecer a las almas cristianas, para irles ro­bando la generosa fortaleza de la virtud. Quiere llevarlas a cierto género de suavidad y de regalo, a una suerte de Capua cristiana, donde se diluyan los aceros que son precisos para perseverar y, sobre todo, para adelantar en el bien. Sin austeridad no hay fir­meza, ni mucho menos perfección de la vida evangélica. El ene­migo lo sabe, y por eso despliega sus pérfidas arterías para sacar a las almas del camino estrecho y lanzarlas por el ancho y espa­cioso del regalo y la comodidad.

Por último, conviene que veamos una vez más cómo el Se­ñor permite las tentaciones, para mayor gloria de los que ama. El Espíritu Santo condujo al desierto a nuestro Señor para que fuera allí tentado, a fin de acrecentar su gloria, y por la misma razón permite que sean tentados hasta los mejores. Al llegar el momento de la tentación, miremos a Dios que la permite para nuestro bien, sin dejarnos abatir por la saña del enemigo, y así tendremos el ardimiento necesario para vencer. La hora de la tentación es hora de glorificar al Señor con ejercicio de virtudes. Si lo recordamos, crecerá nuestro esfuerzo y nuestro amor. La tentación forma parte de aquellas tribulaciones por las cuales liemos de entrar en el reino de los cielos.

 

(ALFONSO TORRES, SJ. Lecciones Sacras 1, Ed. BAC. Madrid, 1967, pp. 350-358)

 

 

R.P. GUSTAVO PASCUAL, I.V.E.

Los peligros de las riquezas, la vanidad y la soberbia

(Lc 4, 1-13)

 

El diablo tienta a todos los hombres. Nadie está libre de las tentaciones. También nuestro Señor fue tentado por el diablo.

El diablo tantea a Jesús para conocer si es el Hijo de Dios. No sabía con certeza y por eso lo tienta. De haberlo sabido no lo hubiera hecho, no tenía sentido. El diablo engañado por la humanidad del Señor lo tienta como a cualquier hombre pero es vencido porque ese hombre es Dios.

Son tres las tentaciones que nos hace conocer el evangelista: una en el desierto, una en el templo de Jerusalén y otra en un monte alto. El orden de las tentaciones varía de Lucas a Mateo.

Las tres tentaciones que narra el Evangelio engloban a todas las demás: la riqueza, la vanidad y la soberbia.

Jesús tiene hambre y no tiene qué comer, tiene necesidad material. Si es Hijo de Dios puede convertir las piedras del desierto en pan y satisfacer su necesidad. Pero Cristo no ha venido a traer riquezas y comodidad a los hombres ni a suprimir la necesidad de pan en la tierra. Él ha querido la pobreza para El como modelo y camino para todos sus discípulos. Por eso Cristo opone a la tentación lo del libro del Deuteronomio1: “no solo de pan vive el hombre”, pero el texto continúa “si no de toda palabra que sale de la boca de Dios”, es decir, Cristo viene a dar un pan más elevado, viene a darse como alimento a los hombres, por su palabra y su carne y marca la verdadera necesidad del hombre, la necesidad de Dios y de las cosas del cielo. El Mesías ha venido para llevarnos al cielo no para que nos instalemos en la tierra cómodamente como si esta fuera nuestra patria definitiva.

Respecto de esta primera tentación voy a hacer un excursus sobre el mundo moderno. El mundo moderno quiere convertir las piedras en panes. Se vale de muchos medios, principalmente, de la técnica. Además hay una sed desmedida de acabar con el hambre y el sufrimiento pero prescindiendo de Dios. Los hombres no quieren sufrir ni la mínima privación y les resulta intolerable el sufrimiento. Se afanan para tener todas las comodidades y su vida es una búsqueda angustiosa de poseer. Hasta los que son de condición social baja quieren tener todo. La época actual está dirigida por el consumo, es una sociedad consumista. Pero detrás de esta sed de poseer está el diablo que tienta para que se tengan panes y se rechace la austeridad. El diablo está preparando un buen terreno para la venida del anticristo el cual convertirá las piedras en panes y satisfará a todos y a nadie le faltará un buen pasar, eso sí, a costa de trabajo y fatiga. Habrá todo para todos y conseguido por el hombre, prescindiendo de Dios. El costo del bienestar es tener pan material y carecer del pan celestial. Vivir para la tierra olvidados del cielo.

Cuidado con la búsqueda desenfrenada de lo material y el olvido del alma, es decir, de la vida sobrenatural.

Jesús acentúa la prioridad de lo sobrenatural sin despreciar lo material. “No sólo…” también es necesario el pan material, “buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”2.

Dice San Ignacio, que el diablo tienta a la mayoría de los hombres, en primer lugar con el ansia de poseer, con la solicitud terrena3.

Hay que ocuparse de las cosas de la tierra pero sin que nos esclavicen “nadie puede servir a dos señores”4 y si no buscamos a Dios en nuestras necesidades buscaremos las riquezas, los bienes materiales, para suplirlas.

La segunda tentación5 es la tentación de vanidad o vanagloria. La búsqueda insaciable de lo extraordinario, de lo espectacular, de la fama.

El diablo le dice a Jesús que si es Hijo de Dios se tire del pináculo del templo y que haga el milagro de ser llevado por los ángeles, citándole la Escritura6. Jesús también le responde con la Escritura “no tentarás al Señor tu Dios”7.

Jesús viene por el camino contrario. No quiere ostentación. Tuvo muchas ocasiones para hacerse famoso pero no era esa la voluntad del Padre. Viene por el camino de la humillación. Su mesianismo es de humillación y quiere la humillación para sus discípulos.

La tentación del diablo sigue a lo largo de la historia.  La riqueza, la comodidad y el tener conducen a la vanagloria. Los hombres quieren ver para creer y no ver cualquier cosa común sino ver lo extraordinario. Pero la Sabiduría de Dios nace en un pesebre y sufre hasta la muerte en cruz. La Sabiduría de Dios se oculta en los misterios y en los sacramentos y se alcanza por la fe que también es algo oculto.

El diablo está preparando al mundo para que lo extraordinario lo seduzca a seguir a quien lo realice y basta que aparezca un hombre, que a través de los medios que se poseen actualmente, haga milagros para irse tras él.

No tentar a Dios significa aceptar los medios que Dios nos da para reconocerlo. No hay que buscar otros signos. Jesús no dio signos a los que le pedían signos. Ya hay suficientes signos para creer, no busquemos más signos para tentar a Dios.

Buscamos para nosotros cosas que nos sirvan para la vanidad y el diablo nos tienta por esas cosas. Unos se envanecen de esto, otros de aquello y esa tentación es un escape a aceptar la voluntad  de Dios que quiere para salvarnos que aceptemos la humillación, en especial, la humillación de ser quienes somos: creaturas. Y la humillación de nuestras falencias y extravíos. La vanidad nos sirve de careta para no mostrar nuestra miseria pero esa careta es un engaño.

No busquemos lo extraordinario para nosotros, ni la fama, ni la santidad, por caminos notables. Dios nos ha dado un camino, sigámoslo, aceptemos su voluntad. “No doy vía libre a la grandeza ni a prodigios que me superan. No, me mantengo en paz y silencio, como un niño en el regazo materno”8. En lo oculto de nuestra vida y en el encuentro íntimo con Jesús se va realizando lo extraordinario, la santidad. En la humillación de un camino lento y sin frutos palpables, aunque anhelemos salir a convertir el mundo para Cristo, en lo oculto de nuestra conversión es donde convertiremos al mundo.

La tercera tentación es de soberbia y es el pozo más profundo al cual nos quiere conducir el diablo porque sabe que si nos conduce a la soberbia será nuestro señor porque es el padre de los soberbios, el primero en levantarse contra Dios.

El diablo desde un monte alto le muestra a Jesús todos los reinos de la tierra y le promete dárselos si lo adora9 y el Señor le responde que solo a Dios hay que adorar10.

El diablo quiere que Jesús lo reconozca a él como Dios, es decir, que lo idolatre, en este caso sería una satanolatría. A cambio le da todos los reinos. Jesús hace un acto explícito de religión y reconoce a Dios como único adorable. El diablo miente porque no es de él todo lo que promete aunque ciertamente tiene un cierto dominio y principado sobre el mundo y sus vanidades y sobre los hombres soberbios que lo dirigen. Jesús hace un acto de humildad. La humildad de Jesús lo hace aceptar su misión: salvar a los hombres para entregarlos al Padre. Ahora su misión es servir, ser el siervo de Dios y cumplir la voluntad de su Padre. Luego Dios le dará en herencia toda la creación, a su tiempo, porque así está previsto.

La soberbia nos hace independientes y nos lleva a creernos dioses. Adán sucumbió a la tentación de soberbia para arrebatar antes de tiempo y por manos de Satanás lo que iba a recibir de manos de Dios a su tiempo.

El mundo moderno ha realizado progresos extraordinarios, mejorías en cuanto a lo terreno, que no se han dado en otros tiempos pero está sufriendo la tentación de creerse dios, más bien, el hombre moderno se cree dios y prescinde de Dios. Si apareciese un hombre extraordinario que poseyese el mundo por su destreza, nobleza y capacidad, se le llamaría “señor del mundo” y se le idolatraría. El mundo moderno al apartarse de Dios está siendo tentado por el diablo de satanolatría y cuando aparezca el anticristo el diablo se hará adorar en él.

Por ser criaturas dependemos absolutamente de Dios y es humildad reconocerlo. Jesús nos da un ejemplo haciendo un acto de religión delante del diablo y reconociendo la absoluta trascendencia de Dios “sólo a El darás culto”. Nosotros también, ante la tentación de soberbia, debemos confesar nuestra dependencia absoluta de Dios.

(1) 8, 3

(2) Mt 6, 33

(3) Cf. E.E. nº 142…, 239

(4) Mt 6, 24

(5) Sigo el orden de Mateo

(6) Sal 91, 11-12

(7) Dt 6, 16

(8) Sal 130, 1-2

(9) Cf. Jr 27, 5

(10) Dt 6, 13

Ejemplos Predicables

La cucaña

 

Todavía en algunas ferias pueblerinas se conserva una diversión que era nuestra ilusión en la infancia. Un palo liso, altísimo, impregnado de una sustancia viscosa y resbaladiza. Se llama la cucaña.

Todos las tienen que haber visto sin duda. En la parte superior y desmarañado a los atrevidos cuelga el premio. Comienza el espectáculo. En ridículas contorsiones de brazos y  piernas procura el muchacho avanzar hacia arriba agarrándose fuertemente del palo. Todo inútil. De pronto, con la rapidez de un rayo, resbala hacia el suelo entre las carcajadas de los asistentes. Hay uno más fuerte o más hábil que sube y sube hasta tocar el premio, y cuando está más seguro de poseerlo resbala también y cae a tierra vencido. Todos ríen. ¿Tiene derecho el caído a quejarse de estas risas? ¿Puede decirles que la caída era inevitable dado lo resbaladizo del palo? Ellos le dirán: -¡No tendrías que haber subido! Nosotros vimos a tiempo el peligro y no caímos.

Así, mis hermanos, hay muchos que se disculpan de sus caídas echando la culpa al palo. ¡Era imposible resistir la tentación! ¡Era grande el peligro! ¡Era inevitable la culpa! Pero yo les digo como a los chicos de la cucaña que resbalan y caen: -¡No tienes que haber subido! ¿Quién te mandó ponerte en el peligro? ¿Quién te mandó acercarte al objeto de tu pasión? ¿Quién te mandó ir con aquella persona, a aquel lugar, en aquellas circunstancias? ¿Y te quejas de tu caída? ¡No tienes que haber subido!

 

(ROMERO, F., Recursos Oratorios. Tomo II. Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 277)

 

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